El deporte-espectáculo al diván





Marcelo Angriman*


Rudy Gobert, el basquetbolista francés del Utah Jazz que tocó todos los micrófonos en una conferencia de prensa, para luego dar positivo en su test de coronavirus, fue blanco de todas las críticas por su irresponsabilidad.

Así se convirtió en el primer infectado de la NBA y vector del contagio de un compañero, de un niño que le había pedido un autógrafo y de un rival.

Desde dicha comprobación, se suspendieron primero las temporadas de la NBA, la NHL, la MLB, la ATP, la WTA, la NCAA y luego los teatros de Broadway, las escuelas, el Poder Judicial y hasta Disney.

El positivo del galo se conoció minutos antes del partido que Utah iba a disputar contra Oklahoma City Thunder, el que fue suspendido en el acto, frente a la incrédula mirada de miles de espectadores.

Durante días enteros se denostó crudamente su actitud, entre ignorante y soberbia, más proviniendo de un deportista de elite que debiera ser un modelo de cómo cuidarse.

Hasta que no cayó en cama Gobert, un acerado hombre de 27 años, poca importancia se le dio a una enfermedad, que ahora avanza a pasos incesantes en los EE. UU.

Sin embargo, la sociedad de consumo americana demuestra tener una versatilidad sorprendente. Su necesidad de encontrar héroes o villanos a cada paso la lleva, orillando lo hollywoodense, a buscar en Gobert a un héroe accidental. A tal punto que muchos lo tratan ahora de salvador de América, por hacerle tomar conciencia a los estadounidenses de la peligrosidad de la pandemia.

Rápida de reflejos y buscando generar adhesión, la franquicia anunció una donación por parte de Gobert de 500.000 dólares para ayudar a los empleados del club y a las personas contagiadas por coronavirus en Utah, Oklahoma y Francia.

Lo cierto es que, hasta que no cayó en cama un acerado hombre de 27 años, poca importancia se le dio a una enfermedad, que ahora avanza a pasos incesantes en los EE. UU.

De ello había dado claras muestras el propio Donald Trump, al ningunear en un primer momento al virus -cuando miles de personas tienen grandísimas dificultades para acceder al sistema de salud- y salir días más tarde a dar sendas ruedas de prensa y relucir la billetera, para quien encuentre la vacuna a tan afligente mal.

Justamente en esa nueva demostración de arrogancia del blondo mandatario, aparece en escena Dietmar Hopp, presidente del Hoffenheim de Alemania, constantemente criticado por su forma de gestionar el club y su alejamiento de la gente.

Según Der Speigel, CureVac, una de sus empresas, estaría ultimando la solución para el temido virus y Trump le habría ofrecido comprarla para uso exclusivo de los estadounidenses.

El teutón, a pesar de la escasa empatía con su público, señaló que si su vacuna resultase “sería para todo el mundo”, decisión que arrancó los aplausos del gobierno alemán, que de buenas a primeras pasó a considerarlo una suerte de redentor.

Estas historias revelan la facilidad con la que una persona puede ser catalogada de héroe o de villano, según las necesidades del momento, los intereses a los que responda y la manipulación que se haga de la información.

Recuerdan sin proponérselo el caso de Richard Jewell, recientemente recreado en una película de Clint Eastwood en el cual un vigilante de seguridad, luego de ser considerado un héroe por haber encontrado una mochila con explosivos, es perseguido por el FBI y condenado socialmente por ser el principal sospechoso del atentado perpetrado en el Centennial Park, durante los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996.

También demuestran la enorme responsabilidad social que tienen los gobernantes y deportistas en cuestiones de salud pública, desde cada palabra elegida en su habla hasta su lenguaje corporal. Más hay un costado que desnuda al deporte-espectáculo, y es el de ser un enorme negocio, que desfila al ritmo de las reglas del mercado.

Al decir del presidente Alberto Fernández -en un anuncio en general acertado-, “un divertimento” que debiera continuar, sin reparar en que los jugadores, cuerpos técnicos y personal de los clubes también son personas que merecen ser resguardadas.

El deporte-espectáculo en un rapto de sensatez debiera en ocasiones recostarse en el diván, para intentar conjurar su propia esquizofrenia. Sin olvidar tras la sesión de tantear con sus manos donde dejó los lentes, para tanta miopía.

*Abogado, profesor nacional de Educación Física, docente universitario


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