Emergencia alimentaria

Redacción

Por Redacción

No exageraban aquellos estrategas electorales norteamericanos que insistían en que “es la economía, estúpido”. En nuestro país, la recesión del 2009 contribuyó a la derrota de Néstor Kirchner en las elecciones legislativas de la provincia de Buenos Aires, mientras que la fuerte recuperación y el boom de consumo resultante han ayudado a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a consolidarse a la cabeza de todos los ranking políticos. Asimismo, detrás de las rebeliones que ya han hecho caer a dos dictadores árabes y provocado disturbios cada vez mayores en Siria, Bahrein, Yemen, Jordania y una guerra civil, con la intervención de la OTAN, en Libia, está el aumento continuo del precio de los alimentos. Además de reclamar reformas de índole democrática, los jóvenes que protagonizaron las primeras manifestaciones de repudio al orden autoritario largamente establecido en el mundo árabe pedían mejores salarios y más oportunidades laborales, ya que el malestar que sentían se debió no sólo a la falta de libertad sino también a la suba reciente del costo de vida. Como los comunistas chinos entienden muy bien, si la mayoría cree que la economía seguirá creciendo y que tarde o temprano compartirá los beneficios, pocos se arriesgarán protestando; en cambio, si el crecimiento se frena, la agitación social se hará más intensa por momentos. Pues bien: en los doce meses últimos, los precios de los alimentos han aumentado mucho. Según el Banco Mundial, los cereales ya cuestan el 70% más en los mercados internacionales que a mediados del año pasado, y también han subido los precios de otros productos alimenticios. Para la Argentina, se trata de una buena noticia, pero en los países que dependen de la importación podría llevar a un desastre de proporciones bíblicas. Entre los más afectados por lo que está sucediendo es Egipto, país cuyo sector agrícola anticuado no está en condiciones de producir lo suficiente como para alimentar a sus casi 80 millones de habitantes. Hace un par de años, El Cairo –megalópolis en la que viven al menos 11 millones– fue escenario de disturbios violentos al subir abruptamente el precio del pan. Es por lo tanto poco probable que el régimen militar que ha conservado el poder a pesar del derrocamiento del dictador Hosni Mubarak cumpla con el compromiso de apurar una transición hacia la democracia, puesto que le sobran motivos para temer que los más beneficiados serían los bien organizados partidos islamistas que cuentan con la adhesión de los pobres de las zonas rurales que podrían estar en vísperas de una hambruna. De producirse una revolución islamista, a los egipcios les sería difícil convencer a los norteamericanos y europeos de que les convendría continuar entregándoles los miles de millones de dólares anuales en ayuda a los que se han acostumbrado. El titular del Banco Mundial, Robert Zoellick, acaba de advertir que “el mundo está a un paso de una crisis alimentaria total”, una que, al depauperar todavía más a decenas de millones de personas que ya viven al borde de la indigencia, tendría repercusiones geopolíticas peligrosísimas, sobre todo en el Oriente Medio. En el fondo, es cuestión no tanto de la oferta, ya que siempre y cuando no se repitan sequías en países como Rusia y China la producción de alimentos seguirá aumentando, cuanto de la demanda. Los esfuerzos de Estados Unidos por depender menos del petróleo procedente de países que en cualquier momento podrían serle hostiles mediante la producción de etanol constituyen un factor, pero más importante aún es el progreso económico vertiginoso de China y sus vecinos, incluyendo a otro gigante demográfico, la India. Por primera vez en muchísimos años, China y la India cuentan con los recursos económicos para importar cantidades crecientes de alimentos, privilegio éste que se ve negado a los países árabes no petroleros que, por su escasa competitividad, sencillamente no pueden producir muchos bienes exportables. Así las cosas, los más perjudicados por el ascenso económico de los dos países más poblados de la Tierra no serán los empresarios de Europa, América del Norte y América Latina que se sienten amenazados por “la invasión” asiática que está en marcha, sino los habitantes pobres de regiones ya convulsionadas por la violencia política y religiosa.


No exageraban aquellos estrategas electorales norteamericanos que insistían en que “es la economía, estúpido”. En nuestro país, la recesión del 2009 contribuyó a la derrota de Néstor Kirchner en las elecciones legislativas de la provincia de Buenos Aires, mientras que la fuerte recuperación y el boom de consumo resultante han ayudado a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a consolidarse a la cabeza de todos los ranking políticos. Asimismo, detrás de las rebeliones que ya han hecho caer a dos dictadores árabes y provocado disturbios cada vez mayores en Siria, Bahrein, Yemen, Jordania y una guerra civil, con la intervención de la OTAN, en Libia, está el aumento continuo del precio de los alimentos. Además de reclamar reformas de índole democrática, los jóvenes que protagonizaron las primeras manifestaciones de repudio al orden autoritario largamente establecido en el mundo árabe pedían mejores salarios y más oportunidades laborales, ya que el malestar que sentían se debió no sólo a la falta de libertad sino también a la suba reciente del costo de vida. Como los comunistas chinos entienden muy bien, si la mayoría cree que la economía seguirá creciendo y que tarde o temprano compartirá los beneficios, pocos se arriesgarán protestando; en cambio, si el crecimiento se frena, la agitación social se hará más intensa por momentos. Pues bien: en los doce meses últimos, los precios de los alimentos han aumentado mucho. Según el Banco Mundial, los cereales ya cuestan el 70% más en los mercados internacionales que a mediados del año pasado, y también han subido los precios de otros productos alimenticios. Para la Argentina, se trata de una buena noticia, pero en los países que dependen de la importación podría llevar a un desastre de proporciones bíblicas. Entre los más afectados por lo que está sucediendo es Egipto, país cuyo sector agrícola anticuado no está en condiciones de producir lo suficiente como para alimentar a sus casi 80 millones de habitantes. Hace un par de años, El Cairo –megalópolis en la que viven al menos 11 millones– fue escenario de disturbios violentos al subir abruptamente el precio del pan. Es por lo tanto poco probable que el régimen militar que ha conservado el poder a pesar del derrocamiento del dictador Hosni Mubarak cumpla con el compromiso de apurar una transición hacia la democracia, puesto que le sobran motivos para temer que los más beneficiados serían los bien organizados partidos islamistas que cuentan con la adhesión de los pobres de las zonas rurales que podrían estar en vísperas de una hambruna. De producirse una revolución islamista, a los egipcios les sería difícil convencer a los norteamericanos y europeos de que les convendría continuar entregándoles los miles de millones de dólares anuales en ayuda a los que se han acostumbrado. El titular del Banco Mundial, Robert Zoellick, acaba de advertir que “el mundo está a un paso de una crisis alimentaria total”, una que, al depauperar todavía más a decenas de millones de personas que ya viven al borde de la indigencia, tendría repercusiones geopolíticas peligrosísimas, sobre todo en el Oriente Medio. En el fondo, es cuestión no tanto de la oferta, ya que siempre y cuando no se repitan sequías en países como Rusia y China la producción de alimentos seguirá aumentando, cuanto de la demanda. Los esfuerzos de Estados Unidos por depender menos del petróleo procedente de países que en cualquier momento podrían serle hostiles mediante la producción de etanol constituyen un factor, pero más importante aún es el progreso económico vertiginoso de China y sus vecinos, incluyendo a otro gigante demográfico, la India. Por primera vez en muchísimos años, China y la India cuentan con los recursos económicos para importar cantidades crecientes de alimentos, privilegio éste que se ve negado a los países árabes no petroleros que, por su escasa competitividad, sencillamente no pueden producir muchos bienes exportables. Así las cosas, los más perjudicados por el ascenso económico de los dos países más poblados de la Tierra no serán los empresarios de Europa, América del Norte y América Latina que se sienten amenazados por “la invasión” asiática que está en marcha, sino los habitantes pobres de regiones ya convulsionadas por la violencia política y religiosa.

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