El mundo está enojado






La negativa percepción del sistema político abre la puerta a outsiders que critican a los partidos tradicionales. No proponen nada positivo sino acabar con “la casta” y ganan apoyo popular. Un salto al vacío.


Aunque no lo veamos (y quizá nos llevé un par de años asimilarlo) estamos saliendo de la pandemia en términos estrictamente sanitarios. Pero la pandemia se nos ha metido en la cabeza y posiblemente pasará mucho tiempo antes de que sanemos. Si es que sanamos. Todas las encuestas serias que se están haciendo en distintos países del planeta (incluso las globales, que comparan unos países con otros) nos muestran que estamos muy negativos y que esa mentalidad nos lleva a adoptar las peores posiciones políticas. Estamos mal y optamos por lo peor. En todo el mundo. No es un tema argentino: es planetario.

La inmensa mayoría de los ciudadanos de los 25 países encuestados por Ipsos (la más extensa y abarcadora encuesta en el mundo) expresan sentimientos negativos cuando piensan en su país.

La mayoría de las personas consultadas en esta encuesta global desconfía del sistema democrático y no cree valiosa la arquitectura institucional de su país. La encuesta consultó a más de 19.000 adultos que expresan que el sistema político y económico de todos estos países (de EEUU a Corea del Sur, pasando por Sudáfrica o Brasil) está quebrado.

Las personas de los distintos países dicen lo mismo: vivimos en un sistema roto. Esta percepción masiva está a menudo acompañada de sentimientos populistas y de odio a la élite (lo que en la Argentina el candidato libertario Milei llama “la casta”). A ese odio contra “la casta” se le suma xenofobia (la creencia que los extranjeros son indeseables y posibles delincuentes, o que les roban el trabajo a los nativos). Esto es masivo: se ve el mismo panorama en Canadá y en Malasia, en México y en Turquía.

Casi 6 de cada 10 dicen que la sociedad de su país está rota y que su país está en declive: pasa en España y en Perú, en Alemania y en Colombia. No es algo local. Para comprender la relevancia de este espíritu negativo en lo social y político, Ipsos diseñó el índice “El sistema está roto”, basado en el nivel de acuerdo con 5 afirmaciones: 1. “La economía está amañada para favorecer a los ricos y poderosos” (un promedio de 71% está de acuerdo en los 25 países encuestados); 2. “A los partidos y políticos tradicionales no les importa la gente ‘como yo’” (68% está de acuerdo); 3. “Los expertos locales no comprenden la vida de personas ‘como yo’” (65%); 4. “Se necesita un líder fuerte para recuperar el país de los ricos y poderosos” (64%), y 5. “Para arreglar al país necesitamos un líder fuerte dispuesto a romper las reglas” (44%).

Percepciones negativas

Los cuatro países con los niveles más altos de percepción negativa del sistema político actual se encuentran todos en América Latina: Colombia, Perú, Brasil y Chile. La Argentina está a un paso de ellos. Respecto de su futuro, los argentinos están entre los más pesimistas del mundo, junto a los ciudadanos de Chile, Sudáfrica y Brasil.

Esto abre la puerta en todas partes para la aparición de outsiders de la política que se dedican a criticar a los partidos tradicionales. No proponen nada positivo sino acabar con “la casta” o “los de siempre”. Y eso les gana apoyo popular. Un salto al vacío.

Chile está resolviendo la grieta de un sistema roto con un recambio generacional. En las primarias presidenciales fueron electos dos candidatos menores de 45 años: Gabriel Boric (35) y Sebastián Sichel (44). Es decir, los candidatos a la presidencia de Chile aún no habían nacido cuando se produjo el golpe de Estado de Augusto Pinochet en 1973.

Los constituyentes también tienen una edad promedio de 44 años. Y la mayoría son de izquierda, un grupo ideológico que fue minoritario en Chile desde hace casi 50 años. Hay un cambio radical en la política chilena que hace imprevisible el futuro del país.

La OCDE, el FMI y el Banco Mundial coinciden en que el actual espíritu crítico de las mayorías contra las elites en todo el mundo es de tal magnitud que está dificultando incluso la recuperación económica pospandemia. En América Latina la pandemia hizo que casi 5 millones de personas de clase media cayeran en la pobreza.

Los países más afectados por este fenómeno -que se ha dado en todas partes- fueron Panamá y Chile (con descensos catastróficos), seguidos de la Argentina y República Dominicana.

El drama del pesimismo de las mayorías con la democracia es que esto hace más posible la aparición de líderes carismáticos que ofrecen falsas soluciones, pero que resultan creíbles para sectores desesperados.

El auge de outsiders que prometen acaban con los políticos tradicionales va en aumento. En todos los países. El riesgo de que las mayorías apoyen la destrucción de las democracias cada día se torna más probable.


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