El papel del líder

Una de las funciones del gobierno es levantar el ánimo colectivo.



Luego de once meses de gobierno aliancista, la mayoría concuerda en que sus muchos problemas se deben en gran medida a la falta de “carisma” del presidente Fernando de la Rúa. Los más aceptan que es inteligente, aplicado y honesto, pero no lo consideran un líder auténtico porque no parece capaz de actuar con la rapidez y decisión que en tiempos de crisis manifestaba su antecesor, Carlos Menem, hombre que, para sorpresa de nadie, ya se ha puesto a criticar a De la Rúa por carecer de las cualidades así supuestas. Sin embargo, los defensores de De la Rúa pueden señalar que las circunstancias son distintas, que la Alianza no se asemeja del todo al PJ, un movimiento tradicionalmente caudillista, para no decir verticalista, cuyos integrantes se conformaban con apoyar al jefe mientras éste conservó su capacidad para recaudar votos, y que, de todos modos, al presidente no le ha quedado otra alternativa que la de negociar continuamente con los diversos representantes de la oposición.

Aunque tales planteos tienen validez, sería difícil negar que a juicio de buena parte de la población el desempeño de De la Rúa ha resultado ser decepcionante no sólo a causa de su lentitud notoria, propia de un perfeccionista, sino también a que le falta una visión abarcadora, un “proyecto”, que le permitiría convencer al país de que está marchando hacia un destino digno. Menem pudo hacerlo: si bien sus afirmaciones en torno a los esplendores por venir a menudo parecieron absurdamente exageradas y su voluntad de acercarse a los Estados Unidos cueste lo que costare no agradó a muchos, por lo menos consiguió brindar la impresión de tener una idea bastante clara de lo que hacía. En cambio, las metas de De la Rúa parecen muy poco ambiciosas. Hasta ahora por lo menos, su actitud ha sido meramente defensiva, como si diera por descontado que su deber consistía sólo en demorar el colapso. Al iniciar su gestión, pintó una cuadro tan terrorífico de la “herencia” que fue natural que la ciudadanía reaccionara reduciendo sus gastos y que los empresarios archivaran sus planes de inversión, lo cual, combinado con el impuestazo, resultó más que suficiente para prolongar una recesión que ya había durado demasiado tiempo.

No se equivoca por completo De la Rúa cuando dice que por razones psicológicas misteriosas la mayoría parece preferir el pesimismo al optimismo. Pero de ser así, una de las funciones del gobierno de turno habrá de consistir en tratar de levantar el ánimo colectivo fomentando ilusiones que acaso sean excesivas pero que no por eso tildables de fantasiosas, tarea que el gobierno no ha manifestado demasiado interés en emprender, sin duda porque tanto la UCR como el Frepaso son en el fondo movimientos netamente contestatarios, dominados por personas acostumbradas a protestar ruidosamente contra las lacras del mundo moderno. Tal actitud sería muy apropiada para dirigentes religiosos e intelectuales “críticos”, pero no lo es para miembros de los partidos gobernantes, los cuales, aunque sólo sea por motivos políticos, tienen forzosamente que estar convencidos de que gracias a sus esfuerzos el país se dirige hacia una nueva época de oro.

La transición más exitosa de los tiempos últimos ha sido la concretada por España. Al recordarse el aniversario número 25 de la muerte del dictador Francisco Franco, se ha hablado mucho del rol desempeñado por el rey Juan Carlos, de la sensatez de los políticos que apostaron a la democracia, de la amnistía que disfrutaron los esbirros del régimen y de la ayuda invalorable que fue suministrada por otros países de Europa occidental. De importancia aún mayor que tales factores, empero, ha sido el estado de ánimo de los dirigentes españoles y por lo tanto del grueso de la población. Aunque durante muchos año la tasa de desocupación superó el veinte por ciento, a partir de 1976 los españoles han prestado más atención a los logros que a los muchos desastres. Por supuesto, la “insensibilidad” hacia a las “víctimas del capitalismo salvaje” así reflejada ha indignado sobremanera a una minoría, pero por lo menos ha servido para permitir que la sociedad en su conjunto continuara avanzando hasta que, por fin, ha resultado posible tomar algunas medidas concretas destinadas a mejorar un tanto las perspectivas de los rezagados.


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