El dilema presidencial
Si bien la Argentina ha sido una democracia desde hace casi veinte años, todavía no ha sido capaz de librarse de la tradición caudillista que la ha dominado a partir de la Independencia, motivo por el que parece casi inconcebible que un presidente que se acerca al final de su mandato coexista pacíficamente con un sucesor ya consagrado. Por cierto, el colapso del gobierno del presidente Raúl Alfonsín se debió menos al estallido hiperinflacionario, calamidad que se produjo al mermar su autoridad, que al error garrafal que cometió permitiendo la celebración de elecciones medio año antes de la fecha en la que tendría que haberse ido: como era de prever, el poder real se trasladó en seguida al ya elegido Carlos Menem. Una década más tarde, éste se vio obligado a mantener viva hasta el último momento la posibilidad de una nueva reelección porque de otro modo el peronismo hubiera cerrado filas prematuramente en torno de Eduardo Duhalde, dejándolo impotente. El caso del presidente Fernando de la Rúa era un tanto distinto, pero aun así el presunto surgimiento de un polo de poder alternativo conformado por «los tres gobernadores» lo debilitó tanto que a sus adversarios bonaerenses les resultó fácil derrocarlo. Por su parte, Duhalde parece entender muy bien que si en las semanas próximas Menem -o Adolfo Rodríguez Saá- lograra convertirse en el caudillo «natural» del PJ, tendría que abandonar la Casa Rosada mucho antes del 25 de mayo del 2003.
He aquí una razón por la que el país no ha conseguido dotarse de un sistema político estable. Por ser el poder una facultad personal, al caudillo de turno le es natural hacer todo cuanto pueda para impedir que un rival crezca demasiado, mientras que los interesados en sucederlo tienen forzosamente que subrayar su propia condición de opositor resuelto a producir grandes cambios. Aunque no se diera el odio mutuo que según parece separa a Duhalde y Menem, aquél se vería constreñido a tratar de dinamitar la candidatura del riojano porque de lo contrario una cantidad cada vez mayor de «oficialistas» migraría hacia el campo de quien suponen podría ser capaz de ayudarlos en el futuro. En todas partes los políticos se resisten a mostrarse bondadosos con lo que los norteamericanos llaman «patos rengos», o sea, presidentes salientes cuyos sucesores ya tienen nombre y apellido, pero en pocos países suelen actuar con tanta crueldad como en la Argentina.
El conflicto entre Duhalde y Menem, es decir, entre los dos caudillos más poderosos del movimiento peronista, está cobrando más intensidad por momentos, con el resultado de que ya parece virtualmente imposible que el país pueda celebrar elecciones normales que sirvan para que por fin surja un gobierno de legitimidad incuestionable. Todos los cambios de reglas electorales y preelectorales de los meses últimos han sido determinados por los intereses incompatibles de esta pareja que, además de la ambición, no comparte nada salvo el temor que ambos sienten por Rodríguez Saá que, se ha afirmado, quisiera meterlos entre rejas a fin de aumentar el poder propio. Es innecesario decir que las diferencias de opinión en cuanto a la mejor forma de atenuar las consecuencias de la pavorosa crisis socioeconómica del país tienen muy poco que ver con la virulencia que está adquiriendo esta lucha. Por el contrario, tanto las propuestas anticapitalistas reivindicadas por Duhalde antes de que se apoderara de la presidencia como las recetas de signo muy distinto impulsadas por Menem, para no hablar de los planteos de Rodríguez Saá, Néstor Kirchner y los demás, se inspiran en buena medida en el afán de diferenciarse, mientras que sorprendería que la actitud asumida por otros peronistas se basara en coincidencias o discrepancias ideológicas. Desgraciadamente para el país, las maniobras de casi todos los políticos están vinculadas exclusivamente con su deseo de acumular más poder relacionándose con un caudillo que a su juicio tiene buenas perspectivas de ocupar un puesto importante. Todo lo demás – los discursos apasionados acerca de la «justicia social», las propuestas imaginativas, las promesas destinadas a crear esperanzas y, desde luego, «la lealtad»- suele estar subordinado con firmeza al objetivo supremo así supuesto.
Si bien la Argentina ha sido una democracia desde hace casi veinte años, todavía no ha sido capaz de librarse de la tradición caudillista que la ha dominado a partir de la Independencia, motivo por el que parece casi inconcebible que un presidente que se acerca al final de su mandato coexista pacíficamente con un sucesor ya consagrado. Por cierto, el colapso del gobierno del presidente Raúl Alfonsín se debió menos al estallido hiperinflacionario, calamidad que se produjo al mermar su autoridad, que al error garrafal que cometió permitiendo la celebración de elecciones medio año antes de la fecha en la que tendría que haberse ido: como era de prever, el poder real se trasladó en seguida al ya elegido Carlos Menem. Una década más tarde, éste se vio obligado a mantener viva hasta el último momento la posibilidad de una nueva reelección porque de otro modo el peronismo hubiera cerrado filas prematuramente en torno de Eduardo Duhalde, dejándolo impotente. El caso del presidente Fernando de la Rúa era un tanto distinto, pero aun así el presunto surgimiento de un polo de poder alternativo conformado por "los tres gobernadores" lo debilitó tanto que a sus adversarios bonaerenses les resultó fácil derrocarlo. Por su parte, Duhalde parece entender muy bien que si en las semanas próximas Menem -o Adolfo Rodríguez Saá- lograra convertirse en el caudillo "natural" del PJ, tendría que abandonar la Casa Rosada mucho antes del 25 de mayo del 2003.
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