Encanto napolitano
Comienza un nuevo diario de viaje en el VOY. Esta vez, por Italia y España, con punto de partida en la ciudad del sur que algunos de sus habitantes definen como caótica e insegura. “Donde los semáforos son una sugerencia”, bromean. Pero que, sin embargo, invita a caminarla día tras día.
Diario de Viaje | Italia
Conocer a los suegros suele ser siempre un momento particular. En mi caso, se transformó en toda una aventura: napolitanos, con pasado comunista y de los pocos habitantes que detestan el fútbol en una ciudad en la que Diego Maradona sigue siendo un dios para muchos.
JUAN IGNACIO PEREYRA
pereyrajuanignacio@gmail.com
Ellos dicen que no les gusta Nápoles, porque es sucia, desordenada e insegura. Entonces, acá empezamos con las primeras diferencias con los suegros, sobre todo porque sus consideraciones se vuelven relativas. Cuando uno mira las calles con ojos de turista, la ropa colgada de lado a lado, la gente que se ubica con sillas en la vereda y el bullicio del anárquico tránsito se vuelven pintorescos.
En lo cotidiano, es usual ver que las motos y los autos se esquivan entre sí, mientras eluden también a la gente, que cruza las calles por cualquier lado menos en las esquinas. Sí, el tráfico es caótico y creo que no hay más accidentes solo porque no manejan muy rápido.
Una tarde, mientras caminábamos por el centro, de repente aparecieron cinco motos que se subieron a la vereda, una detrás de otra, para sortear un atasco de tráfico. “Los semáforos son una sugerencia”, suelen bromear algunos napolitanos. Lo que no parece llamarles la atención es que las calles que no son de doble sentido, ellos las utilizan como si lo fueran, sin que resulte un problema mayor ir en contramano.
PASEOS
Nápoles es de esas ciudades europeas en las que resulta placentero caminar por horas. Porque se puede dar un paseo por el “Lungomare”, que vendría a ser la costanera sobre el Mar Mediterráneo, que en esa parte los locales lo llaman “Mar Tirreno”. Un sector de esa zona ya fue cerrada al tránsito y es solo peatonal: se llena de gente paseando, haciendo actividad física o tomando algo en los bares y restaurantes que miran hacia el mar, con el Castel dell’Ovo (Castillo del Huevo) de fondo.
El castillo en realidad está en el islote de Megaride y vale la pena entrar. Se puede ver por dentro cómo era uno de los cuatro castillos que todavía están de pie en la ciudad.
La altura de su terraza, donde están los cañones, es también un buen lugar para observar el hermoso panorama que ofrece del golfo, unas de las imágenes icónicas de la ciudad. En un día despejado, además, se ve a lo lejos el monte Vesubio, el volcán aún activo que está a unos nueve kilómetros de la ciudad y que es famoso por la erupción del año 79, que dejó sepultadas a Pompeya y Hercolaneum.
Para completar un primera impresión de la ciudad y de los napolitanos, bien vale la pena una caminata por las calles comerciales Via Chiaia, Corso Umberto I y Via Roma. Sobre esta última, está la conocida pastelería Pintauro, que vende los tradicionales dulces napolitanos llamados “sfogliatella”, que son básicamente una masa rellena de ricota dulce.
Saliendo del circuito más turístico, va un secreto, un dato de esos a los que se accede casi que únicamente con el contacto de alguien local. Sí, al final, los suegros se portaron bien: además de cocinar en casa pasta con una salsa diferente cada día, también nos invitaron a cenar a la “Osteria della Mattonella”. Queda en una pequeña calle empinada que se llama Via Nicotera, en una zona que se conoce como Monte di Dio. Es un pequeño restaurante atendido por la dueña, que sirve las clásicas pastas napolitanas. De paso, valga una aclaración: nada de lo que en Argentina llamamos “napolitano” -jamón, queso, tomate…- existe allá. La milanesa napolitana, por ejemplo, es un invento argentino.
PIZZA Y HELADOS
Una de las primeras preguntas que me hicieron al volver a Buenos Aires es si la pizza de Nápoles era “tan buena” como la porteña. Claro que es una cuestión de gusto personal, pero creo que vale la pena remarcar que se trata casi de dos comidas distintas. En comparación con la versión de la pizza porteña, la de allá tiene una masa muy finita, húmeda y tan blanda que para comerla doblan la porción a la mitad (queda como un sandwich). La salsa es más abundante y con tomates naturales, lleva aceite de oliva y se le pone menos mozzarella -con un sabor tan rico que no se puede comparar con nada que haya probado en otro lugar-. Se cocina en un horno de barro con fuego de leña durante dos o tres minutos, no más.
Una buena opción para probar la pizza es “Gino Sorbillo”, que nació en 1935. Siempre hay mucha gente en la puerta del local, sobre la via Tribunali (www.sorbillo.it), pero merece la pena esperar. La pizza (se calcula una por persona) cuesta entre 4 y 7 euros, dependiendo los ingredientes, y es muy buena.
Además de la pasta y la pizza, otro motivo de orgullo (y con razón) para los napolitanos son sus helados. Me resultó casi imposible resistir la tentación de probar cada día una heladería distinta, porque están por todas partes.
Entre tantas, una recomendada es “Fantasia Gelati”, sobre via Toledo. Un vaso mediano cuesta unos 3 euros y, entre tantos, no hay que dejar de probar sabores como el pistacho, chocolate y café.
MARADONA
Los napolitanos se definen a sí mismos como supersticiosos. En ese sentido, como muchos italianos del sur, es muy común reconocerlos en un avión o cualquier otro lugar público cuando se rascan sus genitales como una manera de contrarrestar la mala suerte. Con la misma intención, también suelen echar con la mano un puñado de sal sobre su propia espalda y a los dos lados de la cabeza.
Esto ayuda a entender también la gran cantidad de esquinas en las que hay imágenes de vírgenes o santos. Unos de los más venerados es Diego Maradona, que está omnipresente en Nápoles: desde un imán en la heladera de la cocina de cualquier casa hasta remeras y pintadas callejeras. De hecho, el 5 de julio de cada año los fanáticos siguen recordando que fue el día de 1984 que hizo su presentación en el Napoli en el estadio San Paolo que estuvo repleto.
También me encontré con un altar dedicado a Maradona en la fachada del bar Nilo, sobre la Via San Biagio dei Librai, donde hay fotos, un mechón de pelo, notas periodísticas y una oración que pide por la salud del exfutbolista. Es común ver a los turistas haciendo fotos allí, donde, además, de las imágenes, hay un cartel que, como un resumen entre la adoración por Maradona y la superstición a la que son afectos los napolitanos, advierte: “Ahora tome un café, si no se le puede caer la cámara”.
SENSACIONES URBANAS
Desde la crisis del 2008 más jóvenes eligen irse de la ciudad en busca de otros horizontes. También hay otros que, pasados los treinta años, aún siguen en la casa de sus padres esperando que pase la crisis para poder conseguir un trabajo.
Sobre la idea de “crisis” también es importante contextualizar. Según diferentes estadísticas, Nápoles es una de las peores ciudades del país para vivir. En 2006, el diario económico “Il Sole 24 Ore” ubicó a la ciudad en el puesto 96 sobre 104 capitales de provincia italianas respecto de la calidad de vida, debido a la tasa de criminalidad, la pobreza y la falta de empleo, que es el aspecto más evidente entre los jóvenes.
En este sentido, como turista, es común ver basura en las calles, algo que contrasta con las principales ciudades turísticas de Europa. También conocí varios jóvenes que están sin trabajo y que sus amigos se van de la ciudad en busca de una mejor calidad de vida. Pero la criminalidad y la pobreza, a simple vista, no es algo tan dramático en comparación con lo que se puede ver, por ejemplo, en las afueras de Buenos Aires.
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