En el piso
Para sorpresa de los convencidos de que la economía continuaría cayendo hasta asemejarse a las existentes en ciertas zonas del Africa subsahariana, han comenzado a manifestarse señales de que por fin habrá tocado fondo, lo cual ha ocasionado cierto optimismo tibio en el Palacio de Hacienda. Pero si bien es positivo que el deterioro que se inició cuando Carlos Menem estaba en la Casa Rosada, continuó durante los dos años de la gestión del presidente Fernando de la Rúa para entonces adquirir proporciones cataclísmicas debido a la ineptitud del gobierno del presidente Eduardo Duhalde, parezca estar acercándose a su fin, sería difícil celebrar la presunta llegada a un punto de inflexión ubicado en un nivel sumamente bajo. En los cuatro primeros meses del año, el Producto Bruto Interno se vio reducido por aproximadamente el 20%, el desempleo aumentó hasta dejar sin trabajo a la cuarta parte de la población «activa», el país ha quedado sin un sector financiero, es decir, sin un componente fundamental de cualquier «aparato productivo» y sigue pareciendo casi utópica la posibilidad de que un día el gobierno actual logre formular un programa «sustentable».
Puesto que por cierto tiempo la economía tendrá que funcionar sin crédito mientras que a raíz de nuestra historia hiperinflacionaria el gobierno no podrá aprovechar las ventajas hipotéticas de la flotación que, en otras latitudes, le permitiría adoptar medidas «keynesianas», podría decir que el nivel deprimido que parece estar consolidándose es el natural. De ser así, el país habrá recaído en el letargo que siempre lo ha caracterizado en los intervalos entre los intentos de acelerar el crecimiento con métodos estatistas o, con mayor frecuencia a partir de los años sesenta, «liberales». Se trataría, pues, del regreso a una etapa por la que sienten nostalgia los muchos populistas y sus amigos que insisten en que la decadencia económica y social nacional comenzó con el nacimiento del Proceso militar. Es que a pesar de todos los intentos de «modernizar» el país, ningún gobierno ha conseguido producir una mejora permanente del producto per cápita que en la actualidad es inferior a aquel de varias décadas atrás, con la diferencia de que desde entonces el país se ha hecho mucho menos equitativo y las expectativas, estimuladas por la publicidad internacional y por la conciencia de que en el «Primer Mundo» el ciudadano común tiene acceso a bienes que son vedados a la mayoría de los argentinos, son mucho más altas.
El atraso así supuesto se debe a que si bien por distintos motivos la Argentina siempre ha sido un país muy poco productivo, sus habitantes han querido consumir como europeos occidentales y norteamericanos, con el resultado de que la minoría que ha estado en condiciones de hacerlo ha prosperado a costa de franjas cada vez más amplias. Así las cosas, la redistribución reclamada por algunos políticos, entre ellos la diputada ex radical Elisa Carrió, podría hacer de la Argentina un país materialmente más igualitario pero sería poco probable que sirviera para posibilitar el aumento constante de la productividad que le permitiría superar de una vez y para todas el dilema planteado por la pobreza «solidaria» por un lado y el dinamismo sólo aparente pero innegablemente injusto por el otro frente al cual ha estado vacilando desde que se agotó la estrategia del primer gobierno de Juan Domingo Perón. Si bien los hay que dicen creer que los desastres más recientes terminarán obligando a los sectores dominantes a modificar sus puntos de vista para que dejen de seguir frustrando la modernización del país, en este momento todo hace prever que luego de haber «tocado fondo», o sea, de haberse regresado una vez más al equilibrio paupérrimo pero al parecer natural, durante cierto tiempo la mayoría se conformará con la estabilidad por temor a nuevos cambios. Huelga decir que si este «modelo» rudimentario resulta capaz de generar más puestos de trabajo, sus atractivos podrían volverse irresistibles hasta que, una vez más, la impaciencia de los reacios a resignarse a la extrema mediocridad económica vuelva al poder con el propósito de instrumentar los cambios -que serán cada vez más drásticos- considerados necesarios para que la Argentina pueda crecer de forma no meramente esporádica, sino sostenida.