XIX

Por Redacción

Por fortuna, hasta ahora cuando menos, la batalla que está librándose por el futuro de Ucrania –el nombre del país podría traducirse como “frontera” o “tierra de nadie”– no se parece del todo a los conflictos atroces del pasado no tan lejano que la empaparon de sangre. De acuerdo común, se trata de una lucha entre el Occidente y Rusia, pero mientras que Vladimir Putin y sus simpatizantes están empleando una variante de los métodos tradicionales, ubicando soldados bien armados en lugares clave, sus contrincantes, Barack Obama y sus homólogos europeos, les contestan hablándoles de represalias económicas, de la expulsión de Rusia del G8 y de lo insensato que a su juicio sería negarse a reconocer que el mundo ha evolucionado mucho desde el siglo XIX. El que haya dos relatos muy diferentes tiene sus ventajas: con la excepción evidente de los ucranianos mismos, todos pueden cantar victoria. Los rusos conseguirán más territorio: ya poseen Crimea y, de quererlo, no tardarían en ser dueños de una franja amplia de Ucrania oriental. Por su parte, Barack Obama y los líderes de la Unión Europea dirán que, pensándolo bien, Rusia perderá porque en el mundo actual, el de la informática, las comunicaciones instantáneas y ubicuas, el bienestar popular y los derechos universales, la expansión territorial no sirve para nada. Conforme a pautas que los líderes occidentales dicen son penosamente anticuadas, Putin está ganando con facilidad, pero parecería que sus adversarios están convencidos de que, aun cuando el hombre del Kremlin lograra hacer de Ucrania una satrapía sumisa, sufriría una derrota aplastante. Desde el punto de vista de Obama y compañía, anexar el vecino le sería contraproducente porque, además de las dificultades económicas que enfrentarían los rusos debido a las eventuales sanciones comerciales, lo complicado que sería para los oligarcas conseguir visas para ir de compras a Londres, París o Nueva York y las consecuencias negativas para la imagen internacional de Rusia, Putin tendría que encargarse de una nación en bancarrota que podría desplomarse. ¿Creen en su propia retórica los norteamericanos y europeos? Parecería que sí, de ahí la voluntad de los gobiernos occidentales de reducir cada vez más el presupuesto militar por suponer que, a la larga, lo que sus asesores llaman el poder blando resultará ser incomparablemente más eficaz. Ya antes de la caída ignominiosa de la Unión Soviética, muchos europeos occidentales, seguidos a una distancia respetuosa por contingentes de norteamericanos, se habían convencido de que en adelante el poder no dependería de tanques, misiles y soldados bien entrenados sino de la capacidad económica de las distintas sociedades y del atractivo presuntamente irresistible de ciertos sistemas políticos, en especial los democráticos. Si bien no se desarmaron por completo, esperaban que pronto podrían hacerlo al darse cuenta los tradicionalistas de que les sería inútil procurar luchar contra una tendencia presuntamente inexorable. Es lo que tenía en mente el secretario de Estado norteamericano John Kerry cuando acusó a Putin de actuar como si se creyera en el siglo XIX, no en el XXI, luego de apoderarse sus tropas de puntos neurálgicos de la península de Crimea so pretexto de proteger la vida de la mayoría rusófona supuestamente amenazada por nacionalistas ucranianos de mentalidad “fascista”. Algunos de mentalidad más arcaica, entre ellos la antecesora de Kerry y presidenciable actual Hillary Clinton, recordaban que en 1939 Adolf Hitler había hecho lo mismo en los Sudetes, una zona de Checoslovaquia en que había más de tres millones de personas de origen alemán. Como Putin, Hitler afirmó que era su deber defender a sus putativos compatriotas que vivían fuera de la madre patria y que por lo tanto tenía derecho a violar la soberanía ajena. Así y todo, ni siquiera los halcones parecen interesados en volver a tomar en serio, aunque sólo fuera pasajeramente, las reglas del juego a su juicio anacrónicas que a su modo reivindica Putin. Su resistencia a arriesgarse es comprensible. Aunque Rusia es un país pobre, con una economía que es más chica que la de Canadá, para no hablar de las de Alemania, el Reino Unido, Francia e Italia, tiene un arsenal nuclear y sus fuerzas militares son suficientes como para permitirle dominar a sus vecinos inmediatos más pequeños. Pero sus problemas sociales son enormes. Puede entenderse, pues, el desconcierto que sienten los occidentales frente al desafío que les ha planteado Putin. Obama le ha advertido que, a menos que ponga fin a la aventura que ha emprendido, los costos económicos le serían prohibitivos, pero para el ruso las viejas reglas conservan toda su vigencia. Desde 1945 los europeos, pasando por alto la protección que les brindaba el escudo militar norteamericano, se han habituado a atribuir la hipotética invulnerabilidad de su parte del mundo a su prestigio cultural y a la atracción magnética de su combinación de instituciones democráticas con un estado de bienestar. No se equivocan por completo: se cuentan por centenares de millones los africanos y asiáticos y otros que quisieran mudarse a la Unión Europea. Con todo, el éxito innegable en tal sentido de Europa y América del Norte ha motivado la resistencia de nacionalistas de ideas tradicionales y, en el mundo musulmán, fanáticos religiosos que se afirman resueltos a combatir lo que en su opinión es una manifestación intolerable de imperialismo cultural. Con ironía cruel, lo que más indigna a los decididos a frenar la invasión de ideas y modalidades occidentales no son las reivindicadas por conservadores nostálgicos sino las impulsadas por progresistas que se creen contrarios a cualquier forma de imperialismo. Para Putin y los islamistas, el “matrimonio igualitario” simboliza la decadencia: en Rusia la homosexualidad es mal vista y en muchos países musulmanes la castigan ahorcando o decapitando a los sospechosos de orientación sexual heterodoxa. También les parece decadente la preocupación por los derechos de las mujeres. En cuanto a la cultura popular comercial, la ven como una especie de caballo de Troya enviado para corromper a los jóvenes. Así, pues, los enemigos más vehementes de Occidente tienen bastante en común con los norteamericanos y europeos de un siglo atrás que, de verse transportados al mundo actual, se sentirían desconcertados por los cambios provocados por la revolución sexual y por el desprecio de las elites culturales por principios que, imaginaban, regirían para siempre.

JAMES NEILSON