El rompecabezas de Cristina
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner debe el poder desmedido que ha conseguido acumular a la convicción, que se mantenía hasta hace muy poco, de buena parte del electorado, de que lo que el país más necesitaba era contar con un gobierno “fuerte” encabezado por una persona capaz de tomar todas las decisiones importantes sin perder el tiempo dialogando con otras. Huelga decir que el esquema así supuesto es difícilmente compatible con una democracia como la nuestra en la que, a diferencia de lo que sucede en países de tradiciones parlamentarias en los que un primer ministro puede permanecer en su cargo hasta que el electorado o los legisladores decidan destituirlo, los mandatarios se ven obligados a dar un paso al costado a una fecha determinada. Por sus propias razones, ya que se ha acostumbrado a monopolizar el poder, y también por entender que al gobierno no le convendría que se resignara a ser lo que los norteamericanos llaman un “pato rengo”, Cristina ha optado por demorar lo más posible el momento en que se vea sin más alternativa que la de decirnos el nombre del encargado de representar el oficialismo en las elecciones presidenciales. Asimismo, aunque comprenda que al actuar así está ayudando a opositores como Mauricio Macri y Sergio Massa a consolidarse ante la opinión pública, parecería que coincide con aquellos estrategas gubernamentales que creen que, pensándolo bien, sería mejor para ella que un opositor se instalara por un rato en la Casa Rosada, ya que el próximo gobierno recibirá una “herencia” sumamente ingrata. Por ser la jefa absoluta de un movimiento unipersonal, a Cristina le corresponde elegir a dedo el eventual candidato presidencial oficialista. Aun cuando la economía nacional estuviera disfrutando de una etapa de esplendor atribuible a sus propios aciertos, se encontraría ante un dilema nada fácil porque no es de su interés compartir el poder con nadie. Como resulta natural, la presidenta quiere que su sucesor nominal sea un personaje sumiso que nunca sueñe con desobedecerle, pero sabe que los dispuestos a desempeñar tal papel, de los que el más notorio es el ministro del Interior y Transporte, Florencio Randazzo, serían repudiados por el grueso del electorado que preferiría que el líder de turno tuviera peso propio. El único presunto oficialista que no depende por completo del apoyo de Cristina es el gobernador bonaerense Daniel Scioli, que se las ha arreglado para conservar un índice de aprobación muy respetable al disentir gestualmente de la presidenta sin por eso permitirse subrayar sus diferencias con palabras. Con todo, aunque Scioli jura ser tan leal al kirchnerismo como cualquier militante de La Cámpora, ni Cristina ni sus incondicionales confían en él. Tienen sus motivos. Entienden que, en el caso de que triunfara en las elecciones presidenciales, el gobernador y sus aliados peronistas no titubearían en apoderarse de distintas fracciones del movimiento kirchnerista con el propósito de usarlas para construir un “proyecto” propio, repitiendo de tal modo lo que hicieron los Kirchner con pedazos del aparato que había ensamblado su padrino Eduardo Duhalde. De no ser el kirchnerismo un movimiento que depende tanto de una sola persona, los militantes entenderían que, para prosperar luego de alcanzar su fin la transición que ya está en marcha, tendría que adaptarse a circunstancias que son muy distintas de las imperantes cuando Néstor Kirchner y su esposa construían poder aprovechando los errores ajenos y la voluntad popular de dejar todo en sus manos después de una crisis que, en opinión de amplios sectores, en el fondo se debió a nada más que la debilidad del presidente Fernando de la Rúa. Sin embargo, después de más de una década en el gobierno, los kirchneristas representan un statu quo que muy pocos podrían considerar satisfactorio. Si bien la presidenta sigue hablando como si su gestión apenas comenzara, los problemas ocasionados por el intento de hacer funcionar un “modelo” dirigista intrínsecamente inflacionario no se prestan a las “soluciones” populistas que, con toda seguridad, propondría si estuviera en la oposición. Por el contrario, todo hace prever que el próximo presidente tendrá que llevar a cabo un ajuste severísimo, trabajo éste que, en el pasado, hubiera emprendido un régimen militar.
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