El disparador: La cita



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Ya dije que no te quiero engañar, y creo que no lo voy a hacer. O espero no hacerlo. Porque te tengo respeto. También, porque te tengo un poco de temor. Si me esperás a la hora acordada, a mi me corresponde disponerme –y animarme– a estar yo también.
Me quedó claro: si prometí que iba a buscarte, tengo que cumplir. Tengo que estar ahí donde dije que iba a estar. Para tomarte de la mano, o apenas para extendértela, y que entonces te puedas lucir y desplegar. O, como mínimo –que es muchísimo–, te manifiestes. Porque vos tenés ese poder, de eso no hay dudas.
Si algo está en lo profundo, eso vos lo sabés más que nadie. Y si yo quiero ir hacia esa profundidad dependo de vos, de que me permitas entrar ahí, a ese sótano oscuro que es mío pero que a veces me olvido de que me pertenece. Tal vez, porque vos tenés las llaves. Soy el dueño de un modo limitado. Como una heladera que es mía pero de la que no puedo, deliberadamente, abrir la puerta y sacar una cerveza.
Te repito: no te quiero fallar. Lo entendí desde que leí Un arte espectral, donde Norman Mailer sostiene que hay algo que debemos cumplir: si decís que mañana a las nueve de la mañana vas a escribir, lo tenés que hacer. Porque tu inconsciente estará ahí esperando para ofrecerte susurros. Para revelarte lo que está reservado para ese momento con el que te comprometiste.
Si cumplimos, nos creerá y se irá liberando. Como un borracho que suelta cosas que no contaría de otro modo. Esto hay que cuidarlo. Cada vez que digamos que vamos a hacerlo, estará con los cordones atados, peinado y listo para tener su momento de protagonismo. Pero si lo plantamos, algo se astillará y no se aceptarán excusas.
Si no asistimos a la cita, se ofenderá, se volverá aún más distante e inaccesible. Entonces, la próxima vez que nos sentemos a escribir nos costará aún más eludir la superficialidad. En fin. Prometer y no ir sería como si, en medio de una seducción que creemos imposible, de pronto, tenemos la ansiada posibilidad de lograrlo pero llegamos tarde a la cita. O, peor aún, faltamos sin aviso.

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