“El faraón” egipcio, clínicamente muerto en un país convulsionado
El hombre que dominó el país con mano de hierro por tres décadas, colapsó después de ser condenado a perpetua.
AP
EL CAIRO (AFP) – El expresidente Hosni Mubarak, quien dirigió Egipto con mano de hierro durante tres décadas, luchaba anoche por su vida en medio de un país que sigue convulsionado por los reclamos democráticos, que provocaron en febrero su caída en apenas 18 días y determinaron que en junio de este año fuese condenado a prisión perpetua.
La prensa oficial indicó ayer que el ex-“rais” estaba clínicamente muerto tras sufrir un paro cardíaco, pero una fuente médica aseguró poco después que se hallaba en coma y que los médicos trataban de reanimarlo.
La crisis de salud del derrocado mandatario agrega un nuevo elemento de incertidumbre mientras inicia una potencial explosiva lucha por quién será su sucesor. En la plaza principal de la capital no cesan los reclamos contra el gobierno militar de “transición” que sucedió a Mubarak, al que acusan de manipular los comicios donde llevaban la delantera los partidos islamistas (ver aparte)
La salud de Mubarak se degradó a pasos acelerados desde su condena el 2 de junio, por la muerte de 850 manifestantes en la insurrección de inicios de 2011. Cumplía la sentencia en el ala médica de la cárcel de Tora, en el sur de El Cairo, y fue trasladado tras sufrir un paro cardiaco al hospital militar Maadi, en un suburbio .
Según los partes médicos y sus abogados, en los últimos tiempos padecía de depresión aguda, de dificultades respiratorias y cardiacas y de hipertensión. Compareció en camilla a su juicio, en un cubículo con rejas, una imagen en las antípodas de la del gobernante cortejado en la escena internacional que impuso sus voluntades durante treinta años en el país más poblado del mundo árabe.
Pocos se atrevían a apostar por la permanencia en el poder de este hombre sin gran carisma que en 1981 sucedió a Anwar el Sadat, asesinado por islamistas. Supo sin embargo mostrarse pragmático, aunque cada vez más separado de su pueblo y orgulloso. Y sustentó su poder en un temible aparato policial y en un partido a su servicio.
En occidente mantuvo una reputación de moderado, al preservar contra viento y marea la alianza con EE. UU. y los acuerdos de paz firmados en 1979 con Israel, que la habían costado la vida a Sadat. Con su silueta maciza, su cabellera siempre negra a pesar de la edad y eternos lentes de sol, se convirtió con el pasar de los años en una figura familiar de los cónclaves internacionales.
Su liberalismo económico, permitió desarrollar sectores como las telecomunicaciones y la construcción, pero casi el 40% de los 80 millones de egipcios seguía viviendo al final de su régimen con menos de dos dólares diarios, según estadísticas internacionales. La corrupción fue otro mal endémico de sus años en el poder.