El arte “inmoral” de hace 500 años en un museo

Inauguraron en Rotterdam un muestra de “cuadros malditos del siglo XVI.

Por Redacción

Arte

“Si no dejas la tapa cerrada, verás mis mejillas amarronadas”. Esta traducción libre suena a advertencia, al estilo de las que se leen en los paquetes de tabaco. Pero en este caso la escribió un pintor anónimo holandés en un lienzo de hace unos 500 años. Y la tabla que pintó no era precisamente para puritanos.

Al retirar la tapa, aparece un moreno trasero desnudo lleno de gruesas pústulas y, entre ambas nalgas, un cardo. En la tabla de enfrente, un hombre saca la lengua con el gesto burlón, como diciendo “Te lo advertí”.

La pintura forma parte de la exposición con la que el Museo Boijmans de Rotterdam rinde homenaje al arte más inmoral del siglo XVI.

Alrededor de 80 obras de todo menos sacras pueden verse en la ciudad holandesa en una muestra que lleva por título “De El Bosco a Brueghel: el descubrimiento de la vida cotidiana”. Y es que si la pintura en el siglo XVI está asociada a serios retratos de poderosos condes u obispos y escenas de la Biblia, esta exposición refleja que los pintores de la época también tuvieron otras fuentes de inspiración.

Así, en lugar de escenas de los Testamentos, pintaron burdeles o a campesinos, y no desde una mirada romántica, sino mordaz. “Son obras políticamente incorrectas al más alto nivel”, afirma el conservador del museo, Peter van der Coelen. Prostitutas robando, aldeanos borrachos, avariciosos recaudadores y monjes lujuriosos protagonizan lienzos y grabados con los que pintores flamencos y neerlandeses retrataron la época en que les tocó vivir.

Su objetivo no era moralizante ni tenían intención de ejercer crítica social, señala Van der Coelen. “La ironía y el humor estaban en primer plano”. Por eso, resulta difícil pasear por esta muestra sin reírse entre dientes, a carcajada suelta o al menos que el rostro del visitante dibuje alguna mueca. “También ocurría así entonces”, afirma el historiador de arte. Y esa, añade, era justamente la intención de los pintores.

Alegrarse de los males ajenos era uno de los temas más populares. Lo refleja maravillosamente Pieter Brueghel el Viejo en su lienzo “El campesino y el ladrón de nidos” (1568), un cuadro que rara vez sale del Museo de Historia del Arte de Viena. En la pintura, un campesino señala con la mano al ladrón, que parece a punto de caerse de un árbol. Y se ríe con ganas, sin darse cuenta de que también él está a punto de caerse al agua.

Brueghel debe su fama a sus escenas cotidianas, sobre todo sus paisajes holandeses, en los que plasmaba el día a día de los campesinos o a aldeanos deslizándose sobre el hielo. Pintó con maestría cada detalle de sus vestimentas, los juguetes de los niños, los platos de comida o los perros ladrando. Pero Brueghel no fue el descubridor del género, sino que uno de sus más grandes pioneros fue Hieronymusvan Aeken Bosch, El Bosco.

Eso sí, mientras que Brueghel sentía predilección por el humor, las pinturas de El Bosco muestran el miedo a las torturas. De hecho, uno de los hitos de la muestra es el tríptico “El carro de heno” (1515), procedente del Museo del Prado de Madrid y que sale de España por primera vez en 400 años.

A primera vista, podría parecer una típica pintura de altar, con el paraíso a la izquierda y el infierno a la derecha. El panel central está dominado por un carro de heno, símbolo de lo efímero y perecedero de los bienes materiales. Desde los avaros y lujuriosos clérigos al los campesinos de a pie, todos quieren su parte de heno y subirse al carro. El Bosco plasma sus anhelos retratándolos cometiendo todo tipo de pecados, incluso un asesinato.

Entre los temas más populares de El Bosco, Brueghel y sus contemporáneos neerlandeses y flamencos estaban el amor y el dinero. Pero de nuevo, no de manera romántica, sino que plasmaban sin piedad la lascivia y en lugar de castos besos, retrataban escenas de puro sexo.

“En aquella época, la peor pesadilla era que una mujer llevara los pantalones en una pareja”, apunta Van der Coelen.

Eso sí, curiosamente, estos artistas no se metían con los acaudalados ciudadanos de Ámsterdam o Amberes: al fin y al cabo, eran ellos quienes compraban sus obras.

Annette Birschel

Agencia DPA


Exit mobile version