El rastro de la ballena

Por Redacción

Aún no la he visto, pero se acaba de estrenar una nueva película sobre Moby Dick y desde que me enteré de que eso iba a suceder todas mis fibras de lector reincidente se alborotaron. En lo profundo del mar, la película de Ron Howard narra la historia real en la que se inspiró Herman Melville (1819-1891) para escribir su novela sobre la ballena blanca, que en rigor era un cachalote (Physeter macrocephalus) o, como la llamaban los balleneros yanquis e ingleses, una sperm whale. Hay también una formidable novela gráfica de dos chilenos, Francisco Ortega y Gonzalo Martínez, donde la ballena recupera su nombre verdadero, Mocha Dick. Porque el leviatán blanco existió y el mismo año en que nació Melville hundió el Essex, un ballenero de Nantucket, el puerto insular frente a Cabo Cod, en la costa este de Estados Unidos. Melville cortó la historia en el episodio del ataque del cachalote al Pequod, el barco del capitán Ahab, pero lo cierto es que ahí comenzó otro drama: el de la supervivencia de algunos de los tripulantes del Essex, que inclusive llegaron al canibalismo. El episodio fue inmensamente popular en su época. Conocí “Moby Dick” gracias a “Sábados de super acción”, allá por los años setenta. Desde ese día, para mí el capitán Ahab no es otro que el personaje de Gregory Peck en la película de 1956 y fue también entonces que quise abordar la lectura de esa formidable novela. Todo fueron adaptaciones hasta varios años después, cuando conseguí la formidable edición del Fondo Nacional de las Artes, de tapas celestes, traducida por Enrique Pezzoni y prologada por Jaime Rest. Y hoy todavía regreso de manera regular a esas páginas memorables. Supongo que cada uno se armará su propio recorrido como lector por una obra que es voluminosa y compleja. Que, definitivamente, fue concebida para otra temporalidad. Da la sensación de que Melville quiso contar todo y ese todo quería decir el universo. A medida que pasan los años emergen como arrecifes momentos o citas memorables y pasan a segundo plano personajes más populares como el mesiánico Ahab o Ismael, el testigo protagonista de uno de los comienzos más famosos de la literatura: “Pueden llamarme Ismael”. Hoy me siento más cómodo con los dilemas de Starbuck, el primer oficial. El marino, un cuáquero, supo bien pronto que su viaje estaba condenado. Me gusta el sermón del padre Mapple, desde un púlpito al que sube por una escalera de cuerdas y que remeda la proa de un barco (lo encarnó Orson Welles). Me quedo también con la idea de que Rokovoko, la isla en la que nació el arponero Queequeg, compañero de tripulación de Ismael, no estaba en los mapas porque “los lugares verdaderos nunca figuran en ellos”. Referencia directa al peso de la memoria y la experiencia en las nociones de pertenencia. A lo largo de la novela, además, hay numerosos gams, esos encuentros de barcos balleneros en medio de la nada para intercambiar novedades. Pero hay uno que es ominoso más allá de su función en la trama: el desesperado e inútil pedido del capitán Gardiner, del Rachel, para que Ahab abandone la persecución de Moby Dick y lo ayude a buscar el bote perdido en el que iba su hijo de doce años. Allí hay una puerta para leer de otra manera estas historias. La negativa de Ahab muestra tanto su fanatismo como el carácter despiadado de estos cazadores que, más allá del romanticismo, construyeron un imperio marítimo. Desde Nantucket, una pequeña isla, los balleneros estadounidenses, muchos de ellos cuáqueros, impulsaron y desarrollaron el sangriento negocio de la caza de ballenas. Obtuvieron con sus esfuerzos el aceite necesario para las flamantes maquinarias de la revolución industrial y prolongar las veladas de la nueva burguesía. El ámbar gris de los cachalotes fue un insumo esencial para la industria perfumista. Extendieron los mapas tras el rastro de las ballenas. Años y millares de millas náuticas de navegación tornaron secundarias fronteras y nacionalidades: era la expansión del capitalismo. De ese proceso tiene marcas nuestra historia atlántica. ¿O no fue un barco estadounidense el que arrasó las instalaciones de Luis Vernet en Malvinas en 1832? La película que originó esta columna se basa en un libro formidable de Nathaniel Philbrick. La potencia de la historia que narra puede que haga pasar desapercibidas algunas de sus reflexiones iniciales. Nos cuenta que en 1821 el océano Pacífico era un vasto campo de depósitos de aceite de sangre caliente conocidos como cachalotes. Tras ese tesoro fueron los cuáqueros de Nantucket, estoicos y pacíficos, salvo en lo que a la matanza de animales en busca de su aceite respecta. Philbrick remarca que también eran codiciosos y avanzados tecnológicamente y que tenían un sentido religioso de su propio destino. Eso también lo atrajo de la historia del Essex: Nantucket, en pequeña escala, era en 1821 “aquello en lo que se iba a convertir América”. Y escribe ese gentilicio por el cual ser “estadounidense” y ser “americano” es lo mismo, con extrañas resonancias de esa época en la que para los balleneros todo el océano les pertenecía. (*) Historiador y escritor

Opiniones

Federico Lorenz – @FedeLorenzyClio (Especial para “Río Negro”)


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