El dilema uruguayo

Redacción

Por Redacción

Si el presidente uruguayo José Mujica fuera un dirigente político argentino, voceros del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no vacilarían en tratarlo como un “liberal” contrario a lo que llaman el “modelo de inclusión”, por insistir en lo importante que es respetar “las reglas del juego”, querer seducir a los inversores extranjeros ofreciéndoles seguridad jurídica y oponerse a las barreras al libre comercio que “por esto y por lo otro” siguen erigiéndose en el Mercosur. Aunque al hablar ante más de mil empresarios y los líderes de la oposición, en Punta del Este, Mujica se abstuvo de criticar directamente a nuestro gobierno, dejó en claro que lo considera un obstáculo en el camino del crecimiento de su propio país por su falta de seriedad y por la inseguridad que provoca su propensión a tomar medidas arbitrarias sin consultar con sus socios. Asimismo, el mandatario uruguayo hizo hincapié en la necesidad de pensar en el mediano plazo y en el largo, ya que caer en la tentación de “comer la vaca, hacer un asado” en vez de hacer que las vacas se multipliquen para que haya más y “den más leche” suele resultar contraproducente, tesis ésta que no comparten los kirchneristas que siempre se han mofado de las advertencias de “agoreros” preocupados por el futuro. Mujica, un ex militante tupamaro que encabeza una coalición de centroizquierda, tiene buenos motivos para sentirse frustrado por la evolución reciente del Mercosur. Lejos de ser una unión aduanera, el bloque ha degenerado en una especie de confederación de países proteccionistas que tiene trabas internas “aquí y allá”, la mayoría confeccionadas por la Argentina, que siembran desconfianza entre empresarios deseosos de instalarse en Uruguay. Tales empresarios también tienen que tomar en cuenta el riesgo de que, so pretexto de que plantas industriales ubicadas en suelo uruguayo perjudican el medio ambiente en la Argentina, se repita el bloqueo económico sumamente costoso con el que los asambleístas de Gualeguaychú, con el respaldo pleno del gobierno del entonces presidente Néstor Kirchner, intentaron privar a nuestro vecino de la mayor inversión de su historia. En teoría, pertenecer al Mercosur aseguraría a los uruguayos un “mercado interno” de más de 240 millones de personas, pero son tantas las dificultades ocasionadas por los obstáculos que enfrentan que podría resultarles más conveniente adoptar una estrategia similar a la elegida por Chile, que ha preferido apostar al mercado internacional. Siempre y cuando el mundo no se divida nuevamente en bloques proteccionistas regionales, el compromiso de los chilenos con el libre comercio seguirá brindándoles ventajas negadas a países que, conscientes de su incapacidad para competir con otros, han optado por el aislamiento. Si bien el progreso social y económico que se han anotado los chilenos puede atribuirse al consenso en torno a las “políticas de Estado” que se consolidó durante la transición hacia la democracia, la apertura comercial resultante reflejó la confianza de una sociedad dispuesta a hacer frente a los desafíos planteados por la globalización. En cambio, en nuestro país, la crisis traumática del 2001 y el 2002 ha motivado un repliegue generalizado hacia posturas propias de mediados del siglo pasado. Aunque por ahora parece poco probable que el gobierno de Mujica decida abandonar el Mercosur, de continuar nuestro gobierno inventando trabas al intercambio comercial dentro del bloque la tentación de hacerlo no podrá sino intensificarse. En última instancia, el rumbo que elijan los uruguayos dependerá de su confianza en su propia capacidad para aprovechar las ventajas que les supondría una decisión de concentrarse en las oportunidades brindadas por la irrupción en el mercado internacional de países como China y la India. Según Mujica, sus socios actuales, la Argentina y Brasil, son “países de dimensiones colosales”, pero sucede que son enanos en comparación con los dos gigantes asiáticos, razón por la que podría convenir más a Uruguay –y a nuestro país– pensar en los eventuales beneficios de una estrategia parecida a la de Chile por entender que no es de su interés subordinarse a vecinos más grandes cuyos gobiernos suelen privilegiar sus propias prioridades políticas por encima de las de los socios más pequeños.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 8 de abril de 2011


Si el presidente uruguayo José Mujica fuera un dirigente político argentino, voceros del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no vacilarían en tratarlo como un “liberal” contrario a lo que llaman el “modelo de inclusión”, por insistir en lo importante que es respetar “las reglas del juego”, querer seducir a los inversores extranjeros ofreciéndoles seguridad jurídica y oponerse a las barreras al libre comercio que “por esto y por lo otro” siguen erigiéndose en el Mercosur. Aunque al hablar ante más de mil empresarios y los líderes de la oposición, en Punta del Este, Mujica se abstuvo de criticar directamente a nuestro gobierno, dejó en claro que lo considera un obstáculo en el camino del crecimiento de su propio país por su falta de seriedad y por la inseguridad que provoca su propensión a tomar medidas arbitrarias sin consultar con sus socios. Asimismo, el mandatario uruguayo hizo hincapié en la necesidad de pensar en el mediano plazo y en el largo, ya que caer en la tentación de “comer la vaca, hacer un asado” en vez de hacer que las vacas se multipliquen para que haya más y “den más leche” suele resultar contraproducente, tesis ésta que no comparten los kirchneristas que siempre se han mofado de las advertencias de “agoreros” preocupados por el futuro. Mujica, un ex militante tupamaro que encabeza una coalición de centroizquierda, tiene buenos motivos para sentirse frustrado por la evolución reciente del Mercosur. Lejos de ser una unión aduanera, el bloque ha degenerado en una especie de confederación de países proteccionistas que tiene trabas internas “aquí y allá”, la mayoría confeccionadas por la Argentina, que siembran desconfianza entre empresarios deseosos de instalarse en Uruguay. Tales empresarios también tienen que tomar en cuenta el riesgo de que, so pretexto de que plantas industriales ubicadas en suelo uruguayo perjudican el medio ambiente en la Argentina, se repita el bloqueo económico sumamente costoso con el que los asambleístas de Gualeguaychú, con el respaldo pleno del gobierno del entonces presidente Néstor Kirchner, intentaron privar a nuestro vecino de la mayor inversión de su historia. En teoría, pertenecer al Mercosur aseguraría a los uruguayos un “mercado interno” de más de 240 millones de personas, pero son tantas las dificultades ocasionadas por los obstáculos que enfrentan que podría resultarles más conveniente adoptar una estrategia similar a la elegida por Chile, que ha preferido apostar al mercado internacional. Siempre y cuando el mundo no se divida nuevamente en bloques proteccionistas regionales, el compromiso de los chilenos con el libre comercio seguirá brindándoles ventajas negadas a países que, conscientes de su incapacidad para competir con otros, han optado por el aislamiento. Si bien el progreso social y económico que se han anotado los chilenos puede atribuirse al consenso en torno a las “políticas de Estado” que se consolidó durante la transición hacia la democracia, la apertura comercial resultante reflejó la confianza de una sociedad dispuesta a hacer frente a los desafíos planteados por la globalización. En cambio, en nuestro país, la crisis traumática del 2001 y el 2002 ha motivado un repliegue generalizado hacia posturas propias de mediados del siglo pasado. Aunque por ahora parece poco probable que el gobierno de Mujica decida abandonar el Mercosur, de continuar nuestro gobierno inventando trabas al intercambio comercial dentro del bloque la tentación de hacerlo no podrá sino intensificarse. En última instancia, el rumbo que elijan los uruguayos dependerá de su confianza en su propia capacidad para aprovechar las ventajas que les supondría una decisión de concentrarse en las oportunidades brindadas por la irrupción en el mercado internacional de países como China y la India. Según Mujica, sus socios actuales, la Argentina y Brasil, son “países de dimensiones colosales”, pero sucede que son enanos en comparación con los dos gigantes asiáticos, razón por la que podría convenir más a Uruguay –y a nuestro país– pensar en los eventuales beneficios de una estrategia parecida a la de Chile por entender que no es de su interés subordinarse a vecinos más grandes cuyos gobiernos suelen privilegiar sus propias prioridades políticas por encima de las de los socios más pequeños.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora