El virus más peligroso

Redacción

Por Redacción

Para asombro de muchos, el gobierno de Estados Unidos acaba de clasificar al sida entre las mayores «amenazas a la seguridad nacional», categoría tradicionalmente reservada para regímenes totalitarios y grupos terroristas, y, para explicar su decisión, señaló que según los informes de los servicios secretos la propagación del mal pronto causará catástrofes demográficas en el Africa subsahariana, el sur de Asia y partes de la ex Unión Soviética, las cuales a su vez desatarán revoluciones y guerras. Tales desastres no afectarán sólo a Estados Unidos, país que a pesar de haber experimentado la primera gran epidemia de sida es lo bastante rico y bien organizado como para frenar, por ahora cuando menos, el avance del virus, sino a todos, la Argentina incluida. Podría decirse que Estados Unidos se encuentra entre los países menos amenazados, pero por tratarse de una superpotencia es lógico que haya tomado cualquier fenómeno capaz de provocar convulsiones en otras partes del planeta por un riesgo para la propia seguridad.

Por desgracia, no tienen mucho que ver con la futurología las advertencias que ha formulado la Casa Blanca sobre las consecuencias del sida. Ya está ocasionando estragos gravísimos en muchos países africanos y, como era de prever, los efectos «estratégicos» y económicos han sido devastadores. Por ejemplo, la crisis en Zimbabwe, donde el caudillo vitalicio Robert Mugabe está por expulsar a los granjeros blancos, lo cual empeorará todavía más una situación económica desesperada, está claramente vinculada con el hecho de que más de un 25 por ciento de la población tenga sida, calamidad que ha diezmado a todos los sectores sociales y dejado huérfanos a centenares de miles de niños. Huelga decir que esta inmensa tragedia, más la certeza de que una proporción muy importante de la población morirá en los próximos años, ha incidido profundamente en la conducta de todos, depauperando y desmoralizando a quienes aún sobreviven. El sida, como la muerte negra que azotó a Europa en la edad media, está empujando a pueblos enteros hacia la barbarie, y no cabe duda de que ha contribuido mucho a la trasformación de Africa en una vasta zona dominada por la violencia más cruel y la miseria más absoluta que el resto del mundo preferiría olvidar.

Las razones por las que el sida se ha difundido con tanta rapidez en Africa no constituyen un misterio. La pobreza extrema, la inoperancia de administraciones públicas puestas al servicio de políticos corruptos y rapaces, el analfabetismo, el machismo campesino y los prejuicios religiosos se han combinado para privar a buena parte del continente de defensas contra una enfermedad que no respeta a ninguna clase social ni credo. Si bien atenuados, los mismos puntos débiles pueden detectarse también en toda América Latina, de suerte que es natural que en los países de la región el sida ya plantee un problema más urgente que en América del Norte o Europa occidental. La lucha contra las enfermedades contagiosas exige un grado de organización social que por lo común se limita a los países más avanzados y es por eso que el sida, luego de haber sido detectado por primera vez en Estados Unidos para entonces aparecer en Europa, se ha metamorfoseado acaso definitivamente en un mal propio del Tercer Mundo.

Ya se han desarrollado drogas que sirven para estabilizar la condición de los afectados de sida, convirtiéndolo en una enfermedad crónica molesta pero no realmente mortal. Sin embargo, tales remedios son tan caros que sólo una minoría ínfima de africanos y muy pocos latinoamericanos están en condiciones de comprarlos. Aunque los Estados Unidos, la Unión Europea y el Japón decidan subsidiar su distribución en los países pobres, no les sería dado impedir que se concreten muchas catástrofes ya previstas.

Esto se debe no sólo a que para millones de víctimas y sus deudos ya será demasiado tarde, sino también porque la ineficiencia tradicional, la corrupción y la discriminación contra etnias o comunidades religiosas consideradas enemigas supondrán que por cuantiosa que sea la ayuda solamente una parte muy pequeña del total llegarán a quienes más la necesitan.


Para asombro de muchos, el gobierno de Estados Unidos acaba de clasificar al sida entre las mayores "amenazas a la seguridad nacional", categoría tradicionalmente reservada para regímenes totalitarios y grupos terroristas, y, para explicar su decisión, señaló que según los informes de los servicios secretos la propagación del mal pronto causará catástrofes demográficas en el Africa subsahariana, el sur de Asia y partes de la ex Unión Soviética, las cuales a su vez desatarán revoluciones y guerras. Tales desastres no afectarán sólo a Estados Unidos, país que a pesar de haber experimentado la primera gran epidemia de sida es lo bastante rico y bien organizado como para frenar, por ahora cuando menos, el avance del virus, sino a todos, la Argentina incluida. Podría decirse que Estados Unidos se encuentra entre los países menos amenazados, pero por tratarse de una superpotencia es lógico que haya tomado cualquier fenómeno capaz de provocar convulsiones en otras partes del planeta por un riesgo para la propia seguridad.

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