Energía
Columna semanal
El diparador
Isidoro, me pasé toda la noche pegado a la ventana de tu habitación. Dormí solo de a ratos y te observé bastante: casi no te moviste. Tu mujer, a tu lado, tampoco. Estaban tan cómodos en la cama que ni se dieron cuenta de mi presencia. No, no los espiaba, los protegía.
Me disculpo. Es cierto que a la mañana me quejé. Hice un poco de ruido pero no rompí nada. Pasa que ya habían pasado como siete horas y ustedes no se habían levantado ni para ir al baño. Hasta temí que hubieran sufrido una muerte instantánea.
Ok, exagero. Era mi ansiedad y ya me daba pereza seguir esperándolos para desayunar. Además, la gente que me veía en la ventana me decía -con su pensamiento- que yo era un fisgón. Uf, el colmo, una injusticia mayúscula. Y pensar que en otra época me veneraban como a un dios.
Ante todo, ustedes me tienen que reconocer que soy discreto, además de buena onda. Las reuniones en casa con sus amigos lo demuestran. Cuando son por la noche, a veces tengo otros planes y no estoy porque salí por ahí, por las mías. Pero, en general, trato de sumarme como uno más. Hasta voy a la puerta a saludar a sus amigos cuando llegan. También los recibo en el jardín, echado y cómodo como el resto de los invitados.
Eso sí, les confieso que me fastidia cuando llega alguno y me tilda de vago, que me la paso sin hacer nada. No les pido que entiendan o crean que soy un ser enigmático y misterioso. Pero que me digan “qué buena vida la tuya”, me revienta. ¿Por qué no se ocupan de tener ellos una buena vida?
Vamos a aclararnos. Es real que todos los días, sin excepción, duermo largas siestas, o más de una. A su vez, de tan copado que soy, suelo quedar como un franelero que se acerca a la gente para ser mimado. Aunque esto no es precisamente así, me pregunto a quién no le gusta recibir cariño. ¡Por favor!
En fin, quería llegar a por qué duermo tanto. Obvio que me gusta, pero también sucede que me canso mucho porque hago un trabajo tan invisible como demandante. Incluso, también laburo cuando duermo. En serio, eh.
Mi participación en las reuniones es silenciosa. Ok, a veces me desespero un poco y suelto algún reclamo, sobre todo cuando veo la carne jugosa o un pedazo de salmón. Igual, y acá me tienen que dar la derecha, me la banco y como lo que me dan.
El asunto es que mi presencia no es solo recreativa. Mientras charlotean, yo hago cosas por ustedes y sus amigos. Sépanlo: percibo y leo las energías. Por eso me acerco a determinadas personas, a veces en momento puntuales y hasta sabiendo que me rechazan. ¡Pero qué lindo cuando se convierten y se encariñan conmigo! Jaja.
Jactancia al margen, voy al grano: lo que solo parece un pedido de mimos, es en realidad un trabajo con el otro. Podríamos decir que es una labor astral, de calibrar energías. Mi misión es ser el protector del mundo energético, limpiar las energías negativas.
Sé que puede sonar a verso, pero ustedes me entienden. Lo sé, entre otras cosas, porque donde algunos ven un simple “miauuu”, ustedes saben leer que estoy pidiendo que se levanten y me den el desayuno de una buena vez.
Juan Ignacio Pereyra (pereyrajuanignacio@gmail.com)
El diparador
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