Sociedad

El primer chacarero, Don Pedro Millán

A los 96 años, este trabajador de la Colonia Juliá y Echarren de Río Colorado recuerda sus años trabajando la tierra. Fue testigo y protagonista de la transformación del monte en chacras.

Pedro Millán tiene 96 años y es uno de los pioneros de Río Colorado. Vio nacer la colonia frutícola Juliá y Echarren, que se desarrolló luego de 1920, cuando un decreto autorizó a una sociedad anónima privada a construir los canales de riego. Pisando el siglo de vida mantiene la memoria clara y recuerda cómo, a pala y sacrificio, transformaron en chacra ese monte desértico .


Vio crecer las primeras hectáreas de alfalfa y las primeras plantaciones de viñas, manzanas y peras, que indujeron una épocas de esplendor. Vivió la tristeza de ver que sus esfuerzos se perdían en una helada sin tregua o que una fuerte tormenta de granizo se llevaba toda la producción. Ahora es testigo de la dura realidad que atraviesan las chacras.


Pero Pedro siempre fue un hombre emprendedor, con objetivos claros y buscó sumar avances para la producción. Montó un frigorífico para la conservación de la fruta de todos los productores, permitiéndole valor agregado para la venta. Llegaron a tener unos 6.000 cajones de manzanas y así funcionó hasta junio del 2000, pero hoy solo es un edificio en ruinas.
En su hogar, vivió el paso del tiempo. De la calefacción a leña pasó a tener conexión a gas. De alumbrarse con un farol o planchar con brasas, vivió la llegada de la energía eléctrica, transitó caminos de tierras, polvorientos, y hoy marcha sobre asfalto.


Por estos días descansa junto a su esposa Elvi Esther Romeo, de 85 años, con la cual llevan 64 años de casados y disfrutan la vida junto a sus dos hijos Pedro y Graciela, sus 3 nietos y 3 biznietos. Aunque ya no trabaja, no pierde oportunidad de pasear afirmado a su bastón entre las plantas. Controla que todo esté en buen estado y ofrece concejos a su hijo Pedro.


Su familia se instaló cuando él era niño, en 1924, en lo que hoy es la colonia Juliá en la chacra de Cavilla, que tenía una superficie de unas 40 hectáreas: todo jarillas y piquillines. Llevó 10 años de trabajo duro desmontar y sembrarlas de alfalfa ; la producción servía para pagar los “fiados” de los comercios del pueblo.


“Llegamos a cosechar 22.000 kilos de alfalfa, un verdadero récord que nos vino muy bien en lo económico y en lo anímico, porque nos indicaba que estábamos haciendo las cosas bien. Era chico y me encargaba de cuidar los animales y las verduras para el consumo. Solo veníamos al pueblo a comprar harina, aceite, yerba y alguna otra cosita, pero después lo que se comía nos lo daba la tierra o los animales”, recuerda.

“Es una pena que ya no se vea al fondo de la casa un lugarcito con verduras, algún chancho y gallinas. En esta época pueden ayudar”.

Pedro MIllán


En la despensa que está en la chacra sobreviven los palos en el techo donde se colgaban los chorizos, y jamones caseros que hacían cada temporada para el secado. “Mira si habremos tenido kilos de chorizos y jamones colgados para comer”, rememora Pedro. Su esposa agrega: “antes, los pañales eran de tela; cada mañana los lavaba a mano y los tendía en el patio”.


El comienzo fue duro, pero en lo de los Millán no había lugar para el desánimo, característica que se trasladó a sus descendientes. Los primeros pasos se trabajaban con caballos, rastras de dientes, arados de mano, o simplemente con el pico y la pala.

“Hicimos los desagües con la pala de buey, conformando equipos de chacareros para hacer tramos. No había frío ni calor que sirvieran como excusa para no trabajar, y a pesar de todo lo vivido estuve presente en cada una de las transformaciones de mi querida colonia, porque es amorlo que siento por la chacra”, dice.

Don Pedro a diario recorre la chacra.


Pedro revive ese amor y lo describe en una helada histórica, de muchas horas bajo cero, en la que todos defendían con leña las plantas. Fue tan fuerte y tan larga que eran las 10 de la mañana y estaban haciendo fuego para proteger las plantas.


“Llegamos a quemar todo los palos de los gallineros, poníamos todo lo que teníamos a mano, y así y todo no pudimos hacer nada. Cuando vimos todo negro, todo destruido, lloramos. Fue un momento muy duro. Pero a los poquitos días nos arremangamos y volvimos apostar a la chacra”, aporta Esther a su lado, como siempre, la gran chacarera.


En el repaso de la historia cuenta que después de la alfalfa comenzaron poniendo viñas. En la época que proliferaron las bodegas de vino en La Colonia “hacíamos nuestro propio vino patero, eran muy buenos”, señala Pedro, pero cuenta que se les helaban tanto que decidieron cambiar y poner manzanas y peras.


“Fuimos uno de los primeros que optamos a esa producción y plantamos como 15 hectáreas. Era la manzana tradicional de la época o la Jonatan, y se curaba a caballo con maquinaras precarias y productos venenosos que hace años no se usan”, dice.

Tiene dos hijos que continúan con sus pasiones la chacra y el club.


“En una sociedad levantamos el frigorífico Fru-Car que era para guardar la manzana, que se llamó Fruticultores del Centro. La iniciativa fue nuestra junto a Manolo Espósito y José Carbó, otros dos hombres con mucho empuje. Hicimos varios viajes a Bahía Blanca para conseguir el crédito, para poder concretar el proyecto”, repasa.


Entre las anécdotas resalta que llegó a vender toda la producción a tranquera cerrada, unos 40 o 50 mil cajones de manzana que se iban a Buenos Aires. “Para la época de cosecha, llegaban 30 o 40 trabajadores del norte para la cosecha. Eran otras épocas”, asegura.
Hoy, la chacra de la familia está manejada por su hijo, pero Don Pedro no la abandona. Pasar entre las plantas, recorrer esas hectáreas, es su vida.

Las gambetas de la vida: la escuela, el club y la guerra


La cancha de Defensores de la Colonia lleva su nombre.

El club de sus amores

Millán se siente orgulloso de ser uno de los socios fundadores del Club Defensores de la Colonia y muestra la credencial que lo designa como el socio número 4. La cancha lleva su nombre y cuando puede, Graciela, su hija, lo lleva a ver a su nieto Lucas Millán que juega con la camiseta de Independiente.
Don Pedro defendió la camiseta blanca con una franja roja (opuesta a la de River Plate). Por muchos años fue el dueño del mediocampo y nunca fue expulsado de una cancha, lo que indica su conducta intachable.
Siempre jugó en su querido Defensores aunque también vistió las camisetas de otros clubes en torneos regionales.
Luego pasó a ser dirigente y presidente por décadas de su club, cargo que mantuvo hasta que después le cedió el mando a su hija Graciela que mantiene le legado hasta hoy.

A la escuela


Don Pedro recuerda la primera escuela que funcionaba en aquellas épocas en el barrio que hoy se llama “Esperanza”. Asistían los hijos de todos los chacareros, el fue hasta tercer grado. “Íbamos caminando o a caballo”, dice.


Su peor susto

Dentro de su larga trayectoria recuerda momentos duros como la Revolución del 55’ cuando Río Colorado era uno de los puntos estratégicos para el bombardeo.
“Las familias que vivían en el centro, se iban con pocas cosas para las chacras y acá en la Colonia se le dio alojamientos a todos, por la comida no haba problemas porque producíamos alimentos, y para dormir nos arreglábamos como podíamos”, recuerda Pedro.
Otro de los recuerdos fue cuando cumpliendo con el servicio militar y era cabo, estuvo muy próximo a ser enviado a pelear en la segunda guerra mundial.


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