El Japón devastado

Redacción

Por Redacción

No exageraba el primer ministro japonés, Naoto Kan, cuando dijo que su país enfrenta la crisis más grave desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Además de causar la muerte de más, tal vez mucho más, de 10.000 personas y arrasar por completo pueblos costeros enteros, el terremoto que cambió todo el viernes pasado y el tsunami gigantesco que desató han provocado daños tan graves en varias centrales atómicas que en cualquier momento podría producirse una catástrofe de consecuencias equiparables con las de Chernobyl: las centrales nucleares japonesas fueron construidas para resistir el impacto de un terremoto de 7,5 grados en la escala de Richter, pero nadie pudo prever que el país sería sacudido por uno 10 veces más poderoso, de 8,9 grados. Y aunque los japoneses están familiarizados con los tsunami –la palabra misma es japonesa–, nunca se había registrado en su país uno tan terrible como el de la semana pasada. Aún es temprano para estimar los costos humanos y económicos de la serie de calamidades que se han abatido sobre el Japón, pero no cabe duda de que la recuperación será sumamente difícil. Además de las tareas de rescate que, con la participación de equipos internacionales especializados, continuarán por mucho tiempo más, las autoridades niponas tienen que restaurar la provisión de energía, comunicaciones y alimentos a los damnificados que viven en pueblos que a causa de la destrucción se han hecho casi inaccesibles. También están luchando por impedir que la radiación procedente de las plantas nucleares alcance una intensidad realmente peligrosa. Los riesgos son tan grandes que países vecinos como China y Rusia temen que el eventual escape de elementos nucleares dé pie a la formación de una nube radiactiva parecida a la que, casi un cuarto de siglo antes, hizo de Chernobyl una zona muerta. Huelga decir que para los japoneses las consecuencias de tamaño desastre serían incomparablemente peores. En otras partes del mundo, lo que está ocurriendo en el complejo de Fukushima ya ha alentado a los contrarios al poder nuclear. En Alemania, han logrado convencer a la canciller Angela Merkel de suspender un plan ya polémico para prolongar la vida útil de las centrales atómicas de su país. Puesto que el riesgo de que Alemania experimente un terremoto como el que ha tenido consecuencias tan dramáticas en el Japón es virtualmente nulo, la reacción del gobierno de Merkel se debió más a los prejuicios populares que a los peligros reales, pero es de prever que en otras partes del mundo crezcan las presiones en contra de la industria que, bien que mal, constituye la alternativa más racional a la dependencia excesiva del petróleo que de acuerdo común ha tenido efectos geopolíticos muy negativos. De todos modos, en vista de que es posible que debido a las convulsiones que están agitando a los países petroleros del mundo musulmán el precio del crudo aumente mucho más, una eventual decisión de frenar la construcción de centrales nucleares haría todavía más vulnerable una economía mundial que aún no se ha recuperado por completo del bajón ocasionado por la crisis financiera más reciente. Si bien el Japón está acostumbrado a hacer frente a la adversidad con entereza y disciplina, ya antes del terremoto pareció haberse resignado a un futuro signado por la declinación inevitable. De los países ricos, ha sido el más afectado por una caída estrepitosa de la tasa de natalidad combinada con el envejecimiento: está reduciéndose con rapidez alarmante la población activa. Asimismo, hace poco el Japón dejó de ser la “segunda economía del mundo”, lugar que ahora ocupa China; aunque el ingreso per cápita japonés sigue siendo muy superior al chino, el cambio así supuesto ha incidido en el estado de ánimo de la ciudadanía. Por lo demás, la deuda pública, de alrededor del 200% del producto bruto anual, es por un margen muy amplio la mayor de todos los países avanzados, de suerte que el gasto adicional que resultará necesario no podrá sino causar problemas financieros. Aunque la mayor parte de la deuda está en manos japonesas –sólo el 5% de los bonos pertenece a extranjeros–, al gobierno se le ha estado haciendo cada vez más difícil convencer a los ahorristas a financiar sus actividades debido a una tasa de interés muy baja.


No exageraba el primer ministro japonés, Naoto Kan, cuando dijo que su país enfrenta la crisis más grave desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Además de causar la muerte de más, tal vez mucho más, de 10.000 personas y arrasar por completo pueblos costeros enteros, el terremoto que cambió todo el viernes pasado y el tsunami gigantesco que desató han provocado daños tan graves en varias centrales atómicas que en cualquier momento podría producirse una catástrofe de consecuencias equiparables con las de Chernobyl: las centrales nucleares japonesas fueron construidas para resistir el impacto de un terremoto de 7,5 grados en la escala de Richter, pero nadie pudo prever que el país sería sacudido por uno 10 veces más poderoso, de 8,9 grados. Y aunque los japoneses están familiarizados con los tsunami –la palabra misma es japonesa–, nunca se había registrado en su país uno tan terrible como el de la semana pasada. Aún es temprano para estimar los costos humanos y económicos de la serie de calamidades que se han abatido sobre el Japón, pero no cabe duda de que la recuperación será sumamente difícil. Además de las tareas de rescate que, con la participación de equipos internacionales especializados, continuarán por mucho tiempo más, las autoridades niponas tienen que restaurar la provisión de energía, comunicaciones y alimentos a los damnificados que viven en pueblos que a causa de la destrucción se han hecho casi inaccesibles. También están luchando por impedir que la radiación procedente de las plantas nucleares alcance una intensidad realmente peligrosa. Los riesgos son tan grandes que países vecinos como China y Rusia temen que el eventual escape de elementos nucleares dé pie a la formación de una nube radiactiva parecida a la que, casi un cuarto de siglo antes, hizo de Chernobyl una zona muerta. Huelga decir que para los japoneses las consecuencias de tamaño desastre serían incomparablemente peores. En otras partes del mundo, lo que está ocurriendo en el complejo de Fukushima ya ha alentado a los contrarios al poder nuclear. En Alemania, han logrado convencer a la canciller Angela Merkel de suspender un plan ya polémico para prolongar la vida útil de las centrales atómicas de su país. Puesto que el riesgo de que Alemania experimente un terremoto como el que ha tenido consecuencias tan dramáticas en el Japón es virtualmente nulo, la reacción del gobierno de Merkel se debió más a los prejuicios populares que a los peligros reales, pero es de prever que en otras partes del mundo crezcan las presiones en contra de la industria que, bien que mal, constituye la alternativa más racional a la dependencia excesiva del petróleo que de acuerdo común ha tenido efectos geopolíticos muy negativos. De todos modos, en vista de que es posible que debido a las convulsiones que están agitando a los países petroleros del mundo musulmán el precio del crudo aumente mucho más, una eventual decisión de frenar la construcción de centrales nucleares haría todavía más vulnerable una economía mundial que aún no se ha recuperado por completo del bajón ocasionado por la crisis financiera más reciente. Si bien el Japón está acostumbrado a hacer frente a la adversidad con entereza y disciplina, ya antes del terremoto pareció haberse resignado a un futuro signado por la declinación inevitable. De los países ricos, ha sido el más afectado por una caída estrepitosa de la tasa de natalidad combinada con el envejecimiento: está reduciéndose con rapidez alarmante la población activa. Asimismo, hace poco el Japón dejó de ser la “segunda economía del mundo”, lugar que ahora ocupa China; aunque el ingreso per cápita japonés sigue siendo muy superior al chino, el cambio así supuesto ha incidido en el estado de ánimo de la ciudadanía. Por lo demás, la deuda pública, de alrededor del 200% del producto bruto anual, es por un margen muy amplio la mayor de todos los países avanzados, de suerte que el gasto adicional que resultará necesario no podrá sino causar problemas financieros. Aunque la mayor parte de la deuda está en manos japonesas –sólo el 5% de los bonos pertenece a extranjeros–, al gobierno se le ha estado haciendo cada vez más difícil convencer a los ahorristas a financiar sus actividades debido a una tasa de interés muy baja.

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