El relato ya voló por los aires
JAMES NEILSON
Mao Tse-tung entendía que “el poder nace de la boca del fusil”. Cristina y sus partidarios más civilizados discrepan; creen, o hasta hace poco fingían creer, que nace de la boca colectiva de un coro de miles de propagandistas. Al parecer convencidos de que les sería dado remodelar así la realidad para que correspondiera a la prevista por el relato, los kirchneristas no vacilaron en institucionalizar la mentira, mejorando sistemáticamente los números económicos, además de librar una guerra verbal furibunda contra el campo, los acreedores, el Fondo Monetario Internacional y muchos otros. En la magna tarea que emprendieron, no tardarían en contar con el apoyo fervoroso de miles de presuntos intelectuales que encontrarían en el relato una fuente casi inagotable de dinero. Muchos hombres y mujeres, algunos ya multimillonarios y otros, militantes barriales habituados a ingresos modestos, en seguida se pusieron a aprovechar la oportunidad que les fue brindada por la fe conmovedora del matrimonio santacruceño en el poder de la palabra. A algunos les resultó fácil convencerse de que asistían a la irrupción de un movimiento popular destinado a cambiar para siempre la historia. Otros eran oficialistas por vocación. Todos se sentían gratificados por la voluntad del gobierno de invertir muchísimo dinero público en difundir un relato imaginativo en el que Néstor Kirchner sería un libertador heroico de la talla de José de San Martín que rescataría al país de las fauces del imperialismo mercantil, mientras que quien pronto sería su viuda lo llevaba a la gloria. Para los oportunistas, empresarios cortesanos o periodistas mercenarios, la revisión inevitable del relato no plantearía ningún problema: a cambio de dinero dirán cualquier cosa. Para los creyentes, la etapa que se ha iniciado amenaza con ser bastante desagradable. Por cierto, el que Cristina se haya visto constreñida a modificar drásticamente la ideología oficial para adecuarla a los acontecimientos de las semanas últimas debería motivar angustia entre aquellos beneficiados por la estrategia mediática oficial que tomaban en serio sus propias palabras. Es de suponer que los más astutos se las ingeniarán para asegurarnos de que hay una diferencia enorme entre un ajuste popular y uno neoliberal, y que la decisión de pagar a Repsol por aquel paquete accionario servirá para poner en su lugar a los rapaces imperialistas españoles, pero hasta ahora apenas han procurado hacerlo. Antes bien, se han concentrado en vapulear a los empresarios, tratándolos como delincuentes decididos a saquear al pueblo aumentando los precios, y en hablar del peligro de que conspiradores prueben suerte ensayando un golpe de mercado. El temor que sienten los propagandistas K puede entenderse. Puesto que sus ingresos dependen del compromiso del gobierno con la teoría del relato, no puede sino inquietarlos el que, a juzgar por su conducta reciente, Cristina y sus colaboradores más influyentes como Axel Kicillof y Carlos Zannini hayan llegado a la conclusión de que a la gente no le interesa demasiado. ¿Por qué, pues, seguir gastando tanto dinero en propagarlo? Desde hace años colman de subsidios jugosos a diarios y revistas que de otro modo no existirían porque pocos los compran y entregan casi 4 millones de pesos todos los días a los encargados del show groseramente politizado “Fútbol para Todos”, lo que tendría cierta lógica si los mandos kirchneristas realmente creyeran que su propio poder depende de la publicidad pero carecería de sentido si saben que el nivel de apoyo del que disfrutaba Cristina hasta las elecciones de octubre del 2011 se debió casi exclusivamente a la sensación de que la economía crecía a un ritmo satisfactorio. ¿Continuará el gobierno despilfarrando, todos los días, millones de dólares que le convendría usar de modo más inteligente? Los vendedores profesionales del relato esperarán que sí, pero tendrán sus dudas. Algunos, los más flexibles, ya han hecho suya la filosofía resumida por Groucho Marx cuando dijo: “Éstos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”. Los que sinceramente creen en la verdad K entenderán que, si se aferran a sus convicciones, se verán obligados a romper con quienes acaban de mofarse de ellas, lo que los privaría de los beneficios a los que se han acostumbrado. Desgraciadamente para los persuadidos de que el proyecto de Cristina es viable y podría mantenerse a flote por muchos años más, al mundo no les gustaron para nada los principios que reivindicaba con firmeza pedagógica Kicillof en abril del 2012, razón por la que, menos de dos años después, los ha cambiado por otros que son radicalmente distintos. Sin parpadear, el ministro de Economía, con la anuencia de la presidenta Cristina, reemplazó el relato de aquellos tiempos emocionantes ya lejanos por uno que a su juicio resultaría menos problemático. La toma del paquete accionario de Repsol en YPF por los muchachos de La Cámpora dejó de ser una patriada para transformarse en una mera transacción comercial. ¿Cuánto tendrá que pagar el país por aquel operativo un tanto heterodoxo? Los hay que estiman que, sumando los intereses, el total podría llegar a 12.000 millones de dólares, pero, para alivio del gobierno actual, nos quedan veinte años para encontrar el dinero. De basarse la teoría del relato en algo más que la vanidad de personajes a quienes les encanta el aplauso, el costo político para el gobierno de este espectáculo digno de una película del recordado Groucho debería ser muy pero muy alto. Cristina y compañía se ensañaron con los españoles de Repsol no sólo por querer monopolizar lo que hay bajo el suelo de Vaca Muerta sino también por entender que la mayoría aplaudiría tamaño alarde de nacionalismo. Y en efecto, por un par de semanas, el rating de Cristina sí subió. Sería de suponer, pues, que el reconocimiento oficial de que se trataba de un paso en falso motivaría el repudio vehemente de la calle, pero hasta ahora no se han producido movilizaciones en contra de la voluntad del gobierno nac&pop de humillarse, postrándose ante los mercados de capitales. Algunos nacionalistas, como “Pino” Solanas, han refunfuñado –el cineasta dice que en su opinión el arreglo “suena a una estafa”–, pero parecería que la mayoría está tan acostumbrada a oír disparates en boca de los defensores de la accidentada gestión de Cristina que ya no le importan las contradicciones, por flagrantes que ellas sean, lo que, pensándolo bien, quiere decir que siempre entendió que el costosísimo relato oficial era sólo verso.
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