El Cordobazo y sus miradas



Gabriel Rafart*

Las memorias construidas alrededor del Cordobazo proyectan muchas imágenes. Predomina la idea de un amplio movimiento social de acción directa, en que se superponen contenidos y prácticas de las viejas luchas en las calles junto a un tipo de disputa dentro del mundo fabril en manos de nuevos trabajadores enrolados en un ejemplar sindicalismo combativo. Para otros se apunta a la radicalización de la juventud. Ella es la gran rebelde, como en el Mayo Francés, tanto la que viste el mono de trabajo para concurrir diariamente a las fábricas como la que asiste a la escuela y la universidad.

Se afirma que en los ambientes de ese mundo juvenil predomina el ideal de emancipación psicológica y social. Y éste se cruza con la voluntad de revolucionar la vida y, en muchos, la sociedad. Es un tiempo para hacer de cada experiencia vital un laboratorio en el que el individualismo, el vitalismo y la solidaridad pueden encontrase o distanciarse.

En aquella Córdoba de fines de los sesenta, los más jóvenes habrían elegido el primer camino. De allí se interpreta que rebelión en las calles no fue más que el normal despliegue de todas esas nuevas energías a favor del cambio moral, político y sexual.

Asimismo, otros análisis, cierta corriente sociológica basada en las elecciones racionales y el equilibrio social, toma exclusivamente los datos de una Argentina que procesa nuevas disputas por el status, para pensar que aquellos eventos cordobeses tuvieron poco que ver con las luchas de clases y sí con fallas en la consumación de “expectativas crecientes”.

Y todo eso se dio mayormente dentro del mundo de los jóvenes, ya sean estos de clases medias o de una recién creada aristocrática clase trabajadora de la moderna industria automotriz.

Tapa del “Río Negro” el día después de los sucesos.

Otros muestran una extraordinaria rebelión popular capaz de ser guiada por una vanguardia insurreccional, que cree haber prendido la mecha de una revolución permanente. Y desde la dirección combativa se encontraron los cuadros que nutrieron las filas de futuras guerrillas urbanas. Allí estaría el núcleo dirigente y la organización de una vanguardia que se embarca en la revolución socialista.

También se presenta al Cordobazo, igual que a otros lazos urbanos de su tiempo -Tucumán, Corrientes, Rosario- como una reacción inorgánica, impolítica o prepolítica, embarcada en una trayectoria de inevitable fracaso o bajo el signo de un tiempo de amargo aprendizaje para las luchas populares. Córdoba fue entonces un señuelo para pensar nuevas luchas que solo apuntaban a terminar con la historia de una Argentina autoritaria.

Excepción o suceso encadenado a un tiempo de crisis de legitimidad política y cambio social, el Cordobazo estuvo cargado de épica.

En todas estas perspectivas, ya sea de identificación benevolente con los actores o de crítica conservadora, hay siempre un posicionamiento prescriptivo.

Hay un punto descriptivo coincidente: los protagonistas son exponentes de un mundo social subalterno variopinto, modificado materialmente e ideológicamente conmovido por el impacto del derrumbe del primer peronismo y la proyección continental de la Revolución Cubana.

Desde aquellos hechos de la vieja Córdoba, ocurridos hace ya medio siglo, los historiadores y sociólogos de los movimientos sociales fueron desgajando nuevas miradas. Entre ellas las que nos hablan del lugar de las mujeres en el Cordobazo. Igual que lo ocurrido entre las elites políticas provinciales. También de aquellos que no participaron en las disputas callejeras.

Aún bajo nuevas lecturas del hecho y de toda aquella década, gran parte del campo intelectual contemporáneo, donde las posiciones militantes de cierto setentismo continúan en pie, se sigue apuntando a una serie de eventos que no lograron el final esperado.

Sea en clave de revolución incompleta o traicionada por las burocracias del sindicalismo y la falta de voluntad de los partidos políticos tradicionales. Vista en clave de revolución, se la imagina aún como quien espera nuevas críticas para tomar mayor impulso, como pensó Carlos Marx las revoluciones europeas de 1848.

Córdoba del 69 abre la época del declive de país de las industrias, el desarrollismo, de la herencia del bienestar del primer peronismo

Con todo lo señalado, las interpretaciones siguen considerando la excepcionalidad de Córdoba del Cordobazo. Posiblemente de esas lecturas surge la regañida imagen de un territorio-isla, más mediterránea que nunca.

Excepción o suceso encadenado a un tiempo de crisis de legitimidad política y cambio social, el Cordobazo estuvo cargado de épica, de un tiempo pensado y vivido por la experiencia de ver en cada cordobés de mayo de 1969 un partisano comprometido en una justa causa. Ciertamente, coincide con una parte del país del interior que tuvo la oportunidad de orientar su acción en rebelión. Aun desde una provincia con larga tradición de conservadurismo. Y la dictadura de Onganía dio señales de vulnerabilidad.

Hay un vector común entre las proyecciones de aquel tiempo: los sucesos del Cordobazo alteraron definitivamente el tiempo político de los argentinos de entonces y los de hoy.

Córdoba del 69 abre la época del declive de país de las industrias, el desarrollismo, de la herencia del bienestar del primer peronismo y, por supuesto, del punto culminante de una clase industrial orgullosa de sus logros y luchas.


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