El dilema occidental
No bien aprobó el Consejo de Seguridad de la ONU una resolución que autoriza a los aliados occidentales imponer una zona de exclusión aérea en Libia para proteger a la población civil, el dictador libio Muammar Gaddafi reaccionó amenazando con atacar los aviones de pasajeros y barcos en el Mediterráneo, pero poco después declaró un cese de fuego con el propósito evidente de confundir a los resueltos a derrocarlo. Aunque los más decididos a hacerlo, el presidente francés Nicolas Sarkozy y el primer ministro británico David Cameron, entendieron que sólo se trataba de una maniobra destinada a engañarlos, tuvieron que demorar los ataques planeados hasta contar con evidencia de que las fuerzas leales a Gaddafi perpetraban lo que el presidente norteamericano Barack Obama calificaba de “atrocidades”. De todos modos, parecería que, en el caso de Libia por lo menos, los líderes de los miembros principales de la OTAN, con la excepción significante de Alemania, han llegado a la conclusión de que tienen derecho a intervenir militarmente en países soberanos en defensa de los derechos humanos de sus habitantes. Se trata de una versión apenas modificada de la doctrina que fue reivindicada por el ex presidente norteamericano George W. Bush y el ex primer ministro británico Tony Blair, a la que se opuso con vehemencia Obama en el transcurso de la campaña electoral que lo llevó a la Casa Blanca. Si hay una diferencia, ésta consiste en la resistencia de todos a participar de una fuerza de ocupación: los norteamericanos, traumatizados por la experiencia de Irak y Afganistán, no querían arriesgarse en otro país musulmán, mientras que los franceses y británicos se mantenían reacios a emprender lo que muchos tomarían por una nueva aventura colonialista. Si bien nadie está en condiciones de prever el desenlace del conflicto en Libia, los norteamericanos y europeos se han visto ante la posibilidad de que el hombre que habían declarado políticamente muerto y por lo tanto incapaz de perjudicarlos continuara gobernando un país que, por su petróleo y por su ubicación geográfica, es de interés estratégico para la Unión Europea y, en menor medida, para Estados Unidos. Si Gaddafi sobrevive, con toda seguridad guardará rencor contra Obama, quien una y otra vez le ordenó dejar el poder; contra los europeos que lo han tratado como un paria y contra aquellos integrantes de la Liga Árabe que resucitaron la idea de imponer una zona de exclusión aérea en Libia, a muchos les da pesadillas la perspectiva de tener que convivir con él por algunos años más. Antes de estallar la rebelión, los líderes tanto de Estados Unidos como de la Unión Europea coincidieron en que les convendría tratar bien a Gaddafi, pasando por alto la brutalidad de su régimen y su larga trayectoria como padrino de docenas de organizaciones terroristas, entre ellas el IRA y ETA, con la esperanza de que de tal modo lograrían domesticarlo. La maniobra funcionó –Gaddafi abandonó su programa nuclear y colaboró con los europeos en sus esfuerzos por frenar la inmigración clandestina–, pero ante la primera señal de que el dictador podría caer, los occidentales cambiaron radicalmente de postura. Como resultado, se encontraron ante la opción de brindar un apoyo limitado a los rebeldes e intervenir militarmente, lo que los ha expuesto al peligro de provocar la reacción airada de buena parte del mundo musulmán, incluyendo, desde luego, a la parte ya sustancial de dicho mundo que se ha asentado en Europa. Desgraciadamente para ellos, y también para los muchos libios que, alentados por lo ocurrido en Túnez y Egipto, y por la sensación de que Occidente los apoyaría con fervor desde el primer momento, se animaron a rebelarse contra una dictadura cruel, les ha tocado elegir entre dos alternativas malas. Sarkozy, Cameron y Obama se negaron tardíamente a permitir que Gaddafi aplastara sin misericordia a la insurrección, pero a juzgar por lo que ha sucedido en otras partes del mundo islámico, el intervenir militarmente, aun cuando hubiera sido de manera apenas simbólica, puede resultar igualmente negativo. No sorprendió, pues, que Barack Obama y sus homólogos europeos hayan vacilado, de esta forma informándoles a los regímenes de Bahrein y Yemen que les será dado reprimir, con su ferocidad habitual, a los deseosos de derrocarlos.
No bien aprobó el Consejo de Seguridad de la ONU una resolución que autoriza a los aliados occidentales imponer una zona de exclusión aérea en Libia para proteger a la población civil, el dictador libio Muammar Gaddafi reaccionó amenazando con atacar los aviones de pasajeros y barcos en el Mediterráneo, pero poco después declaró un cese de fuego con el propósito evidente de confundir a los resueltos a derrocarlo. Aunque los más decididos a hacerlo, el presidente francés Nicolas Sarkozy y el primer ministro británico David Cameron, entendieron que sólo se trataba de una maniobra destinada a engañarlos, tuvieron que demorar los ataques planeados hasta contar con evidencia de que las fuerzas leales a Gaddafi perpetraban lo que el presidente norteamericano Barack Obama calificaba de “atrocidades”. De todos modos, parecería que, en el caso de Libia por lo menos, los líderes de los miembros principales de la OTAN, con la excepción significante de Alemania, han llegado a la conclusión de que tienen derecho a intervenir militarmente en países soberanos en defensa de los derechos humanos de sus habitantes. Se trata de una versión apenas modificada de la doctrina que fue reivindicada por el ex presidente norteamericano George W. Bush y el ex primer ministro británico Tony Blair, a la que se opuso con vehemencia Obama en el transcurso de la campaña electoral que lo llevó a la Casa Blanca. Si hay una diferencia, ésta consiste en la resistencia de todos a participar de una fuerza de ocupación: los norteamericanos, traumatizados por la experiencia de Irak y Afganistán, no querían arriesgarse en otro país musulmán, mientras que los franceses y británicos se mantenían reacios a emprender lo que muchos tomarían por una nueva aventura colonialista. Si bien nadie está en condiciones de prever el desenlace del conflicto en Libia, los norteamericanos y europeos se han visto ante la posibilidad de que el hombre que habían declarado políticamente muerto y por lo tanto incapaz de perjudicarlos continuara gobernando un país que, por su petróleo y por su ubicación geográfica, es de interés estratégico para la Unión Europea y, en menor medida, para Estados Unidos. Si Gaddafi sobrevive, con toda seguridad guardará rencor contra Obama, quien una y otra vez le ordenó dejar el poder; contra los europeos que lo han tratado como un paria y contra aquellos integrantes de la Liga Árabe que resucitaron la idea de imponer una zona de exclusión aérea en Libia, a muchos les da pesadillas la perspectiva de tener que convivir con él por algunos años más. Antes de estallar la rebelión, los líderes tanto de Estados Unidos como de la Unión Europea coincidieron en que les convendría tratar bien a Gaddafi, pasando por alto la brutalidad de su régimen y su larga trayectoria como padrino de docenas de organizaciones terroristas, entre ellas el IRA y ETA, con la esperanza de que de tal modo lograrían domesticarlo. La maniobra funcionó –Gaddafi abandonó su programa nuclear y colaboró con los europeos en sus esfuerzos por frenar la inmigración clandestina–, pero ante la primera señal de que el dictador podría caer, los occidentales cambiaron radicalmente de postura. Como resultado, se encontraron ante la opción de brindar un apoyo limitado a los rebeldes e intervenir militarmente, lo que los ha expuesto al peligro de provocar la reacción airada de buena parte del mundo musulmán, incluyendo, desde luego, a la parte ya sustancial de dicho mundo que se ha asentado en Europa. Desgraciadamente para ellos, y también para los muchos libios que, alentados por lo ocurrido en Túnez y Egipto, y por la sensación de que Occidente los apoyaría con fervor desde el primer momento, se animaron a rebelarse contra una dictadura cruel, les ha tocado elegir entre dos alternativas malas. Sarkozy, Cameron y Obama se negaron tardíamente a permitir que Gaddafi aplastara sin misericordia a la insurrección, pero a juzgar por lo que ha sucedido en otras partes del mundo islámico, el intervenir militarmente, aun cuando hubiera sido de manera apenas simbólica, puede resultar igualmente negativo. No sorprendió, pues, que Barack Obama y sus homólogos europeos hayan vacilado, de esta forma informándoles a los regímenes de Bahrein y Yemen que les será dado reprimir, con su ferocidad habitual, a los deseosos de derrocarlos.
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