Entre Monti y Berlusconi

Redacción

Por Redacción

Puede que ni el primer ministro italiano saliente Mario Monti –que si bien renunció al cargo el mes pasado sigue encabezando un gobierno provisional– ni su antecesor, el multimillonario Silvio Berlusconi, triunfen en las elecciones que deberían celebrarse en febrero, pero a su modo particular los dos representan las opciones disponibles a la mayoría que desconfía de la izquierda local. Mientras que Monti es un tecnócrata que antes de convertirse en primer ministro merced a las presiones de la canciller alemana Angela Merkel, el entonces presidente francés Nicolas Sarkozy y, desde luego, los mercados financieros, no había competido en ninguna interna partidaria, Berlusconi es jefe de un movimiento amplio que él mismo creó y un experto consumado cuando de maniobrar en la selva política de su país se trata. A ojos no sólo de sus compatriotas sino también de los dirigentes del resto de Europa, Monti encarna la eficiencia administrativa, la prudencia y el realismo. En cambio, Berlusconi, a pesar de ubicarse en el mismo sector ideológico que Monti, ha adquirido la reputación de ser un líder arbitrario, corrupto y extraordinariamente irresponsable gracias tanto a los resultados decepcionantes de sus años en el poder como a su afición a las fiestas “bunga-bunga” y su costumbre de mofarse de las características físicas y las pretensiones de mandatarios extranjeros, entre ellos Merkel. Aunque muchos italianos, para no hablar de otros europeos, toman a Berlusconi por un payaso circense, un populista bufonesco que estaba llevando a su país a la ruina, el magnate mediático sigue contando con el apoyo de una proporción significante del electorado. Fiel a sus orígenes tecnocráticos, Monti, que inició su gestión en noviembre del 2011, se ha concentrado en intentar sanear las finanzas italianas con la esperanza de convencer a los mercados de que, las apariencias no obstante, su país no corría peligro de caer en default. Dice creer que sus esfuerzos en tal sentido han sido exitosos y que han servido para hacer de Italia un país “más fiable, además de más competitivo y atractivo a los inversionistas extranjeros”. Sin embargo, la cura ensayada por Monti ha sido muy dolorosa para millones de italianos que han visto reducirse su poder adquisitivo, lo que ha tenido un impacto muy negativo en el consumo y por lo tanto en la producción. Asimismo, ha aumentado la tasa de desocupación, que según las cifras oficiales afecta al 11,4% de la población “activa”. Berlusconi, que con toda seguridad guarda rencor por la manera poco elegante en que Merkel y sus aliados lograron reemplazarlo por Monti, se ha puesto a aprovechar el cansancio provocado por un ajuste que, si bien ha traído alivio a alemanes y franceses que temían que Italia compartiera el destino de Grecia, no ha mejorado la vida cotidiana de muchos. Monti tampoco ha logrado persuadir a la mayoría de que, siempre y cuando permita al gobierno terminar la obra que se ha propuesto, Italia podría disfrutar de muchos años de crecimiento vigoroso. Como en otros países del sur mediterráneo de la Eurozona, en Italia se ha difundido la sensación de que el futuro será forzosamente peor que el pasado y que por lo tanto hay que limitarse a manejar un proceso prolongado de declinación. Así las cosas, la estrategia elegida por Monti y sus simpatizantes puede considerarse sumamente optimista, ya que se basa en el presupuesto de que es posible revertir las tendencias negativas que, de persistir un par de generaciones más, harían del país dueño de la tercera economía de la Eurozona una provincia deprimida de un conjunto mayor dominado por Alemania. ¿Y la estrategia de Berlusconi? En opinión de sus adversarios italianos y también, claro está, de muchos dirigentes europeos, su protagonismo es síntoma de la decadencia de un país con una cultura política terriblemente corrupta que nunca estará en condiciones de hacer frente con éxito a los desafíos planteados por la globalización. Con razón o sin ella, los escépticos ven en la voluntad de tantos italianos de respaldar el populismo insolente del multimillonario una manifestación de su deseo escapista de conformarse con un show sin mucho sentido puesto que, desde su punto de vista, dejarse divertir por las alternativas extravagantes de “Il Cavaliere” es mejor que resignarse a largos años de austeridad.


Puede que ni el primer ministro italiano saliente Mario Monti –que si bien renunció al cargo el mes pasado sigue encabezando un gobierno provisional– ni su antecesor, el multimillonario Silvio Berlusconi, triunfen en las elecciones que deberían celebrarse en febrero, pero a su modo particular los dos representan las opciones disponibles a la mayoría que desconfía de la izquierda local. Mientras que Monti es un tecnócrata que antes de convertirse en primer ministro merced a las presiones de la canciller alemana Angela Merkel, el entonces presidente francés Nicolas Sarkozy y, desde luego, los mercados financieros, no había competido en ninguna interna partidaria, Berlusconi es jefe de un movimiento amplio que él mismo creó y un experto consumado cuando de maniobrar en la selva política de su país se trata. A ojos no sólo de sus compatriotas sino también de los dirigentes del resto de Europa, Monti encarna la eficiencia administrativa, la prudencia y el realismo. En cambio, Berlusconi, a pesar de ubicarse en el mismo sector ideológico que Monti, ha adquirido la reputación de ser un líder arbitrario, corrupto y extraordinariamente irresponsable gracias tanto a los resultados decepcionantes de sus años en el poder como a su afición a las fiestas “bunga-bunga” y su costumbre de mofarse de las características físicas y las pretensiones de mandatarios extranjeros, entre ellos Merkel. Aunque muchos italianos, para no hablar de otros europeos, toman a Berlusconi por un payaso circense, un populista bufonesco que estaba llevando a su país a la ruina, el magnate mediático sigue contando con el apoyo de una proporción significante del electorado. Fiel a sus orígenes tecnocráticos, Monti, que inició su gestión en noviembre del 2011, se ha concentrado en intentar sanear las finanzas italianas con la esperanza de convencer a los mercados de que, las apariencias no obstante, su país no corría peligro de caer en default. Dice creer que sus esfuerzos en tal sentido han sido exitosos y que han servido para hacer de Italia un país “más fiable, además de más competitivo y atractivo a los inversionistas extranjeros”. Sin embargo, la cura ensayada por Monti ha sido muy dolorosa para millones de italianos que han visto reducirse su poder adquisitivo, lo que ha tenido un impacto muy negativo en el consumo y por lo tanto en la producción. Asimismo, ha aumentado la tasa de desocupación, que según las cifras oficiales afecta al 11,4% de la población “activa”. Berlusconi, que con toda seguridad guarda rencor por la manera poco elegante en que Merkel y sus aliados lograron reemplazarlo por Monti, se ha puesto a aprovechar el cansancio provocado por un ajuste que, si bien ha traído alivio a alemanes y franceses que temían que Italia compartiera el destino de Grecia, no ha mejorado la vida cotidiana de muchos. Monti tampoco ha logrado persuadir a la mayoría de que, siempre y cuando permita al gobierno terminar la obra que se ha propuesto, Italia podría disfrutar de muchos años de crecimiento vigoroso. Como en otros países del sur mediterráneo de la Eurozona, en Italia se ha difundido la sensación de que el futuro será forzosamente peor que el pasado y que por lo tanto hay que limitarse a manejar un proceso prolongado de declinación. Así las cosas, la estrategia elegida por Monti y sus simpatizantes puede considerarse sumamente optimista, ya que se basa en el presupuesto de que es posible revertir las tendencias negativas que, de persistir un par de generaciones más, harían del país dueño de la tercera economía de la Eurozona una provincia deprimida de un conjunto mayor dominado por Alemania. ¿Y la estrategia de Berlusconi? En opinión de sus adversarios italianos y también, claro está, de muchos dirigentes europeos, su protagonismo es síntoma de la decadencia de un país con una cultura política terriblemente corrupta que nunca estará en condiciones de hacer frente con éxito a los desafíos planteados por la globalización. Con razón o sin ella, los escépticos ven en la voluntad de tantos italianos de respaldar el populismo insolente del multimillonario una manifestación de su deseo escapista de conformarse con un show sin mucho sentido puesto que, desde su punto de vista, dejarse divertir por las alternativas extravagantes de “Il Cavaliere” es mejor que resignarse a largos años de austeridad.

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