“El kirchnerismo

Para Katz, al kirchnerismo no le interesa la política, sino el ejercicio terminante del poder. Un estilo que deslinda la autocrítica y, fundamentalmente, una fe religiosa en sus designios por parte de sus seguidores.

Por Redacción

entrevista: Alejandro Katz, editor y ensayista

carlos torrengo

carlostorrengo@hotmail.com

–Usted es editor pero, además, uno de los intelectuales argentinos que con significativo rigor desmenuzan la discursividad del kirchnerismo. Entonces, ¿por qué seduce –como sucede desde hace varios años en el campo académico– el kirchnerismo como materia de reflexión?

–No me parece aventurado señalar que el núcleo esencial de ese interés es que lleva una década en el poder y lo ejerce en términos muy decisivos. Ya no se trata de, como se caracterizó en sus muy primeros años de gestión, aquello que, viniendo desde donde venía el sistema político, implicaba reconocer desde la legitimidad que el kirchnerismo había recuperado la imagen presidencial.

–¿Hoy de qué se trata?

–De un ejercicio de poder al que no le interesa la verdad. Pero no la verdad sólo en sentido estricto a ajuste ético, de exigencia natural en tanto conduce un Estado de 40 millones de seres, sino incluso la verdad como colaboración, ayuda, instrumento y socia en la tarea de gobernar, de reproducir el propio poder. Al kirchnerismo sólo le interesa “su verdad”. No corre la vista de su derrotero ni mira las colectoras por las que cotidianamente transcurre la opinión de millones de personas, con sus pareceres y sus legítimas inquietudes.

–En su reciente debate por televisión con Horacio González…

–…a quien aprecio en lo personal y en lo intelectual y quien hace una gran tarea en la Biblioteca Nacional…

–Salvado todo eso, usted prácticamente orilló sentenciar que al gobierno no le interesan los muertos de la Estación Once. ¿No es una orilla algo extrema?

–¡No, no! Lo que usted define como orilla es una realidad tangible. Once ejemplifica acabadamente el desprecio que el kirchnerismo y su expresión de poder – el gobierno nacional– tienen por la verdad que emerge de realidades concretas, tangibles. Porque, además, no se trata de las muertes de ese día: se trata de las muertes cotidianas, de los calvarios diarios a que están sometidos millones de seres vía el uso del sistema ferroviario, cuyo funcionamiento por el sistema concesionario el gobierno heredó. Pero durante una década se desentendió de cómo se prestaba ese servicio. Y esta conducta no fue neutra, porque los subsidios fueron a parar a empresarios y funcionarios. Ahora, los muertos y las obligaciones a que esto obliga al gobierno.

–Pero no se ha autocriticado por sus responsabilidades en el hecho…

–No me refiero a eso. La autocrítica es ajena al gobierno, es una de las culturas en las que se sostiene. Me refiero a que, a modo de respuesta de la tragedia de Once, el gobierno y su planta, el kirchnerismo, acudieron prestos a cuidar lo que yo en un artículo en “La Nación” definí como el “gran vacío”, porque el gobierno habla de “proyecto”, de su “modelo” y caracterizaciones por el estilo para definir su ideario, pero nada de eso existe. Creo haber ejemplificado el “gran vacío” con una puerta giratoria: hace a todo, pasa todo, pero nada es… digamos, sustentable con la realidad. La cuestión es creer que el “proyecto” existe. Y baja ese relato. Por eso, ante Once, lo que importa al gobierno es actuar en dirección a salvaguardar el “proyecto”, tomar decisiones y cubrir en horas, si es posible, todo lo que no se hizo en una década. Desligarse de toda su historia en materia de transporte, como si Once hubiese sido una alteración en el camino de un proyecto concreto, adecuado a tiempos, necesidades, en materia de transporte.

–En política, bajar un relato y convencer requiere, para ser aceptado, de mucho. Jorge Semprún señaló, al abandonar el comunismo, que requiere de callarse y callarse. Hacia adentro del kirchnerismo uno encuentra mucho “callarse y callarse”. ¿Hay cierta religiosidad en la matriz desde la cual se acepta la línea sí o sí? Pasó con Yrigoyen…

–Hay dogma, claro. Y esto hace a religiosidad. Con sus ritos, liturgias, con la idea de lo propio como absoluto en el campo de las diferencias que es propio en lo humano. El kirchnerismo no es política, es religiosidad. No debate, no argumenta más allá de la fe en sus propias convicciones, coloca en el espacio de herético todo lo que se le cruza, lo critica… tiene, en tanto religiosidad, sus rituales, sus feligreses. Fíjese que no hay funcionario que a la hora de una declaración, de un discurso, no apele al consabido “como lo ha dicho la presidenta”. O sea, la verdad y nada más que la verdad revelada pasa por ella. Y esto implica una forma, un ejercicio del poder que no se asume desde la política. No le interesa la política. Y, claro, el kirchnerismo tiene sus ritos; por ejemplo, no olvidarse de la presidenta a la hora de hablar.

–O sea que usted está de acuerdo con una interpretación de lo que es el kirchnerismo: es muchas cosas menos un espacio al que le importe la política…

–Le importa el poder, el ejercicio del poder. No se siente obligado por la política. Desde esta perspectiva, es lo antipolítico. Ésta es la razón por la cual un kirchnerista cree y cree el relato que le bajan en términos irreductibles. Es creencia pura, fe, causa, no política. La política implica interrogarse, evaluar lo que se hace, reflexionar sobre lo hecho, argumentar, dudar, certidumbre. Ningún kirchnerista se preguntó algo sobre Once: le bajaron línea y aceptó incluso por sobre el dolor que Once generó. Se siente seguro, blindado en el relato que le bajaron.

–¿Qué vincula al relato, qué enlace establece?

–Hace a capturar a quien necesita una explicación. Entonces, el poder se la da. De ahí en más, no hay preguntas.

–Venezuela tiene un muy grave problema de inseguridad. Sin embargo, Chávez habló del tema sólo once veces en una década en el poder. ¿Qué lleva a que desde el mucho poder –Chávez, el kirchnerismo– en lo discursivo haya ausencia de temas concretos? La inflación aquí, por caso…

–La necesidad de no asumir verdades, realidades. Esa ausencia hace a una actitud defensiva. El kirchnerismo no se puede permitir aceptar que hay inflación y que preocupa. Si lo hiciese, cree que se “ablanda”. Reduce ejercicio de poder. No se puede permitir que eso suceda, sería una falla en los cimientos de su convencimientos. Nada de esto se explica si no nos aproximamos a la idea que el kirchnerismo tiene del espacio público: lo escucha, pero no está atento a lo que dice. En el debate con Horacio González al que aludió usted, yo le dije eso: el gobierno escucha y habla, pero no le interesa lo que se habla. Es, volviendo al comienzo de la entrevista, lo que tanto seduce al kirchnerismo como objeto de estudio.

–De cara a los tiempos por venir, ¿gravitará en el kirchnerismo la percepción del poder y de su ejercicio que tiene el kirchnerismo?

–Tengo la impresión de que ya está gravitando en el manejo de la sucesión. Es complejo seguir ejerciendo poder desde ese estilo, encontrar a alguien que ejerza el poder desde la “religiosidad” de la que hablamos. Por lo demás, como a lo largo de una década el kirchnerismo es suma y suma de un “proyecto” sin ideas, bueno… también ese paradigma entra en cuestión. Es muy complejo seguir gobernando sin acortar la distancia entre lo que se cree y lo que realmente dice la realidad… seguir mandando vía la descalificación de lo distinto, agrediendo a todo lo diferente, polarizando, tensionando. Es complejo.

–¿Y la sociedad dónde está?

–Viene del consumo, una cultura en la que ya se siente día a día más insegura.