En animación suspendida
Cuando Juan Perón dijo “mi único heredero es el pueblo” entendía que le dejaría un embrollo fenomenal, ya que muchos individuos, algunos muy belicosos, tratarían de asumir el liderazgo del movimiento que se había formado en torno de su figura. Asimismo, al hacer de “todos somos Chávez” el lema oficial del acto de asunción que se celebró en Caracas el jueves pasado, de un hombre ausente que se debatía entre la vida y la muerte en otro país, los chavistas se mostraban reacios a prepararse para enfrentar una etapa sumamente agitada que, mal que les pese, ya ha comenzado. De haber sido Hugo Chávez un mortal común, el problema planteado por la sucesión se hubiera visto resuelto bien antes de las elecciones de octubre del año pasado en que derrotó con comodidad a su contrincante, Henrique Capriles Radonski, ya que era evidente que, debido a su grave enfermedad, sería irresponsable permitirle ser reelegido pero, claro está, en países de cultura política populista tales pormenores son lo de menos. Aun cuando, para asombro de los médicos, Chávez lograra recuperarse, los venezolanos sabrían que en cualquier momento podría sufrir una recaída, lo que de por sí socavaría su eventual gestión. Pero lo que importa en la Venezuela chavista es el simbolismo, la fe, la lealtad, no los detalles prácticos que suelen preocupar a los ciudadanos de democracias consolidadas. Para quienes lo votaron, el comandante era irreemplazable. Señalar que podría resultar incapaz de gobernar y que por lo tanto convendría optar por otro era considerado blasfemo, casi una forma de expresar el deseo de que muriera. Para homenajear al caudillo, pues, sus simpatizantes organizaron una manifestación gigantesca en Caracas. El propósito era impresionar a todos con la fortaleza del movimiento chavista, pero sólo consiguieron llamar la atención sobre su extrema precariedad al subrayar que sin Chávez es un aglomerado aglutinado por la emoción. A la larga, el poder de los movimientos políticos depende menos del “carisma” de los líderes que de la coherencia de sus ideas y su capacidad para producir mejoras concretas. El socialismo democrático o el conservadurismo moderado pueden sobrevivir a la muerte o enfermedad de todos los dirigentes de turno, por “carismáticos” que sean, porque representan mucho más que la voluntad de muchísimas personas de identificarse con un líder determinado. En cambio, movimientos populistas suelen depender tanto del líder que, en su ausencia, se caen en pedazos, fragmentándose hasta que un sucesor se las arregla para derrotar a todos sus rivales. Es lo que le sucedió al peronismo, el que, luego de un conflicto interno sanguinario, se transformó en una especie de sociedad de ayuda mutua electoralista que por algunos años sería “neoliberal” y, después, un movimiento de discurso supuestamente “progresista”. Si Venezuela fuera un país ordenado, con una economía estable, el período, acaso muy largo, de animación suspendida que le aguarda mientras quede pendiente de la salud de Chávez y del resultado de la lucha por la sucesión podría pasar sin que sufriera demasiados perjuicios pero, claro está, no lo es en absoluto. Además de ser uno de los países más inseguros del planeta, uno en el que la tasa de homicidios sería apropiada para una feroz guerra civil, Venezuela ya está hundida en una crisis económica que es mucho peor que las de Grecia o España. Si lo que le espera son varios años de desgobierno mientras los aspirantes a heredar el poder acumulado por Chávez se dedican a dirimir sus diferencias, las consecuencias podrían ser catastróficas para millones de venezolanos. También están en vilo muchos cubanos, ya que, para mantenerse a flote, la revolución castrista depende desde hace años de los subsidios cuantiosos que le entrega el inventor del “socialismo del siglo XXI”, que no ha vacilado en compartir los beneficios que le ha supuesto el torrente de petrodólares posibilitado por las exportaciones de crudo a Estados Unidos. He aquí el motivo principal del nerviosismo que sienten los mandatarios del bloque bolivariano; a menos que el gobierno venezolano siga siendo tan generoso hacia ellos como ha sido hasta ahora, en adelante algunos tendrán que depender exclusivamente de sus propios recursos, perspectiva ésta que con toda seguridad alarma a los compañeros cubanos y nicaragüenses.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 13 de enero de 2013
Cuando Juan Perón dijo “mi único heredero es el pueblo” entendía que le dejaría un embrollo fenomenal, ya que muchos individuos, algunos muy belicosos, tratarían de asumir el liderazgo del movimiento que se había formado en torno de su figura. Asimismo, al hacer de “todos somos Chávez” el lema oficial del acto de asunción que se celebró en Caracas el jueves pasado, de un hombre ausente que se debatía entre la vida y la muerte en otro país, los chavistas se mostraban reacios a prepararse para enfrentar una etapa sumamente agitada que, mal que les pese, ya ha comenzado. De haber sido Hugo Chávez un mortal común, el problema planteado por la sucesión se hubiera visto resuelto bien antes de las elecciones de octubre del año pasado en que derrotó con comodidad a su contrincante, Henrique Capriles Radonski, ya que era evidente que, debido a su grave enfermedad, sería irresponsable permitirle ser reelegido pero, claro está, en países de cultura política populista tales pormenores son lo de menos. Aun cuando, para asombro de los médicos, Chávez lograra recuperarse, los venezolanos sabrían que en cualquier momento podría sufrir una recaída, lo que de por sí socavaría su eventual gestión. Pero lo que importa en la Venezuela chavista es el simbolismo, la fe, la lealtad, no los detalles prácticos que suelen preocupar a los ciudadanos de democracias consolidadas. Para quienes lo votaron, el comandante era irreemplazable. Señalar que podría resultar incapaz de gobernar y que por lo tanto convendría optar por otro era considerado blasfemo, casi una forma de expresar el deseo de que muriera. Para homenajear al caudillo, pues, sus simpatizantes organizaron una manifestación gigantesca en Caracas. El propósito era impresionar a todos con la fortaleza del movimiento chavista, pero sólo consiguieron llamar la atención sobre su extrema precariedad al subrayar que sin Chávez es un aglomerado aglutinado por la emoción. A la larga, el poder de los movimientos políticos depende menos del “carisma” de los líderes que de la coherencia de sus ideas y su capacidad para producir mejoras concretas. El socialismo democrático o el conservadurismo moderado pueden sobrevivir a la muerte o enfermedad de todos los dirigentes de turno, por “carismáticos” que sean, porque representan mucho más que la voluntad de muchísimas personas de identificarse con un líder determinado. En cambio, movimientos populistas suelen depender tanto del líder que, en su ausencia, se caen en pedazos, fragmentándose hasta que un sucesor se las arregla para derrotar a todos sus rivales. Es lo que le sucedió al peronismo, el que, luego de un conflicto interno sanguinario, se transformó en una especie de sociedad de ayuda mutua electoralista que por algunos años sería “neoliberal” y, después, un movimiento de discurso supuestamente “progresista”. Si Venezuela fuera un país ordenado, con una economía estable, el período, acaso muy largo, de animación suspendida que le aguarda mientras quede pendiente de la salud de Chávez y del resultado de la lucha por la sucesión podría pasar sin que sufriera demasiados perjuicios pero, claro está, no lo es en absoluto. Además de ser uno de los países más inseguros del planeta, uno en el que la tasa de homicidios sería apropiada para una feroz guerra civil, Venezuela ya está hundida en una crisis económica que es mucho peor que las de Grecia o España. Si lo que le espera son varios años de desgobierno mientras los aspirantes a heredar el poder acumulado por Chávez se dedican a dirimir sus diferencias, las consecuencias podrían ser catastróficas para millones de venezolanos. También están en vilo muchos cubanos, ya que, para mantenerse a flote, la revolución castrista depende desde hace años de los subsidios cuantiosos que le entrega el inventor del “socialismo del siglo XXI”, que no ha vacilado en compartir los beneficios que le ha supuesto el torrente de petrodólares posibilitado por las exportaciones de crudo a Estados Unidos. He aquí el motivo principal del nerviosismo que sienten los mandatarios del bloque bolivariano; a menos que el gobierno venezolano siga siendo tan generoso hacia ellos como ha sido hasta ahora, en adelante algunos tendrán que depender exclusivamente de sus propios recursos, perspectiva ésta que con toda seguridad alarma a los compañeros cubanos y nicaragüenses.
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