El estilo C
Cuando el hasta entonces poco conocido ex gobernador santacruceño Néstor Kirchner iniciaba su gestión como presidente de la República, algunos encontraban estimulante el llamado “estilo K”, ya que les parecía bueno que el jefe de Estado hablara sin pelos en la lengua para vituperar en público a los presuntos responsables de la debacle nacional, pero los más sensatos no tardaron en entender que se trataba de una maniobra cínica destinada a permitirle aprovechar en beneficio propio los problemas del país. Fue por este motivo que, andando el tiempo, el “estilo K” agresivo y soberbio que patentó el matrimonio gobernante comenzó a obrar en su contra. Puede que les haya asegurado a los Kirchner el apoyo ferviente de un puñado de personajes apenas presentables, pero también les ha costado la simpatía de buena parte de la clase media urbana y, desde luego, del campo. Tal y como están las cosas, lo único que los mantiene a flote es la sospecha de que un gobierno conformado por un sector opositor podría resultar ser todavía peor porque las diferencias internas le impedirían funcionar con un mínimo de eficacia. Un motivo por el que hay tantas dudas en dicho sentido consiste en el impacto negativo que ha tenido lo que podría calificarse del “estilo C”. En política, el estilo importa mucho. Refleja la relación de un dirigente con la sociedad y la forma en que se propone gobernarla si es elegido para desempeñar dicha función. Puede entenderse, pues, la preocupación que sienten muchos partidarios de agrupaciones de la “centroizquierda” por el estilo propio de la diputada Elisa Carrió. Últimamente, distintos integrantes de Coalición Cívica han protestado contra la propensión ajena a prestar más atención al “estilo” de su líder que a sus ideas, dando a entender así que a su juicio es frívolo criticarla por su costumbre de someter tanto a aliados en potencia como a rivales a ataques verbales furibundos, de tal manera provocando divisiones innecesarias y desbaratando acuerdos que a primera vista parecían promisorios. La lista de blancos de los dardos de Carrió ya es larga. Además de los Kirchner, entre quienes figuran en la oposición incluye al jefe del gobierno porteño, Mauricio Macri, a otro “inmoral”, el vicepresidente Julio Cobos, al aspirante presidencial radical, Ricardo Alfonsín, a la bonaerense Margarita Stolbizer y al líder socialista Hermes Binner. Tiene cierta lógica la hostilidad de Carrió hacia Macri, por ser cuestión de un dirigente que milita en un “espacio” bastante alejado del ocupado por quienes se consideran progresistas, y puede entenderse el rencor que siente para con Cobos, aunque sus intentos repetidos por hundirlo han debilitado a la UCR y por lo tanto a la oposición centroizquierdista, pero sus enfrentamientos con Stolbizer, Alfonsín y Binner sólo han servido para difundir la impresión de que invitar a la chaqueña a formar parte de una eventual coalición sería un error garrafal porque en seguida se pondría a desestabilizarla, aunque tratar de mantenerla a raya podría resultar ser igualmente peligroso. Bien que mal, para que de las elecciones próximas surja un gobierno capaz de hacer frente a los gravísimos problemas económicos, sociales e institucionales del país, distintas agrupaciones opositoras tendrán que formar una coalición que sea lo bastante amplia como para merecer el respaldo de al menos la mitad de la ciudadanía. Por lo tanto, convendría que los dirigentes se concentraran en lo que tienen en común, pero Carrió parece estar mucho más interesada en buscar pretextos para echar del redil a quienes no le gustan, con el resultado de que a esta altura quedan muy pocos que estarían dispuestos a colaborar con ella. La agresividad tan característica de “Lilita” importaría poco si fuera una dirigente marginal que se conformara con desempeñar un papel pintoresco pero así y todo menor en el escenario nacional, pero ocurre que, a pesar de su talento para sorprendernos rompiendo con sus supuestos aliados, sigue contando con mucha influencia. Aunque no es su intención ser funcional a los Kirchner, al poner en duda la posibilidad de que el sector del arco opositor en que lleva la voz cantante supere sus diferencias internas está contribuyendo a prolongar una situación que ella misma dice creer muy peligrosa.
Cuando el hasta entonces poco conocido ex gobernador santacruceño Néstor Kirchner iniciaba su gestión como presidente de la República, algunos encontraban estimulante el llamado “estilo K”, ya que les parecía bueno que el jefe de Estado hablara sin pelos en la lengua para vituperar en público a los presuntos responsables de la debacle nacional, pero los más sensatos no tardaron en entender que se trataba de una maniobra cínica destinada a permitirle aprovechar en beneficio propio los problemas del país. Fue por este motivo que, andando el tiempo, el “estilo K” agresivo y soberbio que patentó el matrimonio gobernante comenzó a obrar en su contra. Puede que les haya asegurado a los Kirchner el apoyo ferviente de un puñado de personajes apenas presentables, pero también les ha costado la simpatía de buena parte de la clase media urbana y, desde luego, del campo. Tal y como están las cosas, lo único que los mantiene a flote es la sospecha de que un gobierno conformado por un sector opositor podría resultar ser todavía peor porque las diferencias internas le impedirían funcionar con un mínimo de eficacia. Un motivo por el que hay tantas dudas en dicho sentido consiste en el impacto negativo que ha tenido lo que podría calificarse del “estilo C”. En política, el estilo importa mucho. Refleja la relación de un dirigente con la sociedad y la forma en que se propone gobernarla si es elegido para desempeñar dicha función. Puede entenderse, pues, la preocupación que sienten muchos partidarios de agrupaciones de la “centroizquierda” por el estilo propio de la diputada Elisa Carrió. Últimamente, distintos integrantes de Coalición Cívica han protestado contra la propensión ajena a prestar más atención al “estilo” de su líder que a sus ideas, dando a entender así que a su juicio es frívolo criticarla por su costumbre de someter tanto a aliados en potencia como a rivales a ataques verbales furibundos, de tal manera provocando divisiones innecesarias y desbaratando acuerdos que a primera vista parecían promisorios. La lista de blancos de los dardos de Carrió ya es larga. Además de los Kirchner, entre quienes figuran en la oposición incluye al jefe del gobierno porteño, Mauricio Macri, a otro “inmoral”, el vicepresidente Julio Cobos, al aspirante presidencial radical, Ricardo Alfonsín, a la bonaerense Margarita Stolbizer y al líder socialista Hermes Binner. Tiene cierta lógica la hostilidad de Carrió hacia Macri, por ser cuestión de un dirigente que milita en un “espacio” bastante alejado del ocupado por quienes se consideran progresistas, y puede entenderse el rencor que siente para con Cobos, aunque sus intentos repetidos por hundirlo han debilitado a la UCR y por lo tanto a la oposición centroizquierdista, pero sus enfrentamientos con Stolbizer, Alfonsín y Binner sólo han servido para difundir la impresión de que invitar a la chaqueña a formar parte de una eventual coalición sería un error garrafal porque en seguida se pondría a desestabilizarla, aunque tratar de mantenerla a raya podría resultar ser igualmente peligroso. Bien que mal, para que de las elecciones próximas surja un gobierno capaz de hacer frente a los gravísimos problemas económicos, sociales e institucionales del país, distintas agrupaciones opositoras tendrán que formar una coalición que sea lo bastante amplia como para merecer el respaldo de al menos la mitad de la ciudadanía. Por lo tanto, convendría que los dirigentes se concentraran en lo que tienen en común, pero Carrió parece estar mucho más interesada en buscar pretextos para echar del redil a quienes no le gustan, con el resultado de que a esta altura quedan muy pocos que estarían dispuestos a colaborar con ella. La agresividad tan característica de “Lilita” importaría poco si fuera una dirigente marginal que se conformara con desempeñar un papel pintoresco pero así y todo menor en el escenario nacional, pero ocurre que, a pesar de su talento para sorprendernos rompiendo con sus supuestos aliados, sigue contando con mucha influencia. Aunque no es su intención ser funcional a los Kirchner, al poner en duda la posibilidad de que el sector del arco opositor en que lleva la voz cantante supere sus diferencias internas está contribuyendo a prolongar una situación que ella misma dice creer muy peligrosa.
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