El espejismo democrático

Por Redacción

Hace apenas un año, los medios periodísticos más influyentes de Europa y Estados Unidos parecían confiar en que el derrocamiento de dictadores ancianos como el egipcio Hosni Mubarak y el tunecino Ben Ali, además del libio extravagante pero sumamente cruel Muammar Gaddafi, desembocaría en la democratización casi instantánea de buena parte del mundo árabe. Suponían que se reeditaba en África del Norte y el Oriente Medio lo que había sucedido dos décadas antes en muchos países europeos luego del derrumbe de la Unión Soviética, de ahí las alusiones a la primavera árabe, pero pronto algunos se darían cuenta de la magnitud de su error. Si bien aún es posible que, a pesar del avance de los islamistas, Túnez consiga transformarse en algo parecido a una democracia, resulta muy poco probable que lo logren Egipto, Libia o Siria. El destino de Egipto, un país de 80 millones de habitantes, dependerá de la relación entre las fuerzas armadas y los islamistas que dominan el escenario político, mientras que Libia, una sociedad todavía tribal, corre el riesgo de romperse en varios pedazos. En cuanto a Siria, la eventual caída del dictador sanguinario Bashar al Assad, que está luchando por aferrarse al poder por entender que está en juego su propia vida y la supervivencia de la minoría alauita de la que es el jefe, podría significar el inicio de una etapa signada por guerras intestinas aún más terribles entre distintas sectas religiosas y comunidades étnicas, con la participación de Irán. Los gobiernos de las principales potencias occidentales han basado su estrategia internacional en el presupuesto optimista de que en el fondo lo que quieren casi todos los habitantes de otras partes del planeta es disfrutar de los beneficios de la libertad democrática. Por dicho motivo, no tardaron en presionar a Mubarak, Ben Ali y otros dictadores que hasta entonces habían considerado como aliados para que abandonaran el poder, y en Libia la OTAN –Francia, el Reino Unido y, de forma menos visible, Estados Unidos– intervino al lado de los rebeldes contra Gaddafi. Sin embargo, a juzgar por los resultados de las elecciones que se han celebrado en Egipto y Túnez, o por lo que está ocurriendo en Siria, Yemen y los emiratos del golfo Pérsico, los realmente interesados en la democracia constituyen una minoría reducida que no tiene posibilidad alguna de frenar a los islamistas militantes para los cuales la democracia es una herejía imperialista. Una consecuencia de las convulsiones que están agitando al Oriente Medio y el norte de África ha sido la intensificación de la hostilidad genocida hacia no sólo los judíos sino también los cristianos. Se prevé que dentro de muy poco desaparecerá por completo lo que todavía queda de las comunidades cristianas de Irak y otros países árabes que cuentan con casi dos mil años de historia. Aunque en Egipto, donde hay aproximadamente diez millones de coptos, escasean los que creen que es factible expulsar a todos los no musulmanes, los ataques repetidos contra las iglesias y otras instituciones ya han dado pie a la emigración de quienes poseen los recursos necesarios. En el caso de que los líderes de la Hermandad Musulmana, y de los salafistas aún más extremos, aprovechen su hegemonía para hacer de Egipto una “república islámica”, las perspectivas frente a los coptos se harían todavía más sombrías. Asimismo, al agravarse la situación económica ya precaria de los países de la región, serán cada vez más los fanáticos religiosos que procuren distraer la atención de la población de la miseria creciente clamando por una guerra santa contra Israel, cuando no contra Estados Unidos y Europa que, por su parte, no saben cómo reaccionar frente al drama inmenso que se ha desatado en el Oriente Medio. Todo sería más sencillo si fuera cuestión de un conflicto entre una mayoría democrática y pequeñas elites autoritarias, pero por desgracia no lo es. Para frustración de los estadounidenses y europeos, el Oriente Medio no se asemeja en absoluto ni a los países que durante décadas fueron sojuzgados por el comunismo soviético pero que así y todo se sentían parte de la familia europea, ni a América Latina donde, luego de la caída en cascada de las dictaduras militares, pudieron resurgir versiones acaso deficientes pero, ello no obstante, aceptables de la democracia moderna.


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