El Papa Francisco, el crecimiento y la distribución

El Sumo Pontífice le marcó la agenda a los empresarios y un informe de Naciones Unidas pone a la vista en datos las dificultades de América Latina para el desarrollo

Desigualdad. Un flagelo que no sacude solo a la Argentina, sino que se padece en todo el continente.

“La construcción de una comunidad justa, económicamente y socialmente para todos, la tienen que hacer todos: sindicalistas y empresarios, trabajadores y dirigentes. Tenemos que ir por el camino de la economía social”. Las palabras del Papa Francisco esta semana en la apertura del XXIV Encuentro Anual de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), cuyo lema fue “Hacia un capitalismo más humano”, no hacen más que poner a la vista un diagnóstico conocido: el capitalismo ha logrado configurar dos siglos de crecimiento global, pero al mismo tiempo ha generado una matriz socioeconómica de profunda desigualdad. “La inversión es dar vida, es crear, es creativa. Saber invertir, no esconder. Uno esconde cuando no tiene la conciencia limpia o cuando está rabioso” reclamó a los empresarios el Sumo Pontífice en referencia a quienes tienen su riqueza en paraísos fiscales, y cerró pidiendo volver a poner la economía real por sobre las finanzas: “Volver a la economía de lo concreto, no perder lo concreto. Y lo concreto es la producción, el trabajo de todos, que no haya falta de trabajo, las familias, la patria, la sociedad. Lo concreto”.

Fuerte. El Papa solicitó a los empresarios que inviertan en la economía real y productiva.


Una de las premisas fundacionales de la teoría económica clásica reza que los individuos persiguen so propio beneficio y bienestar, y que en ese camino de sacrificio individual, contribuyen inconscientemente a la construcción del bien común. En otras palabras, si cada individuo logra crecer y superarse, el conjunto de la sociedad logra crecer y superarse.
La premisa deja atado el progreso al esfuerzo individual de los ciudadanos libres y su capacidad de tomar decisiones racionales en materia económica. Sin embargo, no toma en cuenta las barreras que el propio sistema pone a las personas en el camino del esfuerzo individual. Un mismo nivel de sacrificio individual puede dar resultados muy diferentes si las condiciones de partida son distintas (y desiguales). Por otra parte, el individuo que en base a su “esfuerzo” logra una posición de poder, probablemente procure (y logre), torcer la asignación de recursos para su propio beneficio, aunque aquello signifique hacerlo a costa del beneficio del conjunto.
La premisa de los clásicos nunca contempló el hecho de que el espíritu humano es insaciable, y siempre necesita acumular un poco más.
Un estudio recientemente publicado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), titulado “Atrapados: alta desigualdad y bajo crecimiento en América Latina y el Caribe”, aborda el punto en las economías de nuestro continente. El extenso documento se aproxima a la problemática desde las múltiples dimensiones que abarca la desigualdad: económica, social, de acceso a la vivienda, a la información, de género. No obstante hace especial hincapié en las razones que explican los bajos índices de crecimiento en las últimas dos décadas, y en el crecimiento de la desigualdad, así como en los mecanismos necesarios para lograr una distribución más igualitaria.
En relación al crecimiento, el informe indica que el precio internacional de las comodities es uno de los principales factores que explica el escaso dinamismo de las economías americanas. Resalta además que durante las últimas dos décadas se registra una fuerte caída de la productividad en la mayoría de los países del continente. Un dato saliente, es que en los últimos 57 años, Argentina es el país de Latinoamérica y el Caribe que registra una mayor cantidad de años con crecimiento negativo del PBI (21).

Argentina sigue siendo el país de América Latina con un mayor grado de desarrollo humano y al mismo tiempo con un índice de Gini menor.


Lo más sustancioso del informe de Naciones Unidas no obstante, radica en lo referido a la desigualdad. El relevamiento da cuenta de la fuerte reducción de la desigualdad registrado entre 2002 y 2012, y del estancamiento que se observa entre 2012 y 2020. En el primer lapso, el coeficiente de Gini pasó de 0,528 a 0,47 mientras que en el segundo pasó de 0,47 a 0,463.
Pero más allá de la medición referida a la distribución del ingreso, el estudio resalta la relación que existe entre distribución y desarrollo humano. El Índice de Desarrollo Humano (IDH) es un indicador que también releva el PNUD, y considera el grado de avance en dimensiones como la esperanza de vida, el acceso a la educación, la salud, la vivienda y la reducción en las brechas de género. Se destaca el hecho de que los países latinoamericanos tienen un coeficiente de Gini más alto (mayor desigualdad) que el de otros países del mundo con un nivel de desarrollo humano similar. El punto se aprecia en el primer gráfico adjunto, donde los puntos que refieren a los países americanos se ubican por encima de la línea de regresión entre desigualdad (Gini) y desarrollo (IDH). En este sentido, resalta el hecho de que Argentina es el país de América Latina con un mayor grado de desarrollo humano y al mismo tiempo con un índice de Gini menor. En otras palabras, Argentina no solo es el país con menor desigualdad, sino el de mayor avance en la calidad de vida.


El informe hace hincapié en el hecho de que por diferentes aspectos, la desigualdad ha profundizado el impacto de la pandemia. Uno de ellos es el hacinamiento. Las medidas de restricción que requieren no salir del hogar, son de cumplimiento imposible para millones de personas que viven en condiciones de hacinamiento y en viviendas precarias en todo el continente. De la misma forma, el paso obligado de la educación presencial al ámbito virtual, exacerba las desigualdades entre los alumnos que tienen acceso a dispositivos, tecnología y espacios domésticos de estudio, y los que carecen de ellos.
El informe aborda también los mecanismos que generan la desigualdad, y la forma en que las políticas públicas pueden contribuir directa o indirectamente a reducirla. Resalta el poder que tienen las elites para desactivar los mecanismos de redistribución mediante la influencia sobre los resortes del poder en sus distintos estamentos. El esquema adjunto describe esa dinámica de connivencia. “Esta influencia es posible, en parte, por cuenta de contextos democráticos débiles, que tienden a aumentar el poder relativo de los grupos de interés organizados frente al Estado” explica textualmente. “Como resultado de estructuras de representación desiguales, las élites empresariales organizadas a través de asociaciones empresariales con acceso a las principales responsables de la toma de decisiones adquieren una voz fuerte, mientras que los votantes no organizados pueden perderla, lo que da lugar a agendas políticas que difieren considerablemente de las encomendadas por el electorado. Estas élites han logrado centrar el debate de la política tributaria en torno a la estabilidad macroeconómica como prioridad”, agrega el documento de PNUD.


La presión impositiva sobre la riqueza es especialmente importante, porque es el mecanismo que tienen los estados para canalizar los recursos hacia los sectores más postergados. El estudio revela que la dificultad para transformar la recaudación tributaria en redistribución, es uno de los principales escollos que enfrentan los países latinoamericanos.
Mientras que los países desarrollados logran convertir la presión fiscal en reducción de la desigualdad, los países americanos no logran aceitar ese mecanismo. “Después de impuestos y transferencias, la desigualdad cae en 29 puntos porcentuales en los Estados Unidos y en 54 puntos (en promedio) en Europa, pero mucho menos en América Latina: 2 puntos en Colombia, Guatemala, Paraguay y República Dominicana; 4 puntos en Costa Rica y El Salvador; en el extremo superior, 8 puntos en Uruguay y 17 puntos en Argentina”, explica. Con todo, Argentina es el país del continente en donde la recaudación logra reconvertirse más efectivamente en redistribución.
En efecto, el estudio muestra la incidencia de los impuestos sobre la renta, los beneficios y el capital, en relación al PBI (ver gráfico). Llamativamente, el promedio de los países del continente grava en un 2,2% del PBI la renta personal, mientras que en los países de la OCDE el promedio es del 8,1%, y en EEUU del 10,1%. De la misma forma, los países americanos gravan en promedio en un 3,4% del PBI las rentas empresarias, mientras que los países de la OCDE lo hacen en promedio un 3,1%.


Paradójicamente y pese a la insistencia que la cátedra económica ortodoxa y ciertos medios de comunicación ejercen en relación a la excesiva carga impositiva que existe en Argentina, el informe de Naciones Unidas muestra que nuestro país es de los que menos carga tributaria directa ejerce sobre la renta y los beneficios. La misma llega al 2,8% del PBI sobre las empresas y 2% sobre las personas en Argentina, mientras que en Brasil es del 2,9% y 3% respectivamente, en Uruguay del 2,9% y 4,3%, en México del 3,3% y 3,4% y en Chile del 4,8% y 1,5%.
Los datos parecen sugerir que existe un amplio margen en el continente para la aplicación de una estructura tributaria mucho más progresiva, que grave más a los sectores con mayor capacidad contributiva mediante impuestos directos sobre la renta personal y empresaria, reduciendo la incidencia de los impuestos regresivos como el Impuesto al Valor Agregado (IVA).
Nadie a esta altura de la historia imagina una salida colectiva del esquema capitalista global. No obstante, la evidencia muestra que tal como reclama Francisco, un capitalismo más humano e igualitario es posible, y que solo el estado cuenta con los mecanismos necesarios para provocar compulsivamente ese camino.

Datos

2,2%
La presión impositiva sobre la renta y los beneficios de las personas como porcentaje del PBI en América Latina.
0.463
El coeficiente de Gini promedio en América Latina. En Argentina es de 0,445.

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