“El Donald” y otros contestatarios

Redacción

Por Redacción

Cuando el republicano Donald Trump, dueño de una fortuna personal inmensa, decidió que le gustaría ser el próximo presidente de Estados Unidos, tanto los progresistas de la Costa Este y California como los conservadores moderados que esperaban recuperar la Casa Blanca celebraron la noticia por suponer que la irrupción en el escenario político de un personaje tan fabulosamente excéntrico y bocón los ayudaría. Creían que, luego de protagonizar una serie de escándalos grotescos, el hombre del peinado rarísimo se convertiría en el hazmerreír del mundo entero, lo que obligaría a los republicanos a optar por alguien en su opinión más presentable, como Marco Rubio o Jeb Bush. No se equivocaban por completo, ya que Trump ha logrado enfurecer a muchísimos mexicanos, además de todos los partidarios de la corrección política, pero lejos de costarle apoyo el espectáculo esperpéntico que ha montado le ha permitido conseguir el respaldo de tantas personas que es el favorito para triunfar en las primarias republicanas que están a punto de arrancar. Aunque por ahora parecería que los asustados por la posibilidad de que un demagogo tan rudimentario como Trump se instale en la Casa Blanca están convencidos de que, si resulta ser el candidato republicano, será derrotado por el eventual portaestandarte demócrata, sea Hillary Clinton, el socialista Bernie Sanders u otro que aún no se ha presentado, algunos temen que en el caso de que el multimillonario exalcalde de Nueva York Michael Bloomberg se anote en la carrera presidencial como un independiente podría abrirle la puerta a Trump al quitar votos de los candidatos considerados más o menos sensatos. ¿A qué se debe el fenómeno Trump que tanta angustia está provocando? Los preocupados por su ascenso al parecer irrefrenable lo atribuyen a su voluntad de decir en voz alta, muy alta, lo que muchos norteamericanos del montón sólo piensan: que los problemas de su país son culpa de los inmigrantes mexicanos, en especial los indocumentados; de los chinos que producen todo a un precio irrisorio y de los europeos o surcoreanos que, gracias a la protección brindada por Estados Unidos, no tienen que gastar mucho en defensa propia. Tales quejas carecerían de importancia si más compatriotas de Trump se sintieran conformes con la evolución de la economía norteamericana, pero si bien el ingreso per cápita sigue siendo superior al de casi todos los demás países, en el cuarto de siglo último el grueso de la clase media ha perdido terreno sin entender muy bien por qué, puesto que según las estadísticas macroeconómicas su país está rebosante de salud. Asimismo, se ha difundido la conciencia de que a muy pocos les será dado recuperar lo perdido y que muchos jóvenes, o ya no tan jóvenes, se han endeudado hasta el cuello para conseguir diplomas universitarios en materias pasajeramente de moda sólo para enterarse de que no les servirán para nada y por lo tanto tendrán que resignarse a un nivel de vida llamativamente inferior al previsto. A juicio de quienes se resisten a tomarlo en serio, Trump es una versión caricaturesca del norteamericano enojado, pero en otros países democráticos también están surgiendo líderes políticos duchos en el arte de aprovechar las frustraciones que tantos sienten. Algunos, como el laborista británico Jeremy Corbyn, el español Pablo Iglesias y el griego Alexis Tsipras, suelen verse ubicados en el lado izquierdo del mapa ideológico, mientras que otros, en especial la francesa Marine Le Pen, son considerados ultraderechistas. Lo que todos tienen en común es su postura antisistema, el desprecio que manifiestan por la “vieja política” y el voluntarismo que los caracteriza. Ofrecen soluciones sencillas para problemas muy complejos. Trump, el más extravagante de la cohorte, se declara resuelto a poner fin a la inmigración clandestina obligando a los mexicanos a financiar la construcción de una muralla gigantesca, pero sucede que el flujo se frenó hace varios años debido al deterioro de la situación laboral en Estados Unidos. También se propone librar una guerra comercial contra China, lo que podría beneficiar a algunos empresarios poco eficientes pero a buen seguro perjudicaría a los demás norteamericanos que en adelante tendrían que pagar mucho más por los bienes que consuman. Aunque algunos contestatarios hablan como progresistas, todos son conservadores: quieren restaurar las condiciones, y las esperanzas que las acompañaban, de tiempos ya idos. En España, Italia y Grecia sueñan con volver a la primera mitad de la década pasada, antes de que estallaran las burbujas inmobiliarias y se iniciara una era de austeridad. Se trata de una fantasía, ya que sin dinero no se pueden costear los programas sociales que reclaman, pero les es fácil descalificar el realismo llamándolo “neoliberal” o “burgués” para entonces rabiar contra los banqueros. En Estados Unidos las cosas son un poco más complicadas, ya que la añorada edad de oro terminó antes de producirse la convulsión financiera del 2008, pero en el fondo se trata de la misma sensación de que el rumbo emprendido por el mundo lo está llevando hacia un destino que muchos encontrarán muy ingrato. La actualidad es producto de una combinación de fuerzas que a través de los años los políticos pasaron por alto por motivos electorales o por entender que intentar revertirlas sería inútil. La que mayor impacto tendría sería la demográfica: la negativa de tantos europeos a reproducirse está socavando con rapidez todos los esquemas asistenciales del Viejo Continente. En Estados Unidos el problema demográfico es menos grave que en Europa, pero así y todo ya ha ocasionado cambios sociales que no necesariamente resultarán positivos. En todas partes se ha ampliado la brecha entre las elites mayormente progresistas y los demás que, como nos recuerda la popularidad de Trump y de Le Pen y otros “derechistas” en Europa, se sienten traicionados por quienes dicen hablar en nombre de los rezagados. Y, para rematar, está el desafío planteado por el islam militante que ha irrumpido masivamente en Europa y en Estados Unidos, lo que dio a “el Donald” un buen pretexto para pedir, con la aprobación de un porcentaje notable de los norteamericanos, que se prohíba la entrada a todos los musulmanes hasta que los legisladores de su país “puedan entender qué está pasando”.

Opiniones

James Neilson


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