El discurso único


Nadie está en contra de los derechos de las mujeres. Eso no está en discusión. Lo que es abusivo es que todo deba ser visto “con perspectiva de género” como única alternativa.


Los que tenemos más de 40 hemos vivido una época cultural en la que todos los discursos podían coexistir y debatir. Incluso aquellos que nos parecían más extremos y más difíciles de tolerar. En el medio siglo que va de 1960 a 2000, en todos los países democráticos, se ampliaron los límites de la libertad: no fue un proceso lineal ni nunca fue fácil, pero en todas partes el espectro de lo tolerable, tanto en el campo de las ideas como en el de las prácticas, fue incorporando nuevas voces y nuevas problemáticas. Sin embargo, desde comienzos del presente siglo estamos viviendo la ola contraria: cada vez hay menos temas de lo que se puede hablar libremente. Algunos ya están considerados sagrados y sobre ellos no se puede cuestionar nada si uno no quiere ser expulsado incluso de su grupo de íntimos. ¿Cómo fue que en poco más de una década hemos pasado de la libertad al discurso único?

Revisé esta mañana mi casilla de correo electrónico y había allí 32 emails con noticias que me envían editoriales de nuestro país, de Chile, de Brasil, de Uruguay, de México y de España sobre los libros que están publicando, además de emails de fundaciones que apoyan a las artes y la literatura y otros de diversos museos: como soy crítico cultural muchas instituciones culturales de todo tipo me acercan todos los días sus novedades.

Todos esos emails, sin excepción (tanto los nuevos libros como las muestras de los museos o las becas de investigación o los premios que dan las fundaciones) estaban dedicados al feminismo, a la “problemática de la mujer”, a las temáticas “con perspectiva de género”; además de escritos todos por mujeres.


Si alguien hace hoy una crítica al feminismo o a las imposiciones a las que nos somete la perspectiva de género que impulsa el gobierno inmediatamente es cancelado


El lunes pasado fui a una institución odontológica a realizarme la limpieza de dientes semestral y veo que en la sala de recepción había dos grandes pantallas que emitían información sobre cómo detectar y denunciar el abuso sexual y la violencia en contra de la mujer.

La semana anterior fui a uno de los más importantes centros de diagnósticos de la ciudad de Buenos Aires a hacerme un estudio médico y mientras esperaba veo en la sala de espera que la pantalla transmite información sobre abuso que sufren las mujeres y da teléfonos y otros datos para denunciarlos.

Los carteles electrónicos de tránsito de la ciudad de Buenos Aires transmiten todo el día información sobre cómo denunciar la violencia en contra de la mujer (el mismo aviso está en todos los colectivos y vagones de subte y tren de todas las líneas de transporte de la capital federal y el Gran Buenos Aires).

Si alguien hace hoy una crítica al feminismo o a las imposiciones a las que nos somete la perspectiva de género que impulsa el gobierno (por ejemplo, que sea obligatorio dar un curso para aprender perspectiva de género y a combatir el Patriarcado para poder sacar o renovar el registro automotor) inmediatamente es cancelado: incluso hay personas que han sido echadas de sus trabajos o que han perdido la posibilidad de presentar sus libros o dar sus cursos en universidades o ámbitos culturales por no acatar la debida “perspectiva de género”.

¿Cómo fue que pasamos de “la mujer es la víctima del sistema patriarcal” a no poder criticar estas medidas abusivas sin pagar un alto precio por ello? Obviamente nadie está en contra de los derechos de las mujeres (ni de las personas de cualquier raza o color ni de cualquier género o sexualidad con la cual cada uno se autoperciba). Eso no está en discusión.

Lo que es abusivo es que todo deba ser visto “con perspectiva de género” como única alternativa. Es decir, que no tengamos la posibilidad de pensar lo que queremos ni como lo queremos.

Para imponer esta dictadura del pensamiento único los militantes que sostienen esta ideología fueron copando primero las universidades, luego las escuelas y ahora todo el aparato del Estado (el 4% del PBI va para perspectiva de género, más que para hospitales o escuelas).

Esta “perspectiva” se impone a través del terror de la cancelación (el que la sufre queda eliminado prácticamente de la vida laboral y social) y del disciplinamiento del resto (los que ven el maltrato que reciben los “díscolos” se callan o incluso terminan denunciando a algunos que no se someten al pensamiento único para evitar ser condenados ellos mismos).

El pensamiento único termina saturando, aunque a veces dura décadas.

Ya sucedió con las ideologías políticas totalitarias en los años 30 y con los movimientos religiosos que no permitían la libertad de pensamiento en épocas anteriores a la nuestra: a la larga las sociedades dejan de acatar el mandato de reprimir la vida y la disidencia, se rebelan y el totalitarismo termina cayendo.

Espero que ese momento de libertad no esté tan lejano.


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