Entre dos fuegos

Redacción

Por Redacción

Aunque los voceros del Ministerio de Economía intentaron minimizar la significancia de la caída de la recaudación fiscal, la que en marzo resultó ser 2,4% menor que en el mismo mes del año anterior, tienen buenos motivos para sentirse preocupados. Según ellos, el impuestazo con el cual el gobierno del presidente Fernando de la Rúa inició su gestión -luego de haber dado a entender durante la campaña electoral que no pensaría en aumentar la presión tributaria- comenzará a surtir efecto a partir de este mes, de suerte que si las próximas cifras no reflejan una mejora evidente, el malestar por el estado de la economía no podrá sino intensificarse mucho. Claro, es de suponer que tarde o temprano el país logrará dejar atrás la recesión en la cual se precipitó hace más de un año, pero por razones electorales el gobierno quiere que la recuperación se manifieste antes de las elecciones porteñas del 7 del mes que viene, aunque tal como están las cosas es poco probable que ello ocurra.

Por tratarse de un gobierno de perfil progresista, el encabezado por De la Rúa pudo haber reivindicado el aumento de los impuestos personales subrayando la necesidad de invertir más, mucho más, en educación, salud y servicios sociales destinados a ayudar a los sumamente pobres pero, huelga decirlo, no ha querido correr el riesgo de enojar a sus simpatizantes de la clase media recordándoles que en comparación con la mayoría de sus compatriotas viven envidiablemente bien. Por eso, ha preferido jurar que los impuestos actuales -los que si bien son más altos que antes distan de ser onerosos conforme a las pautas de los países avanzados- son meramente temporarios y que no bien termine «la emergencia» serán reducidos. Sorprendería que esto sucediera. Aunque el gobierno parece convencido de que la economía funcionaría decididamente mejor si la gente tuviera más dinero en sus bolsillos, no le sería nada fácil encontrar otra forma de recaudar los fondos necesarios para mejorar, aunque fuera muy poco, la calidad del sistema educativo y de las fuerzas de seguridad, y también para invertir en obras de infraestructura absolutamente imprescindibles.

Así, pues, por un lado el gobierno aliancista tiene que hacer frente a los muchos que insisten en que si no fuera por impuestos a su juicio altísimos la economía ya estaría avanzando a un ritmo muy vigoroso, y por el otro entiende que a menos que se apodere de una proporción mayor de los recursos disponibles seguirá ampliándose el abismo que divide el país entre una minoría primermundista y una mayoría, que según todos los indicios propende a crecer, que está hundida en el Tercer Mundo. Mientras que en Europa occidental las dos corrientes así supuestas han alcanzado cierto equilibrio, con los entusiasmados por el dinamismo irrefrenable que es la característica más notable del capitalismo liberal reconociendo que no les convendría en absoluto abandonar a su suerte a los genuinamente necesitados, y los distribucionistas – por llamarlos de algún modo – conscientes de que antes de repartir es forzoso producir, aquí los que, lo confiesen o no, confían en el poder del «mercado» llevan la voz cantante.

Es de prever, pues, que el gobierno delarruista se resistirá a ordenar nuevos impuestazos aun cuando le resulte evidente que el que está por hacer hace mella en las finanzas de la clase media, sobre todo de las de la parte residente en la Capital Federal, no será suficiente como para permitirle no sólo mantener bajo control el déficit fiscal sino también tomar medidas encaminadas a conservar un mínimo de cohesión social. Dicho de otro modo, en el fondo la política socioeconómica de la Alianza se asemejará mucho a la del gobierno del presidente Carlos Menem, o sea, que a pesar de los bramidos de furia de Raúl Alfonsín será tan «neoliberal» como cualquier receta que podría confeccionar Domingo Cavallo. ¿Existe una alternativa? En teoría, claro que sí, pero ocurre que para instrumentar programas destinados a integrar a los efectivamente excluidos a la Argentina primermundista, el gobierno tendría que saber exactamente muy bien lo que querría lograr y cómo hacerlo, pero sólo ahora, cuando ya es tarde, están comenzando sus jefes a pensar en tales detalles.


Aunque los voceros del Ministerio de Economía intentaron minimizar la significancia de la caída de la recaudación fiscal, la que en marzo resultó ser 2,4% menor que en el mismo mes del año anterior, tienen buenos motivos para sentirse preocupados. Según ellos, el impuestazo con el cual el gobierno del presidente Fernando de la Rúa inició su gestión -luego de haber dado a entender durante la campaña electoral que no pensaría en aumentar la presión tributaria- comenzará a surtir efecto a partir de este mes, de suerte que si las próximas cifras no reflejan una mejora evidente, el malestar por el estado de la economía no podrá sino intensificarse mucho. Claro, es de suponer que tarde o temprano el país logrará dejar atrás la recesión en la cual se precipitó hace más de un año, pero por razones electorales el gobierno quiere que la recuperación se manifieste antes de las elecciones porteñas del 7 del mes que viene, aunque tal como están las cosas es poco probable que ello ocurra.

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