El invitado del invitado14-6-03



De pronto y sin saber bien cómo, estamos en una reunión. En realidad sabemos. Artemio nos rogó que lo acompañáramos porque no conocía a nadie. ¡Jamás! dijimos con autoridad, pero a los quince minutos estaba de rodillas y gritando sus ruegos haciéndose la señal de la cruz con juramentos y promesas de devolución de favores y… decidimos cambiar de idea. No tanto por creer en sus dichos sino porque eran las once de la mañana de un sábado en el centro y a esa altura ya le robábamos atención al malabarista del semáforo. La cuestión es que a los diez segundos de entrar en el "vernissage" Artemio quebró el estigma de no conocer a nadie y desde entonces charla muy entretenido con una rubia. Nosotros, como es de suponer, deambulamos mecánicamente y sin rumbo fijo entre mesas llenas de canapés. Todos, absolutamente todos los demás ríen y toman y se ven entretenidísimos. A pesar del aburrimiento tratamos que ese sentimiento no se traslade al gesto y nos esforzamos por tener una leve sonrisa que dé la sensación de tranquila complacencia, siempre lista para extenderse a una más amplia. Ese gesto lo ponemos en práctica cuando nos ofrecen un canapé, una bebida e incluso cuando nos piden permiso, nos rozan nos empujan o alguien se ríe en la lejanía. Es fundamental tener siempre la copa llena ya que si uno toma, fuma o come está "ocupado" y no se siente como un náufrago en la fiesta. Cada tanto saludamos al vacío con un gesto medido y deambulamos para que nadie nos identifique como "ese tipo que hace dos horas que está parado al lado del aparador". Ver alguien con cara de abulia es importante porque nos reafirma nuestro espíritu inflexible en sobrevivir a aquella reunión como navegantes solitarios con una sonrisa como arboladura y sin arriar nuestro ánimo. Sabemos que podemos engañar a muchos, pero nunca a los mozos. En sus sonrisas igual de hipócritas, pero tanto más profesional que la nuestra, descubrimos que nos descubrieron y nos compadecen mientras nos convidan. El aburrimiento nos invade y pensamos que más de uno ya nos tienen catalogados como el ermitaño de la fiesta. A pesar de eso no caemos en la debilidad de acariciar al perro de la casa, ya que suelen ponerse cargosos olfateando nuestros pies y entrepiernas. Mucho menos vamos a vincularnos con los niños que corretean por allí. Fácilmente nos toman como monigotes de sus juegos y uno termina jugando patéticamente a las escondidas y si un chico se cae y llora es inevitable que la madre nos mire pidiéndonos explicaciones. Si hay algo que sabemos es que si alguien se acerca a hablarnos no hay que demostrar demasiada ansiedad contenida. Frases como ¿sabes cómo se alimenta el parásito del gusano cuartelero? para despertar la curiosidad del casual interlocutor puede ser peligroso. Sobre todo porque empezar a hablar de los nutrientes del estiércol cuando el otro está por morder un canapé de paté, es de mal gusto. Después de darle un tiempo prudencial al fracaso social nos retiramos lentamente reflexionando como corresponde que en realidad eran todos un manga de tarados. Horacio Licera hlicera@rionegro.com.ar


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El invitado del invitado14-6-03