El “verdadero” sabor de la historia

En “Una docena de cuentos gastronómicos”.



La gastronomía es otro reino del revés. Hay reglas que no se aplican allí. Certezas que se vuelven dudas. Componentes sólidos que se esfuman en la boca. Son sutiles las pinceladas que hacen la diferencia. El bien y el mal se definen por lo sabroso y lo magro, y la mentira se diluye en el océano de la ficción. Lo que ocurre en el paladar es una experiencia individual con la facultad de volverse pública y, en ocasiones, sacrosanta. Todo depende de quien siente y quien da testimonio. Miguel Krebs ha dejado el suyo en un libro que, como ciertas comidas, no tiene desperdicio. “Una docena de cuentos gastronómicos” (Ediciones de los gastronautas) reúne realidad y fantasía en un puñado de relatos escritos con estilo, conocimiento e inteligencia. Durante su lectura la duda surge a veces: ¿cuán lejos de la verdad puede encontrarse este festín de palabras perpetrado por Krebs? Quizás no mucho. De un modo u otro, el guionista, publicitario y escritor Miguel Krebs, que vive en San Martín de los Andes, ha tenido la osadía de invitarnos a viajar a través del tiempo. Entonces somos testigos de la intimidad glotona de nuestros compatriotas cuando el país apenas daba sus primeros pasos. También del deseo brutal por engullir la más variada gama de platos de parte de la aristocracia europea. Pero el asunto no termina allí, Krebs juega con nuestros sentidos, describe complejas maquinarias capaces ellas de suplantar el talento humano. Se ubica en los bordes de una isla paradisíaca que alberga laboratorios apenas soñados por la NASA, donde los cocineros elaboran los platos más sofisticados que la humanidad jamás haya visto. Al final, se expone como todo mortal a un restaurante mediocre, caro y pésimamente atendido. Otra tradición del oficio. Dicen que para que una mentira se vuelva creíble debe estar bien provista de detalles. Krebs se ocupa, y mucho, de los detalles. Es gracias a su descaro que nos acercamos a escenarios vedados. ¿Cómo sería la secuencia alimenticia de un rey aquejado de mil males físicos pero aun sediento de carne animal y piel femenina, ambas recubiertas con salsa dulce? ¿Cuál es el sabor de la espuma innombrable que sintetiza las alas de un insecto hasta volver lo exótico en manjar de los dioses? ¿Cuál es el sentido patriótico y filosófico de una empanada antes de las invasiones inglesas? ¿Qué tan picantes eran entonces? Krebs fabula y teoriza con todo este material. Lo hace de un modo desenvuelto. Como esos hombres que junto al fuego narran historias “verídicas” que nadie quiere reprochar, por lo divertidas, por lo geniales. Los títulos de los cuentos invitan a la lectura: “Historia de amor en la corte Felipe II” (Recetas del siglo XVI con un toque románticos), “El jurado” (Plato tradicionales del Río de la Plata), “Experiencia sensorial” (La cocina del futuro), “Confesión real” (variedad de platos de la antigua cocina española), entre otros. La cena ha sido servida. Alguien descorcha el vino. La literatura promete.


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