El lenguaje informático y el náutico

Por Redacción

El lenguaje cibernético abreva en el náutico. De hecho «cibernética» proviene del griego «quibernes»: arte de gobernar una nave. Es el estudio de las analogías entre los sistemas de control y comunicación de los seres vivos y los de las máquinas y, en particular, el de las aplicaciones de los mecanismos de regulación biológica a la tecnología. Así lo alista el Diccionario de la Real Academia Española en su vigésimo segunda edición (2001).

Para navegar o ser marinos, o acaso ambos como el neoyorquino Herman Melville, hoy podemos prescindir del mar.

Como en infinidad de casos el hombre prefigura, la literatura inspira y la ciencia realiza. Viene el dictamen de Jules Verne, padre de la ficción científica: «Si un hombre se imagina una cosa, otro la tornará en realidad».

Ciberespacio fue palabra difundida por William Gibson en su novela «El neuromante» (confieso que el dato me fue revelado por el procesalista Chiappini).

Nació la web, anglicismo cuya acepción, nos dicen, es «red, malla» (¿quizá porque, velis nolis, todos quedamos atrapados?), y también la abreviatura de World Wide Web, servicio de internet que permite acceder a la información que ofrece esta red mundial de comunicaciones.

Pululan los hacker o «piratas informáticos», seres con grandes habilidades en el manejo de ordenadores, que utilizan sus conocimientos para acceder ilegalmente a sistemas o redes ajenos.

Las páginas o sitios web, un documento virtual situado en una red informática al que se accede mediante enlaces de hipertexto.

¿Y el blog? bueno, en realidad es un modo acelerado de escribir como todo lo que gobierna en esta era de velocidad, supresión y contracción webblog: sitio personal, actualizado con mucha frecuencia, donde alguien escribe a modo de diario y sobre temas que despiertan su interés (o desinterés) y quedan recopilados los comentarios que esos textos suscitan en sus lectores. La temática de cada webblog es singular, personal, pero existen también los periodísticos, empresariales, científicos, tecnológicos, etcétera.

Nuestro idioma, férreo a importar vocablos cuando puede valerse de los suyos, ha encontrado dos términos para desechar el mentado anglicismo. Regla que incumplió, a guisa de ejemplo, con leasing (arrendamiento con opción de compra del objeto arrendado), living (cuarto de estar), footing (paseo higiénico que se hace corriendo con velocidad moderada al aire libre), entre muchos otros.

Para webblog, la Real Academia Española sugiere usar «cuaderno de bitácora», al que más tarde define: «Marina: libro en que se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de la navegación».

Los capitanes de barcos llevan un diario de navegación en el que asientan los sucesos acaecidos en viaje y todas las novedades ocurridas a bordo, relativas al buque, tripulación, carga y pasajeros, y especialmente la situación, derrota y maniobras realizadas por la nave; las observaciones meteorológicas e hidrográficas efectuadas a bordo, y tantísimas otras (art. 86, ley 20.094). Ya se ve, pues, la insuficiencia castiza para nombrar a este «diario personal».

En derecho marítimo, avería gruesa es el daño o gasto causado deliberadamente en el buque o en el cargamento para salvarlo o preservar otras naves (pagadero por cuantos tienen interés en el salvamento que se ha procurado). La avería simple es la que no afecta a todos los interesados en el riesgo o salvamento. Puede pensarse en que la pureza de nuestro idioma claudica, como sucede con la avería, en favor de la eficacia de la comunicación de los hispanohablantes.

Pese a la indiferencia de alcanzar un, digamos, moderado conocimiento de nuestro idioma y del lenguaje, en los tiempos que corren también precisamos conocer algunas voces de otros lares que han venido para encallar en el español, o castellano si gusta al lector, y ese elemental dominio puede ser el mejor sextante con el que habremos de calibrar nuestro rumbo para no navegar a la deriva.

 

ALEJO V. STOPANSKY MALDONADO (*)

Especial para «Río Negro»

(*) Docente.


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