El desafío de la línea de ruptura



Hace cuatro años, Omar Gutiérrez obtenía 136.000 votos, Ramón Rioseco 103.000 y Horacio Quiroga 69.000. Con crecimiento del padrón los números se repitieron y la elección “fue finalmente muy parecida en sus resultados”, observó la politóloga María Casullo. El primero obtuvo 149.000, el segundo bajó a 96.000 y el tercero cayó a 56.000 sufragios.

La académica leyó la realidad y concluyó que se invierte muy poco en conocer la política de las provincias. La facilidad de acceso de las redes sociales masificó ideas fuerzas (alejadas de la realidad) desde el lugar donde más fuerza tienen, por una cuestión de números, que es el centro del país. Los cibermilitantes fueron los que salieron en el décimo lugar en el escrutinio, debajo del voto en blanco.

La oposición que no logra superar la línea de ruptura y la interpelación del candidato desde la igualdad son dos aspectos que se rescatan en análisis históricos de los investigadores Orietta Favaro y Gabriel Rafart, quienes ofrecieron respuestas teóricas al fenómeno del domingo en la provincia de Neuquén.

Rioseco admitió que el MPN tiene territorialidad y que en cada piedra que se levanta en algún lugar perdido de la provincia surge aroma al partido provincial.

“La oposición aceptó su rol secundario y consolida su existencia de competencia pero sin alternancia”, escribió Favaro. Horacio Quiroga no escondió su decisión de desbaratar lo que para él es sinónimo de populismo y para el oficialismo es Estado de bienestar que incluye, hay que decirlo, injusticias que son aceptadas como a cuenta de pérdidas a la hora de hacer balances.

Rafart observó que quien se asume como jefe “interpela desde la igualdad. Aún más se parece como uno al acercarse al vecino o empleado”. El MPN puso en juego su predominio, no su hegemonía, que construyó desde el liderazgo carismático de Felipe Sapag quien “cuando recorría el interior lograba que cerraran los comercios para que la gente pueda concurrir a los actos”, según publicó este diario en 1973 cuando se disponía a ganar por tercera vez. Los liderazgos conllevan riesgos como el fanatismo o el mesianismo de los que también el MPN tuvo ejemplos con posterioridad a “Don Felipe”.

“Cuando tomó licencia al cargo de gobernador dejó de usar saco y corbata, se vestía con remera e iba a reuniones sin compañía, solo”, contó un allegado al gobernador reelecto. Agregó que organizaba reuniones durante la tarde noche con gente que salía del trabajo o tenía ánimo para plantear problemas y ser escuchado.

Recordó que le decían que era joven, que no podía ganar elecciones, que iba a chocar la provincia y… que no podía ser reelecto. Incluso en la interna, su adversario agitó fantasmas que se los transmitió a los competidores externos, respecto a que si el candidato “era Omar, gana Pechi”. Se basaba en encuestas hechas desde el lugar donde está la fuerza numérica y cuando todavía Rioseco no se terminaba de asar en el grill de Unidad Ciudadana.

Fronteras para adentro se tenía certeza de que lo que estaba en juego era, justamente, el Estado de bienestar que vende como una utopía real el partido provincial. Quedó en claro que el votante neuquino es selectivo, cuando hay elecciones nacionales donde no está en juego ese estatus, se comporta en consonancia con la disputa federal.

Es probable que el interés de gobernar Vaca Muerta o ser la primera provincia en decidir en elecciones haya generado un inusitado interés nacional desde lo novedoso.

La elección del domingo fue un entramado que urdieron los tres tejedores de la política neuquina: Jorge Sapag, Horacio Quiroga y Oscar Parrilli. Este le dijo a este diario que, a su juicio, el peronismo le prestó votos al MPN, y que en las elecciones de octubre volverán a su fuente.

Quiroga deberá entretenerse en bautizar a su sucesor que inaugurará el nuevo sillón en Novella y Godoy y Sapag evaluar si una figura con más trazabilidad antimacri es ideal para competir en octubre como la de Rolando Figueroa. ¿Habrá un nuevo tejedor político en Neuquén?


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