El odio más antiguo
El antisemitismo se hizo presente en el mundo bien antes del comienzo de la era cristiana. Desde su aparición, nunca se ha extinguido por completo, aunque no siempre ha adquirido la intensidad genocida que, el siglo pasado, hizo posible el Holocausto perpetrado por los nazis y que, en la actualidad, lo caracteriza en algunos países musulmanes. Es por lo tanto comprensible que hayan motivado malestar los resultados de una encuesta que fue realizada, a pedido de la DAIA, por el Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, según los cuales una proporción importante de los argentinos prefiere mantenerse alejada de los judíos. Parecería que un 30% se negaría a vivir en un barrio mayormente judío, el 45% no se casaría con uno y el 53% supone que son más leales a Israel que a la Argentina. Aunque no existen razones para temer que puedan producirse aquí estallidos de violencia sanguinaria contra los judíos, como los que a través de los años se han dado en Europa y el Medio Oriente, el que tantos sigan aferrándose a prejuicios primitivos es muy preocupante. La Argentina no es el único país en que el antisemitismo está cobrando fuerza nuevamente. En Europa, la presencia de grandes colectividades musulmanas ha creado un clima que a juicio de muchos es equiparable con el del período anterior a la Segunda Guerra Mundial. Pero no se trata sólo de la hostilidad manifiesta hacia los judíos de los militantes islamistas, sino también de la de europeos que se consideran progresistas que atribuyen sus sentimientos a la solidaridad con los árabes palestinos. Parecería que de todos los muchos conflictos en el mundo, el único que los apasiona es el israelí-palestino, sin duda porque les brinda un pretexto a su entender respetable para caer en la milenaria tentación antisemita. Huelga decir que en nuestro país agrupaciones violentas, de rasgos inconfundiblemente fascistas como Quebracho, los han emulado. Si bien cierto grado de prejuicio contra quienes son en alguno que otro modo distintos es normal –en nuestro país, las víctimas principales de este sentimiento al parecer inherente a la condición humana son los bolivianos, paraguayos y coreanos, aunque a veces pueden oírse alusiones despectivas a la influencia supuestamente negativa de los italianos y españoles–, no cabe duda de que el antisemitismo ocupa un lugar muy especial en la triste historia de las fobias de los integrantes de nuestra especie. Su intensidad en un momento determinado nos dice mucho sobre el estado de la sociedad afectada. Es así porque en todas partes los judíos han conformado una minoría sumamente creativa cuyos aportes al bienestar y al vigor cultural del conjunto han sido realmente extraordinarios: entre otras cosas han ganado el 29% de todos los premios Nobel. Los prejuicios en su contra siempre se han alimentado de sus éxitos personales y colectivos que, lejos de estimular el deseo de aprender de una tradición cultural que ha subrayado la importancia del esfuerzo y el respeto por los logros intelectuales, en demasiadas ocasiones han motivado envidia. Es legítimo, pues, tomar el antisemitismo como una enfermedad propia de sociedades desmoralizadas en las que muchos propenden a imputar los fracasos a minorías que les sirven de chivos expiatorios. En países en que la mayoría está segura de sí misma y confía en el destino común, el antisemitismo raramente se hace notar, pero en aquellos en que los problemas parecen insuperables y abundan los que se sienten frustrados, suele difundirse con rapidez desconcertante, con consecuencias nefastas tanto para las víctimas directas del rencor generalizado como para el resto de la sociedad. Los brotes de antisemitismo que esporádicamente surgen no nos dicen nada sobre los judíos –los estereotipos, las acusaciones y las fantasías conspirativas que engendran apenas han cambiado en más de dos mil años–, pero sí ayudan a aclarar lo que está ocurriendo en las sociedades en las que se producen. Puede que los prejuicios xenófobos registrados en el informe del Instituto de Investigaciones Gino Germani se hayan debido mayormente a la ignorancia y que pocos de los consultados hayan soñado con cometer actos antisemitas, pero así y todo es alarmante que, para tantas personas, el judío siga siendo “el otro” por antonomasia.
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