El desafío terrorista

Redacción

Por Redacción

Una vez terminada “la guerra sucia”, se consolidó en nuestro país el consenso de que es perfectamente posible derrotar el terrorismo sin violar los derechos humanos de nadie, pero cuando bandas como Montoneros y el ERP aún estaban en condiciones de cometer atentados sanguinarios, sólo una minoría reducida pensaba así. En otras partes del mundo, la situación es similar. Frente al peligro planteado por grupos terroristas despiadados, es muy tentador recurrir a métodos que son incompatibles con los principios que casi todos reivindican en tiempos de paz. No sorprende, pues, que el presidente ruso, Dimitri Medvedev, un hombre que suele ser considerado “un moderado”, haya reaccionado frente a los ataques suicidas perpetrados por islamistas afirmando que hay que tomar medidas “más crueles”. En vista de que las fuerzas de seguridad rusas ya se han destacado por su extrema brutalidad, parecería que lo que tiene en mente Medvedev es más tortura y más matanzas discriminadas. La actitud de las autoridades norteamericanas puede ser más ambigua, pero las consecuencias han sido igualmente crueles. Aunque el presidente Barack Obama insiste en la necesidad de luchar contra el terrorismo islamista con métodos legales, ha ordenado docenas de ataques con aviones no tripulados que disparan misiles contra líderes talibanes en Afganistán y Pakistán que, además de matar a los blancos, provocan la muerte o hieren gravemente a muchos civiles, entre ellos mujeres y niños. Hasta ahora, el destino de tales víctimas “colaterales” no ha preocupado demasiado a las organizaciones de derechos humanos estadounidenses, pero es difícil discrepar con aquellos “neoconservadores” sardónicos que señalan que en verdad las tácticas adoptadas por Obama en la “guerra contra el terror” son más duras que las elegidas por su antecesor en la Casa Blanca, George W. Bush. Sea como fuere, hasta ahora la imagen progresista de Obama le ha permitido actuar con mayor contundencia que Bush sin verse acusado de emplear métodos inaceptables. Aunque el desafío planteado por el terrorismo dista de ser nuevo, ningún país ha logrado elaborar una doctrina sobre cómo enfrentarlo que sea a un tiempo realista y compatible con los valores éticos supuestamente imperantes. El resultado es que ante la aparición de movimientos terroristas, los gobiernos democráticos suelen confiar en la policía y en el sistema judicial, como si sólo fuera cuestión de las actividades de delincuentes comunes, para entonces dejar el asunto en manos de los servicios secretos, unidades policiales especiales que a menudo operan fuera de la ley y, finalmente, de los militares. Puede que en las democracias consolidadas las autoridades civiles consigan impedir que los abusos se multipliquen hasta tal punto que sea legítimo calificar de terrorista al Estado mismo, pero en las más precarias es virtualmente inevitable que los encargados de la lucha antiterrorista se independicen de los controles. Es lo que sucedió en nuestro país, donde un gobierno de origen democrático organizó un escuadrón de la muerte, la Triple A, y con contadas excepciones los políticos opositores optaron por resignarse a que los derechos humanos más básicos fueran sistemáticamente violados. Todo hace pensar que algo parecido está ocurriendo nuevamente en Rusia. Las perspectivas en tal sentido ante las democracias rectoras como Estados Unidos y los países de la Unión Europea no son promisorias. Aquí las fuerzas armadas y sus auxiliares civiles pudieron eliminar el terrorismo con facilidad relativa no sólo porque su superioridad militar fue aplastante sino también porque las ideologías que sirvieron para legitimar la violencia terrorista pronto perdieron su atractivo. Por desgracia, no hay motivos para suponer que lo mismo ocurra con el islamismo militante que está detrás de la mayoría abrumadora de los atentados terroristas recientes. Es posible que andando el tiempo los yihadis lleguen a la conclusión de que la guerra santa contra el resto del género humano carece de sentido, pero no hay señales de que ello esté por suceder. Así las cosas, no extrañaría que la doctrina feroz propuesta por el presidente ruso resultara tentadora en algunos países occidentales actualmente comprometidos con el imperio de la ley y el respeto por los derechos de todos, incluyendo a quienes ni siquiera fingen respetarlos.


Una vez terminada “la guerra sucia”, se consolidó en nuestro país el consenso de que es perfectamente posible derrotar el terrorismo sin violar los derechos humanos de nadie, pero cuando bandas como Montoneros y el ERP aún estaban en condiciones de cometer atentados sanguinarios, sólo una minoría reducida pensaba así. En otras partes del mundo, la situación es similar. Frente al peligro planteado por grupos terroristas despiadados, es muy tentador recurrir a métodos que son incompatibles con los principios que casi todos reivindican en tiempos de paz. No sorprende, pues, que el presidente ruso, Dimitri Medvedev, un hombre que suele ser considerado “un moderado”, haya reaccionado frente a los ataques suicidas perpetrados por islamistas afirmando que hay que tomar medidas “más crueles”. En vista de que las fuerzas de seguridad rusas ya se han destacado por su extrema brutalidad, parecería que lo que tiene en mente Medvedev es más tortura y más matanzas discriminadas. La actitud de las autoridades norteamericanas puede ser más ambigua, pero las consecuencias han sido igualmente crueles. Aunque el presidente Barack Obama insiste en la necesidad de luchar contra el terrorismo islamista con métodos legales, ha ordenado docenas de ataques con aviones no tripulados que disparan misiles contra líderes talibanes en Afganistán y Pakistán que, además de matar a los blancos, provocan la muerte o hieren gravemente a muchos civiles, entre ellos mujeres y niños. Hasta ahora, el destino de tales víctimas “colaterales” no ha preocupado demasiado a las organizaciones de derechos humanos estadounidenses, pero es difícil discrepar con aquellos “neoconservadores” sardónicos que señalan que en verdad las tácticas adoptadas por Obama en la “guerra contra el terror” son más duras que las elegidas por su antecesor en la Casa Blanca, George W. Bush. Sea como fuere, hasta ahora la imagen progresista de Obama le ha permitido actuar con mayor contundencia que Bush sin verse acusado de emplear métodos inaceptables. Aunque el desafío planteado por el terrorismo dista de ser nuevo, ningún país ha logrado elaborar una doctrina sobre cómo enfrentarlo que sea a un tiempo realista y compatible con los valores éticos supuestamente imperantes. El resultado es que ante la aparición de movimientos terroristas, los gobiernos democráticos suelen confiar en la policía y en el sistema judicial, como si sólo fuera cuestión de las actividades de delincuentes comunes, para entonces dejar el asunto en manos de los servicios secretos, unidades policiales especiales que a menudo operan fuera de la ley y, finalmente, de los militares. Puede que en las democracias consolidadas las autoridades civiles consigan impedir que los abusos se multipliquen hasta tal punto que sea legítimo calificar de terrorista al Estado mismo, pero en las más precarias es virtualmente inevitable que los encargados de la lucha antiterrorista se independicen de los controles. Es lo que sucedió en nuestro país, donde un gobierno de origen democrático organizó un escuadrón de la muerte, la Triple A, y con contadas excepciones los políticos opositores optaron por resignarse a que los derechos humanos más básicos fueran sistemáticamente violados. Todo hace pensar que algo parecido está ocurriendo nuevamente en Rusia. Las perspectivas en tal sentido ante las democracias rectoras como Estados Unidos y los países de la Unión Europea no son promisorias. Aquí las fuerzas armadas y sus auxiliares civiles pudieron eliminar el terrorismo con facilidad relativa no sólo porque su superioridad militar fue aplastante sino también porque las ideologías que sirvieron para legitimar la violencia terrorista pronto perdieron su atractivo. Por desgracia, no hay motivos para suponer que lo mismo ocurra con el islamismo militante que está detrás de la mayoría abrumadora de los atentados terroristas recientes. Es posible que andando el tiempo los yihadis lleguen a la conclusión de que la guerra santa contra el resto del género humano carece de sentido, pero no hay señales de que ello esté por suceder. Así las cosas, no extrañaría que la doctrina feroz propuesta por el presidente ruso resultara tentadora en algunos países occidentales actualmente comprometidos con el imperio de la ley y el respeto por los derechos de todos, incluyendo a quienes ni siquiera fingen respetarlos.

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