El poder de la imaginación
Las ideas valen cada vez más que las cosas. Acaba de confirmarlo, por si aún fuera necesario, el mercado. Para esta especie de cerebro colectivo o supercomputadora que procesa incansablemente una cantidad apenas concebible de datos, las cuatro empresas más valiosas del planeta son las estadounidenses Google, Apple, Microsoft y Facebook que, a diferencia de las petroleras como Exxon que por algunos años ocuparon los lugares de privilegio en el podio económico o las automotrices, lideradas por General Motors, que las habían precedido, deben su existencia a la inventiva de jóvenes que, por decirlo de algún modo, estaban más interesados en lo virtual que en la explotación de lo ya existente. Aunque Apple y, en menor medida, Microsoft producen artefactos que uno puede tocar e incluso romper, su capital no es material, mientras que Google y Facebook se sienten a sus anchas en el ciberespacio, la región etérea que han colonizado. De abandonarlas, los creativos que las hicieron crecer hasta adquirir dimensiones gigantescas llevarían consigo todo salvo algunas oficinas vacías y equipos que podrían venderse por montos irrisorios en comparación con el valor de mercado de las empresas actuales. En principio, puede considerarse muy positivo el cambio reflejado por el ascenso rapidísimo de empresas que se nutren casi exclusivamente de ideas. ¿No es bueno que la inteligencia y la imaginación estén derrotando de tal manera lo meramente material, que sea más rentable para un país producir un puñado de creadores que un sinnúmero de barriles de petróleo o toneladas de soja? Tal vez lo sea desde el punto de vista de un pensador moralista, pero los desafíos que plantea son enormes. Ya antes de hacerse sentir la revolución tecnológica que se inició algunas décadas atrás en California, motivaba mucha preocupación la brecha que separaba los países desarrollados de los demás. Por un rato pareció que el boom de los commodities les brindaría a los rezagados una oportunidad para reducirla pero, como sabemos, muy pocos lograron aprovecharla. Por razones políticas, los gobiernos prefirieron anteponer programas sociales que les resultarían electoralmente ventajosos a los intereses estratégicos, a mediano o largo plazo, de sus países respectivos. Los profetas de lo que llaman “la cuarta revolución industrial” nos dicen que en adelante la informática, la robótica, “la interconectividad de los objetos cotidianos” y así por el estilo se encargarán de una proporción creciente de la producción mundial de bienes de consumo. En otras palabras, prevén que aumente vertiginosamente la importancia relativa de la inteligencia aplicada en desmedro de la de los recursos materiales. Pero la inteligencia es portátil: los jóvenes talentosos de países pobres no tendrán dificultades para trasladarse a América del Norte o Europa. Ya los están buscando los cazadores de cabezas empresariales, tentándolos con promesas que la mayoría encuentra irresistibles. Apropiarse de materias primas ajenas no es fácil, sobre todo en tiempos como los nuestros en que hasta los más poderosos entienden que el imperialismo suele ser contraproducente; en cambio, sí lo es privar a países atrasados de lo que, al fin y al cabo, es su recurso más importante, el “humano”. Y, para colmo, los más perjudicados serán precisamente aquellos países que opten por invertir mucho dinero en la educación de los jóvenes; a menos que consigan retener a los estudiantes más brillantes, ayudarán a las empresas del mundo avanzado a consolidar su supremacía. Si bien los optimistas insisten en que andando el tiempo todos compartirán los beneficios del progreso tecnológico, muchos tendrán que esperar largos años antes de recibir su parte, si es que un día les toca disfrutarla. Lo muestra la evolución social y laboral de los países que, a pesar de sus vicisitudes recientes, siguen liderando la carrera económica internacional. Mientras que en Estados Unidos, Europa, Japón y otros países avanzados algunos pocos protagonistas de la revolución tecnológica se han convertido en magnates riquísimos al ocurrírseles ideas geniales que se las arreglarían para comercializar, millones de personas de clase media han visto marchitar sus ingresos. No han podido adaptarse enseguida a circunstancias que nadie había previsto pero que parecen naturales a las nuevas generaciones. Por razones parecidas, aquellos países que no logren acompañar los cambios que están en marcha perderán terreno en comparación con otros. No los ayudará en absoluto protestar contra lo injusta que es la desigualdad resultante, imputándola, como ya es rutinario, al salvajismo capitalista o al apego de los gobernantes del resto del mundo a doctrinas neoliberales despreciables. Tal y como están las cosas, negarse a competir, porque es de eso que se trata, significaría resignarse a la pobreza. Por suerte, los creativos suelen aspirar a algo más que oportunidades para ganar mucha plata. Con tal que las diferencias no sean siderales, los hay que privilegian la calidad de vida por encima de los ingresos que podrían percibir si se mudaran a una ciudad que les es desconocida. Para frenar y, en cuanto sea factible, revertir una fuga de cerebros que a la larga resultaría sumamente costosa, pues, el gobierno actual y sus sucesores tendrían que asegurar que la Argentina sea un país atractivo no sólo para sus propios habitantes sino también para otros que quieran vivir en un lugar que sea a un tiempo tranquilo y estimulante. Puesto que en Europa están multiplicándose los conflictos sociales, no sorprendería demasiado que pronto se reanudaran las corrientes inmigratorias que la Argentina recibió en la primera mitad del siglo pasado. Por ser tan inciertas las perspectivas enfrentadas por los italianos, españoles y otros, de difundirse la sensación de que por fin el país está por levantar cabeza nuevamente, muchos podrían considerarlo una alternativa más que aceptable. Para que el futuro sea mejor que la actualidad o el pasado será necesario captar no sólo inversiones cuantiosas sino también talentos que, como nos han recordado las hazañas de las empresas tecnológicas, pueden aportar muchísimo más.
Opiniones
James Neilson
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