El desafío turco

Redacción

Por Redacción

Lo mismo que la Argentina, Turquía se ha hundido en una crisis económica devastadora que ha desatado una suerte de rebelión contra la clase política tradicional, la que ha sido denostada regularmente por su corrupción y su ineptitud en términos que son muy parecidos a los utilizados aquí. A diferencia de lo que ha ocurrido en nuestro país, empero, los disconformes con sus dirigentes han contado con una alternativa auténtica. Si bien el Partido Justicia y Desarrollo (AKP) no ha podido ofrecer ideas económicas nuevas, por sus raíces islámicas rompe con el laicismo que, gracias en buena medida a las fuerzas armadas que en este terreno no se asemejan para nada a las latinoamericanas, ha sido una de las características más notables del orden político turco desde hace casi ochenta años. Aunque el islamismo turco es muy distinto de las beligerantes variantes árabes e iraní, el triunfo del AKP -el que, por el sistema electoral sui géneris vigente, a pesar de haber recibido sólo el 34,4% de los votos dominará por completo el parlamento- en los comicios del domingo ha motivado mucha preocupación en la Unión Europea cuyos voceros han estado procurando explicar la alarma que sienten sin hacerse sospechosos de albergar prejuicios religiosos. No les ha sido fácil: en muchos países de Europa partidos «demócratas cristianos» de inspiración indisimuladamente católica han formado gobiernos que no han pisoteado los derechos de los demás, de suerte que sería absurdo considerar la UE un baluarte del laicismo. Sin embargo, los escépticos han podido señalar que después de siglos de conflicto los europeos han aceptado, aunque sólo fuera tácitamente, el principio de que la religión es un asunto privado, mientras que en buena parte del mundo musulmán es considerada inseparable del Estado que de todos modos debería subordinarse a los dictados de los clérigos.

Con todo, para extrañeza de muchos, los jefes del AKP niegan tener el propósito de fomentar una reacción musulmana contra la Europa «cristiana». Por el contrario, afirman ser «conservadores europeos» que quieren que Turquía se integre cuanto antes a la Unión Europea, planteando la posibilidad de que por primera vez un país islámico sea gobernado por una versión local de los partidos de origen religioso pero así y todo relativamente tolerantes que han abundado últimamente en el Occidente. Si los turcos logran conciliar la democracia republicana con el Islam, harían un aporte político invalorable al mundo entero, aunque por ser tan diferentes sus propias tradiciones políticas de las de la mayoría de las sociedades musulmanas tendría que transcurrir mucho tiempo antes de que surgieran movimientos similares en los países árabes.

Si bien por razones comprensibles ha sido la identidad islámica del AKP lo que más ha impresionado a los demás europeos, la razón del desprestigio de los viejos partidos turcos y del auge de uno que fue formado hace apenas un año y medio ha tenido menos que ver con el fervor religioso que con una crisis económica que es equiparable con la experimentada en la Argentina que ha sumido a millones en la pobreza y provocado un aumento doloroso de la tasa de desempleo. Por lo tanto, el futuro político de Turquía dependerá en buena medida de la evolución de la economía. Si los islamistas del AKP consiguen emular a los demócratas cristianos alemanes mostrándose plenamente capaces de manejar una economía moderna según principios que su guía espiritual, el papa Juan Pablo II, suele denunciar con pasión, podrían establecerse no sólo como gobernantes «naturales» sino también tranquilizar a los preocupados por su identidad confesional. En cambio, si fracasan, se haría fuerte la tentación para muchos políticos del nuevo partido de gobierno de hacer hincapié en su condición de musulmanes y de atribuir los problemas de su país a la hostilidad del Occidente cristiano o poscristiano, lo que, desde luego, reduciría todavía más la posibilidad de que la Unión Europea termine abriendo la puerta a un país que, desde el punto de vista de muchos, ya es demasiado pobre, con un producto per cápita de apenas dos mil dólares anuales, tiene demasiados habitantes -casi setenta millones-, y, si bien pocos están dispuestos a decirlo, es demasiado musulmán, como para ser un candidato serio.


Lo mismo que la Argentina, Turquía se ha hundido en una crisis económica devastadora que ha desatado una suerte de rebelión contra la clase política tradicional, la que ha sido denostada regularmente por su corrupción y su ineptitud en términos que son muy parecidos a los utilizados aquí. A diferencia de lo que ha ocurrido en nuestro país, empero, los disconformes con sus dirigentes han contado con una alternativa auténtica. Si bien el Partido Justicia y Desarrollo (AKP) no ha podido ofrecer ideas económicas nuevas, por sus raíces islámicas rompe con el laicismo que, gracias en buena medida a las fuerzas armadas que en este terreno no se asemejan para nada a las latinoamericanas, ha sido una de las características más notables del orden político turco desde hace casi ochenta años. Aunque el islamismo turco es muy distinto de las beligerantes variantes árabes e iraní, el triunfo del AKP -el que, por el sistema electoral sui géneris vigente, a pesar de haber recibido sólo el 34,4% de los votos dominará por completo el parlamento- en los comicios del domingo ha motivado mucha preocupación en la Unión Europea cuyos voceros han estado procurando explicar la alarma que sienten sin hacerse sospechosos de albergar prejuicios religiosos. No les ha sido fácil: en muchos países de Europa partidos "demócratas cristianos" de inspiración indisimuladamente católica han formado gobiernos que no han pisoteado los derechos de los demás, de suerte que sería absurdo considerar la UE un baluarte del laicismo. Sin embargo, los escépticos han podido señalar que después de siglos de conflicto los europeos han aceptado, aunque sólo fuera tácitamente, el principio de que la religión es un asunto privado, mientras que en buena parte del mundo musulmán es considerada inseparable del Estado que de todos modos debería subordinarse a los dictados de los clérigos.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora