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El primer triunfo de Perón en las urnas: nació otro país

El 23 de febrero de 1946 el peronismo, movimiento que había ganado protagonismo en la calle el 17 de octubre del año previo, ganó su primera elección. Un triunfo que desorientó a buena parte del poder económico y político local.

El americano Tim Weiner no cosecha afectos en la CIA. Periodista de “The New York Times”, lleva años desviscerando el ejercicio oscuro del poder que signa la historia de la Compañía. En su libro “Legado de cenizas. La historia de la CIA”, Weiner señala que esa historia está jalonada por llevar al poder permanente de los Estados Unidos a manejar mal problemas de extrema radiación para la vida del país. “El fracaso en la reunión de inteligencia llevó al poder a decir no saber” sobre Vietnam, por caso. Bahía Cochinos, también. O el 11S. “Mal interpretar. No comprender. Tomar un montón de decisiones equivocadas, fue un resultado permanente del poder a partir de las lecturas de la CIA”, dice Weiner.

Esta mirada viene a cuento aquí por lo sucedido en Argentina a partir del 17 de octubre del 1945. Día que abrió las puertas a las elecciones del 23 de febrero de 1946. Y a Juan Perón al poder.

Solo dos planos del poder permanente de aquellos días -parte del Ejército y la jerarquía de la Iglesia católica- intuyeron que se abría una mudanza de fuste en el sistema político argentino. Que quizá no se sabía hacia dónde iba, pero sí de dónde se venía.

La política estaba rompiendo su “compromiso con la razón”. Un status quo se desvanecía. Gritando “Perón, Perón”, emergían actores cuya existencia e identidad estaban en las rajaduras de la tierra. Podían pasar desapercibidos para millones de argentinos. Eran los “terrucos”, término con que en Perú se designa a planos sociales aparentemente inexistentes, pero que existen. “¿Qué es esto?”, se preguntará el antiperonista más rabioso que haya existido, Ezequiel Martínez Estrada.

El poder económico hegemónico, desorientado. La UCR, con el músculo macetero paralizado. El ya deshilachado Partido Socialista, deambulando. Otro, el Demócrata Progresista -fundado por el digno Lisandro de La Torre- bajo simultáneas isquemias. El Partido Comunista, sintiendo que si la clase trabajadora jamás le había sido propia menos lo sería en adelante.

En campaña, Perón y su compañero de fórmula, el radical "renovador", Quijano.

Este conjunto formará la Unión Democrática. Se reunirá bajo la fórmula de dos radicales flojos de papeles en protagonismo político: José Tamborini y Enrique Mosca. De los 2.734.386 votos emitidos obtendrán 1.207.155.

Gritando “Perón, Perón”, emergían actores cuya existencia e identidad estaban en las rajaduras de la tierra. Podían pasar desapercibidos para millones de argentinos.

El revuelto peronista fue a las urnas con el sello del Partido Laborista, creado por el socialista Cipriano Reyes, con la fórmula Juan Perón-Jazmín Hortencio Quijano. Este, un radical disidente, entrerriano, con mostachos de comisario conservador, era el líder de la UCR-Junta Renovadora. Y sería una figura de utilería en el futuro esquema de poder peronista. Logró 1.527.231 sufragios. O sea, el 52 %.

La Unión Democrática fue respaldada por sectores hegemónicos de la economía. Y, desde el damero social, parte de la clase media urbana.

El Partido Laborista cosechó poder en el grueso de una incipiente clase obrera urbana, trabajadores del complejo agroganadero, franjas de clase media. Y el Ejército y lonjas gravitantes de la Iglesia católica.

El triunfo habilitó al peronismo los dos tercios de la Cámara de Diputados y mayoría generosa en Senadores. La oposición más dura quedó en manos de los “44”, diputados radicales entre los que se encontraban Ricardo Balbín, Arturo Frondizi, Silvano Santander, que luchó contra prepotencias y arbitrariedades del peronismo en el poder. Balbín pasará 9 meses en la cárcel de Olmos.

Los Estados Unidos jugaron decididamente en favor de la Unión Democrática. Vía su embajador en Argentina, el rústico minero Spruille Braden, organizó la actividad de la oposición. Y la dotó de lo medular de su discurso. Pivoteó en denunciar las ideas filo nazi de las que estaría imbuido Perón. No alcanzó. “Braden o Perón” fue la respuesta del peronismo. Le alcanzó.

“Son siempre patrones de estancia, el país es para ellos una sola estancia”

David Kelly, embajador británico en Argentina en 1946, sobre la clase dirigente argentina.

Solo un hombre con poder parece haber intuido hacia dónde estaba marchando la historia argentina de aquellos días. Era un enamorado del país. En la década del 20 había estrenado aquí su profesión diplomático. Y a partir del 43 había vuelto como embajador de Gran Bretaña. Se llamó David Kelly y en sus memorias desliza una mirada rigurosa sobre los términos conque los sectores hegemónicos manejan el país. “Son siempre patrones de estancia, el país es para ellos una sola estancia”, dirá. Kelly se interesó por Perón cuando éste -como secretario de Trabajo del golpe del 43- comenzó relacionarse con los sindicatos. Ya en el 45, se convenció que Perón podía llegar a presidente. Un punto de vista solo compartido por el corresponsal de “Times” y el nuncio apostólico. “Ilusión que que no obedecía a una casualidad ni tampoco a una intuición genial”, reflexiona Mario Rapoport(*)

Claro, siempre habrá una biblioteca a favor y otra en contra de si Perón quería el poder o si la historia lo llevó. Pesa la carta que el 14 de octubre del 45, desde Martín García y preso, le envía a Eva. Le dice que solicitó el retiro del Ejército y que se irán a la Patagonia a “manejar los campos del abuelo”.

Ese Perón emerge ausente de voluntad de poder político. Pero tres días después fue 17 de octubre. Luego hubo un 26 de febrero del 46.

A modo de cierre vale una reflexión de Marcos Novaro: “Tal vez lo que el peronismo ‘es’ resulte demasiado de determinar, pero aún podría resolverse la cuestión de lo que hace”(**).

Pero esa ya es otra historia.

* “Gran Bretaña, EE.UU. y las clases dirigentes argentinas, 1940 -1945”, 1981.

** “Peronismo y democracia. Historia y perspectivas de una relación compleja”, Marcos Novaro, comp.Edhasa, 2014

De “cabezas” y “descamisados” en el escenario social

No parecen existir documentos que hablen de que para aquella campaña electoral del 45 las categorías -identificaciones en todo caso- estuvieran ya en boga entre las fuerzas en pugna. O al menos su vigencia o instalación solo se insinuaban tenuemente.

Pero a poco andar, el triunfo de Juan Perón en las urnas de febrero del 46 y la consecuente toma del poder emergieron con fuerza, dureza en la cotidianidad de la lucha política. Fueron palabras que abonaron aquella otra grieta en que comenzaba a abulonarse en la sociedad argentina: peronismo-antiperonismo.

• Una, “descamisados”.

• La otra, “cabecita negra”.

Abundan, sí, los trabajos que en el marco de la investigación sobre la historia del largo entrevero entre unos y otros reflexionan sobre el contenido de aquellas identificaciones. Reflexiones rigurosamente argumentadas. Pero apelamos aquí a la sencillez práctica conque Carlos Floria y Cesar García Belsunce -no peronista el primero, antiperonista el segundo- definen la dimensión que tuvieron aquellas palabras (*). Señalan:

“El ‘cabecita negra’ fue un concepto negativo, generado en una oposición más social que política, y aplicaba el nombre de un popular pajarito de nuestros campos haciendo referencia concreta a la población mestiza que había emigrado recientemente (D. de la R.: se refiere a finales de la década del 1930 y a lo largo de los 1940) de la periferia nacional hacia el conglomerado capitalino, y que, generalizado, se aplicaba a toda la franja peronista.

Este concepto negativo se correspondía casi simétricamente a otro positivo acuñado por el propio peronismo: los “descamisados”. Estos fueron los fans-colores de la revolución peronista. Eran el símbolo de la adhesión al régimen de las masas que no solo habían estado desprovistas del traje burgués, sino hasta de la camisa. Eran la representación de la reivindicación social y política de un humano excluido hasta entonces de toda participación. El carácter mítico de la expresión se comprueba en las fotografías de la Plaza de Mayo del 17 de octubre de 1945, donde abundan los hombres con saco y corbata, representantes de la baja burguesía”.

*“La Argentina Política. Una nación puesta a prueba”, Carlos Floria y César García Belsunce; Editorial El Ateneo, Buenos Aires


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