El mundo contraataca

Redacción

Por Redacción

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner nos ha advertido en diversas ocasiones que al “mundo” le molesta tanto el éxito de su modelo económico que se ha movilizado en su contra, razón por la que con cierta frecuencia “se nos cae encima”, de suerte que no le habrá sorprendido el fallo que acaba de difundir el Órgano de Apelaciones de la Organización Mundial de Comercio (OMC) según el cual el gobierno que encabeza debería eliminar las trabas a la importación que fueron impulsadas por el entonces secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno. Se trata de la culminación de un prolongado proceso jurídico y diplomático que se inició hace más de dos años cuando la Unión Europea, la que pronto se vería acompañada por Estados Unidos, el Japón y otros países desarrollados, protestó contra la toma de una serie de medidas, algunas estrafalarias, destinadas a obstaculizar la entrada de bienes de origen extranjero y, mientras tanto, obligar a empresas que dependían de insumos importados a exportar por el valor equivalente, con el resultado de que algunas automotrices ampliaron sus actividades para incluir la venta de granos, vinos y otros productos. Aunque el esquema así improvisado ha tenido un impacto decididamente negativo en la marcha de la economía, desmantelarlo de golpe entrañaría muchos riesgos, sobre todo para sectores vulnerables como el textil, cuyos voceros ya están exhortando al gobierno kirchnerista a mantenerse en sus trece. Por motivos políticos y por no querer brindar la impresión de ceder frente a presiones externas, es probable que procure hacerlo. Lo mismo que ante el fallo del juez neoyorquino Thomas Griesa que fue avalado, si bien indirectamente, por la Corte Suprema de Estados Unidos, los kirchneristas quieren que el sucesor de Cristina se encargue de la tarea nada sencilla que le supondría tratar de modificar la política económica para que se adecue a las normas internacionales. Es de prever, pues, que además de hablar pestes de la hipocresía de los poderes concentrados del mundo y de la hostilidad que les motiva el exitoso modelo nacional y popular, el gobierno nacional procure ganar tiempo aprovechando todas las oportunidades para prolongar las negociaciones con el propósito de demorar las sanciones hasta los meses finales de la gestión de Cristina cuando, se espera, la ciudadanía estará tan pendiente de las vicisitudes de la campaña electoral y la transición que no prestará demasiada atención a los detalles de la política comercial. De todos modos, los perjuicios que han sufrido las empresas europeas, norteamericanas y japonesas a causa del proteccionismo son de escasa importancia en comparación con los que ha ocasionado al país mismo. Al optar por un modelo aislacionista, el gobierno kirchnerista, como tantos otros anteriores, cometió un error estratégico al privilegiar los presuntos beneficios que celebrarían sectores determinados sin preocuparse por los inevitables costos a largo plazo. Si bien recaer una vez más en el proteccionismo suele asegurarle al gobierno responsable el apoyo entusiasta de muchos empresarios, sindicalistas y militantes nacionalistas, andando el tiempo sólo servirá para debilitar la economía, ya que significa subordinar una proporción cada vez mayor del conjunto a los intereses de las partes menos competitivas. El resultado es que el país se ve atrapado en un callejón sin ninguna salida evidente. Tienen razón los que insisten en que a la industria argentina le sería sumamente difícil sobrevivir a las previstas “invasiones” de productos foráneos, como los chinos, que le aguardan, pero la verdad es que la única alternativa a intentarlo sería resignarse a la pobreza y al atraso. Por ser cuestión de un desafío nada sencillo que afrontan todos los países –incluyendo China, ya que los salarios de los trabajadores han aumentado mucho en los años recientes, distanciándose de los que aún se pagan en países vecinos como Bangladesh y Birmania–, la OMC prevé mecanismos que servirían para facilitar la reconversión necesaria, pero también insiste en que todos acaten las mismas reglas, exigencia ésta que motiva la indignación de los kirchneristas que, como nos recordó el enfrentamiento con la Justicia norteamericana, se han acostumbrado a burlarse de las normas internacionales en virtualmente todos los ámbitos.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 18 de enero de 2015


La presidenta Cristina Fernández de Kirchner nos ha advertido en diversas ocasiones que al “mundo” le molesta tanto el éxito de su modelo económico que se ha movilizado en su contra, razón por la que con cierta frecuencia “se nos cae encima”, de suerte que no le habrá sorprendido el fallo que acaba de difundir el Órgano de Apelaciones de la Organización Mundial de Comercio (OMC) según el cual el gobierno que encabeza debería eliminar las trabas a la importación que fueron impulsadas por el entonces secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno. Se trata de la culminación de un prolongado proceso jurídico y diplomático que se inició hace más de dos años cuando la Unión Europea, la que pronto se vería acompañada por Estados Unidos, el Japón y otros países desarrollados, protestó contra la toma de una serie de medidas, algunas estrafalarias, destinadas a obstaculizar la entrada de bienes de origen extranjero y, mientras tanto, obligar a empresas que dependían de insumos importados a exportar por el valor equivalente, con el resultado de que algunas automotrices ampliaron sus actividades para incluir la venta de granos, vinos y otros productos. Aunque el esquema así improvisado ha tenido un impacto decididamente negativo en la marcha de la economía, desmantelarlo de golpe entrañaría muchos riesgos, sobre todo para sectores vulnerables como el textil, cuyos voceros ya están exhortando al gobierno kirchnerista a mantenerse en sus trece. Por motivos políticos y por no querer brindar la impresión de ceder frente a presiones externas, es probable que procure hacerlo. Lo mismo que ante el fallo del juez neoyorquino Thomas Griesa que fue avalado, si bien indirectamente, por la Corte Suprema de Estados Unidos, los kirchneristas quieren que el sucesor de Cristina se encargue de la tarea nada sencilla que le supondría tratar de modificar la política económica para que se adecue a las normas internacionales. Es de prever, pues, que además de hablar pestes de la hipocresía de los poderes concentrados del mundo y de la hostilidad que les motiva el exitoso modelo nacional y popular, el gobierno nacional procure ganar tiempo aprovechando todas las oportunidades para prolongar las negociaciones con el propósito de demorar las sanciones hasta los meses finales de la gestión de Cristina cuando, se espera, la ciudadanía estará tan pendiente de las vicisitudes de la campaña electoral y la transición que no prestará demasiada atención a los detalles de la política comercial. De todos modos, los perjuicios que han sufrido las empresas europeas, norteamericanas y japonesas a causa del proteccionismo son de escasa importancia en comparación con los que ha ocasionado al país mismo. Al optar por un modelo aislacionista, el gobierno kirchnerista, como tantos otros anteriores, cometió un error estratégico al privilegiar los presuntos beneficios que celebrarían sectores determinados sin preocuparse por los inevitables costos a largo plazo. Si bien recaer una vez más en el proteccionismo suele asegurarle al gobierno responsable el apoyo entusiasta de muchos empresarios, sindicalistas y militantes nacionalistas, andando el tiempo sólo servirá para debilitar la economía, ya que significa subordinar una proporción cada vez mayor del conjunto a los intereses de las partes menos competitivas. El resultado es que el país se ve atrapado en un callejón sin ninguna salida evidente. Tienen razón los que insisten en que a la industria argentina le sería sumamente difícil sobrevivir a las previstas “invasiones” de productos foráneos, como los chinos, que le aguardan, pero la verdad es que la única alternativa a intentarlo sería resignarse a la pobreza y al atraso. Por ser cuestión de un desafío nada sencillo que afrontan todos los países –incluyendo China, ya que los salarios de los trabajadores han aumentado mucho en los años recientes, distanciándose de los que aún se pagan en países vecinos como Bangladesh y Birmania–, la OMC prevé mecanismos que servirían para facilitar la reconversión necesaria, pero también insiste en que todos acaten las mismas reglas, exigencia ésta que motiva la indignación de los kirchneristas que, como nos recordó el enfrentamiento con la Justicia norteamericana, se han acostumbrado a burlarse de las normas internacionales en virtualmente todos los ámbitos.

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