En tiempos de incertidumbre

Por Redacción

SEGÚN LO VEO

Dijo una vez el renombrado físico danés Niels Bohr que “hacer predicciones es muy difícil, especialmente cuando se trata del futuro”, pero, puesto que el género humano necesita certezas, el escepticismo saludable así manifestado siempre es antipático. A través de los milenios, quienes se afirman capaces de prever lo que estará por suceder, sean astrólogos, pitonisas, líderes religiosos que hablan en nombre de un dios o políticos supuestamente familiarizados con leyes históricas férreas que hacen del mundo una máquina gigantesca, han disfrutado de una ventaja decisiva sobre aquellos seres vacilantes que se permiten atormentar por dudas. Muchos han prosperado merced a sus presuntas dotes proféticas; algunos, que consiguieron convencer a sus contemporáneos de que sus pronósticos se basaban en algo más que sus propias ilusiones, lograron crear imperios gigantescos.

Puede entenderse, pues, el desconcierto que tantos sienten hoy en día. Parecería que las certezas que durante milenios servían para hacer más tolerable la vida nos han abandonado. En los países occidentales por lo menos, nadie se supone dueño de la verdad absoluta sino, a lo sumo, de una propia que no vale más ni menos que todas las demás, lo que es una forma de negar la posibilidad de que exista tal cosa. Es como si todos repitieran con Sócrates: “Lo único que sé es que no sé nada”.

En el mundo occidental que, mal que les pese a quienes fantasean con una identidad nacional radicalmente distinta que sea a un tiempo nueva y telúrica, incluye a la Argentina, los credos religiosos están batiéndose en retirada. La fe es tomada por un asunto privado, una especie de pasatiempo para los interesados en el más allá. Hasta el papa Francisco, que es infalible cuando es cuestión de temas morales importantes, dice que debatir acerca de ellos es bueno, una aseveración que con toda seguridad hubiera indignado a sus antecesores orgullosamente dogmáticos. Si el pontífice mismo rinde homenaje al pluralismo, las ovejas de su grey tienen motivos para sentirse preocupadas.

Las ideologías políticas también se han diluido: con escasas excepciones, entre ellas los de la Argentina y Venezuela, los gobiernos actuales son centristas, eclécticos, listos para probar suerte con cualquier variante que a su entender pudiera brindar resultados aceptables. Convencidos de que las brújulas que guiaban a los dirigentes de antes son artefactos anticuados que ya no sirven, privilegian las encuestas de opinión. Si bien los esfuerzos de los chavistas y kirchneristas por resucitar lo ideológico han tenido consecuencias calamitosas, no sorprendería que en otras partes del mundo comenzaran a proliferar movimientos igualmente arbitrarios; para millones de personas, cualquier certeza, por descabellada que sea, es mejor que ninguna.

Cuando los exasperados por la negativa de las distintas economías a inundarlos de bienes materiales acusan al gobierno local de haberse sometido a la tiranía “neoliberal”, están expresando la nostalgia que sienten por los días en que era posible creer que, en algún lugar, había una camarilla de sujetos malignos de ideas perversas pero así y todo coherentes. En otros tiempos desempeñaban dicho papel los comunistas o los fascistas, sujetos que llevaban uniformes y enarbolaban banderas. Pero no hay ningún cuartel general “neoliberal”, ningún partido cuyos integrantes se ufanen de su compromiso con el culto herético supuestamente todopoderoso. Por fortuna, son cucos fantasmales; si fuera posible identificarlos, serían blancos de una horda de vengadores.

En muchas partes de Europa, y ni hablar del Oriente Medio, África y Asia, la voluntad de atribuir lo que está sucediendo a una suerte de gobierno secreto ubicado en Washington, Bruselas o, para los antisemitas, Tel Aviv ha estimulado la formación de una variedad de movimientos extremistas que aún están en un estado embrionario pero que pronto podrían crecer mucho. En Escocia y Cataluña, Grecia, Hungría y otros países, en especial Francia, los frustrados por la situación en que se encuentra su comunidad particular se sienten tentados a abrazar el nacionalismo que simplifica todo.

Puede que la era de la globalización que, se suponía, sería la de una convergencia universal resulte ser la de la disgregación. En efecto, la rebelión de los islamistas contra la modernidad, que desde su punto de vista es totalmente inaceptable ya que amenaza con destruir las sociedades que construyeron los fieles de generaciones anteriores, es una manifestación llamativamente truculenta de la resistencia de grupos determinados a dejarse llevar por las tendencias dominantes.

Las fuerzas, impulsadas por el progreso precipitado de la tecnología, que están transformando las sociedades humanas no respetan las fronteras nacionales o las diferencias lingüísticas, étnicas o religiosas. Por el contrario, de una manera u otra afectan a todos los pueblos, obligándolos a adaptarse a circunstancias novedosas que a menudo son muy ingratas porque descolocan a sectores enteros. Cambios profundos que hasta hace muy poco tomarían siglos se concretan en un par de años. Esquemas socioeconómicos que funcionaban muy bien a inicios de la década actual ya lucen anticuados. Los intentos por planificar el desarrollo de las ubicuas comunicaciones electrónicas, digamos, raramente sirven porque, como es lógico, los responsables de prepararlos no pueden prever la llegada de una modalidad radicalmente más sofisticada que modificará todo.

Ya no hay vanguardias. En todos los ámbitos, los profetas o futurólogos de ayer parecen absurdamente desactualizados, como aquellas películas de ciencia ficción de apenas veinte o treinta años atrás en que los protagonistas tuvieron que conformarse con aparatos más primitivos y mucho menos poderosos que un teléfono celular moderno, que, huelga decirlo, pronto será declarado obsoleto por los fabricantes. Con rapidez alarmante, las previsiones sobre la evolución de las diversas economías -la japonesa, la norteamericana, la china, la alemana, la que fuera- resultan haber sido fantasiosas. Lo mismo podría decirse de las relacionadas con los cambios sociales y culturales. ¿Seguirán liberalizándose las costumbres o estamos en vísperas de una reacción autoritaria? Nadie sabe la respuesta a tales interrogantes. Como nos advirtió Bohr, el futuro es aún menos previsible de lo que quisiéramos imaginar.

JAMES NEILSON

JAMES NEILSON