El otro “Varguitas”
Hay un Mario Vargas Llosa poco leído. No es el de las novelas. Tampoco el de las obras teatrales que de tanto en tanto despega algo “para el tablao”. El Vargas Llosa no leído hace a otro tipo de producción. Es un Vargas Llosa que en general queda circunscripto al mundo académico, a los especialistas en literatura. Es –por caso– el que reflexiona sobre escritores –en “La verdad y las mentiras”, por caso– o “Historia de un deicidio”, donde en 600 páginas hace más de 35 años desmenuza la obra de Gabriel García Márquez, un libro que editado por Seix Barral por razones que jamás explica, el peruano no quiere reproducir. Y está “La tentación de lo imposible”, donde analiza a uno de sus escritores preferidos: Víctor Hugo. Pero centra su análisis en “Los miserables”, una investigación que con tanta calidad pedagógica, que de hecho se torna un inmenso aporte sobre cómo leer una novela. Reflexiona Vargas Llosa: • El narrador de una novela no es nunca el autor, porque éste es un hombre libre y aquél se mueve dentro de las reglas y límites que éste le fija. El autor pude elegir, con soberanía envidiable, la naturaleza de las reglas: el narrador sólo puede moverse dentro de ellas y su existencia, su ser, son estas reglas hechas lenguaje. • La realidad del autor es el infinito dominio de la experiencia humana, de los sentidos, los sueños, el conocimiento, las pasiones. La del narrador se halla delimitada por las dos únicas herramientas de las que dispone para dar apariencia de realidad a la ficción: las palabras y el orden de lo narrado. • Cada novelista inventa un narrador, dotándolo de una naturaleza particular, de facultades y limitaciones precisas, en función de lo que quiere contar. Esta operación –inventar a alguien que narre lo que uno quiere narrar– es la más importante que realiza el novelista y, sin embargo, hasta hace relativamente poco tiempo los novelistas ni siquiera lo sabían y, como el Víctor Hugo que escribió “Los Miserables”, la llevaban a cabo de manera intuitiva o mecánica”. (Vargas Llosa en “La tentación de lo imposible”, Buenos Aires, 2008, págs. 34 /35)
Hay un Mario Vargas Llosa poco leído. No es el de las novelas. Tampoco el de las obras teatrales que de tanto en tanto despega algo “para el tablao”. El Vargas Llosa no leído hace a otro tipo de producción. Es un Vargas Llosa que en general queda circunscripto al mundo académico, a los especialistas en literatura. Es –por caso– el que reflexiona sobre escritores –en “La verdad y las mentiras”, por caso– o “Historia de un deicidio”, donde en 600 páginas hace más de 35 años desmenuza la obra de Gabriel García Márquez, un libro que editado por Seix Barral por razones que jamás explica, el peruano no quiere reproducir. Y está “La tentación de lo imposible”, donde analiza a uno de sus escritores preferidos: Víctor Hugo. Pero centra su análisis en “Los miserables”, una investigación que con tanta calidad pedagógica, que de hecho se torna un inmenso aporte sobre cómo leer una novela. Reflexiona Vargas Llosa: • El narrador de una novela no es nunca el autor, porque éste es un hombre libre y aquél se mueve dentro de las reglas y límites que éste le fija. El autor pude elegir, con soberanía envidiable, la naturaleza de las reglas: el narrador sólo puede moverse dentro de ellas y su existencia, su ser, son estas reglas hechas lenguaje. • La realidad del autor es el infinito dominio de la experiencia humana, de los sentidos, los sueños, el conocimiento, las pasiones. La del narrador se halla delimitada por las dos únicas herramientas de las que dispone para dar apariencia de realidad a la ficción: las palabras y el orden de lo narrado. • Cada novelista inventa un narrador, dotándolo de una naturaleza particular, de facultades y limitaciones precisas, en función de lo que quiere contar. Esta operación –inventar a alguien que narre lo que uno quiere narrar– es la más importante que realiza el novelista y, sin embargo, hasta hace relativamente poco tiempo los novelistas ni siquiera lo sabían y, como el Víctor Hugo que escribió “Los Miserables”, la llevaban a cabo de manera intuitiva o mecánica”. (Vargas Llosa en “La tentación de lo imposible”, Buenos Aires, 2008, págs. 34 /35)
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