El eslabón más débil
Los síntomas difícilmente podrían ser más preocupantes. Aunque el gobierno se esfuerza por estimular cierto optimismo, no hay duda de que la economía ha entrado en una fase problemática de la que no le será del todo fácil salir. El dólar “blue” acaba de perforar la barrera psicológica de los $ 8; no sorprendería que la brecha entre el tipo de cambio oficial y el informal llegara a superar el 100%. A pesar de la ayuda brindada por el cepo cambiario, para los balnearios de la costa atlántica que dependen del turismo el primer mes del año resultó ser el peor desde el 2002. Lo que es aún más ominoso, si cabe, es que, de acuerdo con el Indec, la construcción cayó el 3,2% en términos interanuales, un bajón que también motivó comparaciones con el año en que la maltrecha economía nacional, liberada de la convertibilidad que le había servido de ancla, se hundía en medio del caos generalizado. Puede que sólo se haya tratado de reveses coyunturales y que, merced a una buena cosecha de soja y el tan esperado repunte de la economía brasileña, se reviertan pronto las tendencias negativas así registradas, pero aun cuando el país no se vea condenado a sufrir una vez más una crisis gravísima imputable a la resistencia del gobierno de turno a modificar el rumbo que se ha fijado, es evidente que le aguardan algunos meses muy difíciles. Como siempre sucede, los más golpeados por las distorsiones provocadas por la inflación que está en la raíz de tantos problemas actuales son los sectores de menores ingresos que viven al borde de la indigencia. Tiene razón el presidente uruguayo José “Pepe” Mujica cuando advierte que “no contener la inflación es perjudicar a los más débiles”, comenzando con los obreros de la construcción y sus familiares. Tanto en nuestro país como en todos los demás, la construcción y actividades afines constituyen una fuente de trabajo muy importante para muchas miles de personas; la tasa de desocupación extraordinariamente alta que se registra en España se debe en buena medida al colapso del mercado inmobiliario. Si tomamos en cuenta la cantidad de empleos “en negro” en dicha industria y en aquellas que dependen de ella, el retroceso del sector habrá privado directamente de trabajo a decenas de miles de personas e, indirectamente, a muchísimas más. Según voceros del sector inmobiliario, la merma es consecuencia de la guerra que está librando el gobierno contra el uso del dólar como moneda de referencia, pero también se ha visto virtualmente paralizada la obra pública que, dicen, ha resultado ser “la variable de ajuste” elegida por el gobierno nacional, los provinciales y los municipales que han tenido que reducir sus gastos. Por desgracia, no hay mucho que el gobierno kirchnerista puede hacer para mitigar los efectos adversos de la recesión en que ya han caído sectores clave de la economía nacional. Está tan comprometida la presidenta Cristina Fernández de Kirchner con lo que llama “el modelo” que es reacia a emplear la palabra “inflación” y, si bien ya ha puesto en marcha un ajuste riguroso, jura que nunca se le ocurriría hacer algo tan terrible. Aunque el gobierno quisiera hacer pensar que detrás de las penurias está la mala distribución de los recursos disponibles, si procura remediar la situación así supuesta aumentando todavía más los impuestos a quienes están en condiciones de abonarlos, los resultados serán con toda seguridad contraproducentes, ya que los ingresos de los más pobres dependen en última instancia del poder adquisitivo de los relativamente acomodados. Es de suponer que el gobierno se habrá dado cuenta de que el cepo cambiario ha incidido de manera perversa en el funcionamiento de la economía, pero no podrá abandonarlo porque en tal caso los mercados lo obligarían a devaluar el peso oficial, lo que implicaría correr el riesgo de provocar un auténtico estallido inflacionario al ajustarse los precios a la nueva realidad. Acaso lo mejor que podría hacer la presidenta sería reconocer que el sacrosanto “modelo” se agotó hace tiempo, reemplazar a las cuatro o cinco personas de ideas diferentes que están a cargo de la economía por un equipo más idóneo, para emprender entonces una estrategia radicalmente distinta de la actual. Puesto que es escasa la posibilidad de que opte por una alternativa tan drástica, tendremos que prepararnos para enfrentar un período sumamente agitado.