El desconcierto del embajador
Robert Hill fue un hombre grueso. Alto. Pelado. De estilo directo. Buen humor. Enamorado de Buenos Aires. Y, en tanto diplomático, más acostumbrado a escuchar que a hablar. Le tocó ser embajador de Estados Unidos en Argentina en un tiempo grave en la historia de nuestro país: el lapso del 74 hasta finales del 76. Fue, en consecuencia, un observador definidamente interesado en el seguimiento de aquel proceso desbordante en sangre. Y –claro– uno de los hombres mejor informados sobre la evolución y naturaleza de la dialéctica que definía aquel tiempo. Un muy recomendable libro publicado tiempo atrás –“Cables secretos. Operaciones políticas en la Argentina de los setenta”, de Marcos Novaro– pone de relieve vía documentos oficiales liberados por Washington la mirada de Robert Hill sobre el desarrollo de los acontecimientos. Un vacío de poder En septiembre de 1975 –por caso–, en un informe al Departamento de Estado liderado en aquel tiempo por Henry Kissinger, el embajador señalaba que ante el deterioro de la situación política y del poder de Isabel Perón, “es probable (aunque tal vez todavía no sea inevitable) que las Fuerzas Armadas en algún punto van a tener que intervenir, quieran o no, ya sea de un modo directo o indirecto” ya que “son el único sector cohesionado que queda en pie capaz de llenar el vacío” de poder. Hill no descartaba que en camino a llenar ese vacío los militares podían –informa a Washington– intentar “alcanzar un tipo de entendimiento con la dirigencia sindical”. Sin embargo, advertía que había intereses encontrados entre ambos bloques de poder. “No van en el mismo sentido. Las Fuerzas Armadas estarían del lado de la austeridad económica; los sindicalistas no. Por ende hay un terreno poco sólido para un entendimiento, por lo tanto, las relaciones entre los dos sectores probablemente se parecerían más a las del período Lanusse, es decir, el sindicalismo mantenido a raya por medio de zanahorias y palos, y probablemente más de lo último que de lo primero”, escribe Hill. Y vino el golpe. Y hubo más sangre que zanahorias. Ahora, en el libro de Hernán Dobry “Los judíos y la dictadura” emerge nuevamente el nombre del embajador Hill. Dobry publica un informe que en septiembre de 1976 el diplomático envió a su jefe, Henry Kissinger. Le notifica de un almuerzo –el 20– mantenido con Jacobo Timerman, por entonces director de “La Opinión”, medio que, como la totalidad de la prensa argentina, había aceptado el golpe en términos de desenlace inevitable. El error de Jacobo Timerman “Sorprendentemente –dice Hill–, cuando saqué el tema del antisemitismo en la Argentina, Timerman contestó que ese problema no existía y que la preocupación sobre este, mayormente imaginario, problema es consecuencia de una reacción exagerada de las organizaciones judías en Estados Unidos. Dijo que creía que, en verdad, esa reacción era responsable en buena medida de la preocupación internacional por la cuestión de los derechos humanos en la Argentina. Dijo que si podía demostrarse que no existía antisemitismo en la Argentina, veríamos un simultáneo enfriamiento de la preocupación externa sobre otros problemas de derechos humanos, porque las organizaciones judías perderían interés en el asunto. El esfuerzo de Timerman por negar el antisemitismo en la Argentina me dejó perplejo”, confiesa el embajador Hill. Y acota: “Posiblemente el problema ha sido de algún modo agrandado por algunas organizaciones que están razonablemente preocupadas. Pero sugerir que no es un problema se da de bruces con la evidencia histórica y con los hechos concretos visibles hoy en día. Los ataques con ametralladoras a los negocios judíos y el bombardeo a sinagogas y centros cívicos judíos quizá no indiquen los inicios de un pogrom, pero ciertamente señalan que hay, repito, un problema”. Y remata Hill que, si bien el gobierno militar ha dirigido su atención a ese problema, “realmente no veo qué pretende conseguir Timerman al sugerir que es el resultado de la imaginación de alguno”. Por supuesto que Jacobo Timerman cambió de opinión. Fue ocho meses después de aquel septiembre, cuando en manos de los matarifes del general Camps fue torturado durante semanas mientras le gritaban “¡judío de mierda!”, como él mismo lo reconoce al escribir la historia de ese calvario.