El economista más temido

Redacción

Por Redacción

Parecería que al gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no le importa demasiado que conforme a distintas entidades privadas los precios estén reacomodándose a un ritmo que es muy superior al registrado por el Indec, pero el que en este ámbito el jefe sindical Hugo Moyano comparta la opinión de quienes cuestionan la veracidad de las estadísticas oficiales no puede sino preocuparlo. Según Moyano, los únicos índices que hay que tomar en serio son los “del supermercado” que, es innecesario decirlo, son mucho más alarmantes que los difundidos por los propagandistas gubernamentales. No se trata de la única diferencia entre los Kirchner y su aliado principal. Mientras que el matrimonio santacruceño se ha comprometido con la idea disparatada de que la mejor forma de combatir la inflación consiste en negar su existencia, el camionero, como todos los demás sindicalistas, cree que es posible derrotarla haciendo subir los salarios para que dejen atrás los aumentos del costo de vida. Ambas teorías son insensatas; combinadas, sólo servirían para provocar un desastre descomunal. Lo normal en circunstancias como las actuales sería que el gobierno se esforzara por mantener a raya el espectro inflacionario haciendo uso de las antipáticas medidas habituales, explicando a la población que la alternativa de intentar convivir con una tasa anual de más del 20% sería todavía peor que el remedio, y que los sindicatos más belicosos organizaran protestas contra “el ajuste” que todos atribuirían a las presiones malignas de los mercados y el Fondo Monetario Internacional. Sin embargo, sucede que para los Kirchner el camionero es un aliado imprescindible, ya que si optara por oponérseles podría hacer del país un aquelarre, razón por la que lo han colmado de favores que andando el tiempo merecerán el vivo interés de la Justicia. Es de suponer, pues, que el gobierno tratará de apaciguar a los sindicalistas, en especial los encolumnados detrás de Moyano, resignándose a permitir aumentos salariales inapropiados para un país en que según los números oficiales la inflación no llega al 8% anual, asegurando así que una vez más el país siga deslizándose hacia una conflagración hiperinflacionaria. En los días últimos han subido mucho los precios de la carne, la leche y los combustibles, además de los de una amplia gama de servicios personales. Según los voceros oficiales, es una cuestión de algunas alzas puntuales imputables a la lluvia, la codicia de los productores y otros factores pasajeros, no de un aumento generalizado de precios impulsado por un proceso inflacionario genuino. Por desgracia, abundan los motivos para desconfiar del análisis oficial de lo que está ocurriendo en la economía nacional y, aun cuando resultara que Cristina, Amado Boudou y Aníbal Fernández tuvieran razón, esto no ayudaría a atenuar el impacto de las subas sobre muchos millones de personas que día a día han visto reducirse su poder adquisitivo. Puesto que los Kirchner, ya abandonados por la clase media urbana y por los sectores rurales, dependen políticamente del apoyo que aún reciben de quienes viven en las zonas más pobres del conurbano bonaerense, deberían estar entre los más interesados en impedir que los precios sigan aumentando, pero tienen las manos atadas porque se sienten obligados a fingir creer en las estadísticas confeccionadas por el Indec intervenido y porque no pueden arriesgarse enfrentándose con sindicalistas como Moyano. Aunque a pesar de las dificultades económicas crecientes el conurbano ha permanecido relativamente tranquilo, sorprendería que la situación así supuesta no cambiara en las semanas próximas. Hace un par de días, un aliado entusiasta de los Kirchner, el piquetero Luis D’Elía, les advirtió que a menos que modificaran radicalmente el reparto de los subsidios sociales “en marzo van a haber 70, 80.000 tipos saliendo a la calle a reclamar lo que les corresponde”, porque “estamos desbordados por nuestras bases”. Lo mismo podría decirse de sindicalistas oficialistas como Moyano que saben muy bien que, si no logran reconciliarse con sus “bases”, perderán su capacidad para ayudar a los Kirchner y, con ella, el poder que desde hace algunos años les ha permitido desempeñar papeles relevantes en el drama político nacional.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 768.803 Director: Julio Rajneri Co-directora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación de Editorial Río Negro SA – Viernes 12 de febrero de 2010


Parecería que al gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no le importa demasiado que conforme a distintas entidades privadas los precios estén reacomodándose a un ritmo que es muy superior al registrado por el Indec, pero el que en este ámbito el jefe sindical Hugo Moyano comparta la opinión de quienes cuestionan la veracidad de las estadísticas oficiales no puede sino preocuparlo. Según Moyano, los únicos índices que hay que tomar en serio son los “del supermercado” que, es innecesario decirlo, son mucho más alarmantes que los difundidos por los propagandistas gubernamentales. No se trata de la única diferencia entre los Kirchner y su aliado principal. Mientras que el matrimonio santacruceño se ha comprometido con la idea disparatada de que la mejor forma de combatir la inflación consiste en negar su existencia, el camionero, como todos los demás sindicalistas, cree que es posible derrotarla haciendo subir los salarios para que dejen atrás los aumentos del costo de vida. Ambas teorías son insensatas; combinadas, sólo servirían para provocar un desastre descomunal. Lo normal en circunstancias como las actuales sería que el gobierno se esforzara por mantener a raya el espectro inflacionario haciendo uso de las antipáticas medidas habituales, explicando a la población que la alternativa de intentar convivir con una tasa anual de más del 20% sería todavía peor que el remedio, y que los sindicatos más belicosos organizaran protestas contra “el ajuste” que todos atribuirían a las presiones malignas de los mercados y el Fondo Monetario Internacional. Sin embargo, sucede que para los Kirchner el camionero es un aliado imprescindible, ya que si optara por oponérseles podría hacer del país un aquelarre, razón por la que lo han colmado de favores que andando el tiempo merecerán el vivo interés de la Justicia. Es de suponer, pues, que el gobierno tratará de apaciguar a los sindicalistas, en especial los encolumnados detrás de Moyano, resignándose a permitir aumentos salariales inapropiados para un país en que según los números oficiales la inflación no llega al 8% anual, asegurando así que una vez más el país siga deslizándose hacia una conflagración hiperinflacionaria. En los días últimos han subido mucho los precios de la carne, la leche y los combustibles, además de los de una amplia gama de servicios personales. Según los voceros oficiales, es una cuestión de algunas alzas puntuales imputables a la lluvia, la codicia de los productores y otros factores pasajeros, no de un aumento generalizado de precios impulsado por un proceso inflacionario genuino. Por desgracia, abundan los motivos para desconfiar del análisis oficial de lo que está ocurriendo en la economía nacional y, aun cuando resultara que Cristina, Amado Boudou y Aníbal Fernández tuvieran razón, esto no ayudaría a atenuar el impacto de las subas sobre muchos millones de personas que día a día han visto reducirse su poder adquisitivo. Puesto que los Kirchner, ya abandonados por la clase media urbana y por los sectores rurales, dependen políticamente del apoyo que aún reciben de quienes viven en las zonas más pobres del conurbano bonaerense, deberían estar entre los más interesados en impedir que los precios sigan aumentando, pero tienen las manos atadas porque se sienten obligados a fingir creer en las estadísticas confeccionadas por el Indec intervenido y porque no pueden arriesgarse enfrentándose con sindicalistas como Moyano. Aunque a pesar de las dificultades económicas crecientes el conurbano ha permanecido relativamente tranquilo, sorprendería que la situación así supuesta no cambiara en las semanas próximas. Hace un par de días, un aliado entusiasta de los Kirchner, el piquetero Luis D’Elía, les advirtió que a menos que modificaran radicalmente el reparto de los subsidios sociales “en marzo van a haber 70, 80.000 tipos saliendo a la calle a reclamar lo que les corresponde”, porque “estamos desbordados por nuestras bases”. Lo mismo podría decirse de sindicalistas oficialistas como Moyano que saben muy bien que, si no logran reconciliarse con sus “bases”, perderán su capacidad para ayudar a los Kirchner y, con ella, el poder que desde hace algunos años les ha permitido desempeñar papeles relevantes en el drama político nacional.

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