Entrenador educador, clave en el éxito deportivo sustentable





Marcelo Antonio Angriman *

Argentina ha sido un país que en las últimas décadas ha obtenido logros deportivos colectivos y muchos se preguntan el porqué.


Desde medallas de oro olímpicas (Atenas 2004 en Fútbol y Básquet, Beijing 2008 en Fútbol, Río 2016 en Hockey masculino), Copa Davis de equipos (2016), finales de copas del mundo (Básquet, China 2019), hasta avances significativos en el ranking mundial con selecciones jóvenes (Voleibol, Handball, Hockey).


Por su parte, técnicos nacionales son noticia en el mundo, siendo el caso de Marcelo Bielsa icónico, por la revolución que ha generado en Leeds. A tal punto, que John Carlín ha dicho que no hay siquiera un inglés en Inglaterra que goce de más afecto que el rosarino.


Dentro de un contexto socioeconómico esmirriado y una infraestructura mínima, resulta sorprendente que se hayan logrado tan buenos resultados, en deportes de construcción artesanal.
Muchas son las conjeturas sobre tales éxitos. Algunos aventuran que es la bisectriz de jugadores talentosos y el momento de su mayor fulgor, otros que el argentino tiene un plus que lo distingue, sin que falte el que otorgue una cuota del botín a la nunca desdeñable suerte.


Mi tesis principal es sustancialmente diferente, y consiste en ubicar en el primer punto de la lista al entrenador educador. Veamos por qué:
En primer lugar los grupos que dirigen estos sujetos son transformados en equipos, donde hay conducción, funciones de cada integrante y objetivos claros a alcanzar.


Allí se reúnen todos los elementos de una microsociedad donde la palabra de su jefe es convalidada día a día en un hacer. En lo que transmite un entrenador a su equipo y éste a los espectadores, no hay artificios. Si el equipo lo encarna y lo siente, eso se evidenciará en el terreno de juego y se propagará a las gradas.


Bielsa, Velasco, Magnano… entienden al deporte no como un fin en sí mismo, sino como un camino donde el éxito es la consecuencia de un trabajo individual y colectivo.



En esa autenticidad está la posibilidad de que dicha onda expansiva se amplíe. Sin pecar de ingenuos, es probable que si el éxito acompaña, el mensaje contagie a un pueblo, ciudad o país.
Se puede descreer de un gobierno, de cualquier poder del Estado, pero no del trabajo honesto y del esfuerzo que se refleja en un juego. De ese modo, el equipo pasa a ser un transmisor de emociones, que en el tiempo muta en sentimiento de orgullo. Hay allí una respuesta de cómo le gustaría a la gente que funcionara la sociedad toda.


En segundo lugar, los entrenadores educadores se adentran en la formación de sus dirigidos. Precursores en el arte de llegar a las emociones, no solo persiguen un objetivo puntual sino hacer escuela.


Bielsa, Velasco, Magnano, Hernández, Lamas, Vigil, Orsanic o Retegui son profesores –algunos titulados, otros de hecho– que entienden al deporte no como un fin en sí mismo, sino como un camino donde el éxito es la consecuencia –no siempre alcanzable– de un trabajo individual y colectivo.
Najnudel decía que “un entrenador de básquet entre otras cosas debía saber algo de básquet”. Pues bien, un entrenador educador, dentro de su caudal cognitivo, debe dominar su deporte y además conceptos de pedagogía, psicología y filosofía que le permitan convencer y legitimar su proceder.


Grageas de didáctica aplicada, que debieran ser objeto de reflexión para técnicos, padres e Institutos de Formación docente.
Así, Marcelo Bielsa ha dicho que: “A mis jugadores les digo que jamás podría reprocharles la falta de talento. En lo que sí soy inflexible es en la entrega, porque depende solo de ellos, de que ellos lo quieran, no de que un Dios los ilumine”.


Por su parte Julio Velasco no trepida en sostener que “tener capacidad de aprendizaje es en sí mismo, un talento”. Para él lo importante no es lo que se dice, sino lo que le llega al destinatario de su mensaje. En sus consideraciones subraya: “El error es parte del aprendizaje, no es demostración de incapacidad”. Es tarea del conductor, criticar pero no juzgar. La crítica es sobre algo concreto, que hay que marcar y hacerle ver que tiene la capacidad para corregir.


Como si estuviera al frente de la clase de filosofía que siempre quiso dictar, destaca el mal que muchos padres causan a sus hijos al darles siempre la razón, incluso ante sus maestros o escuela. Ello genera una inseguridad enorme porque llegan a la edad adolescente sin los anticuerpos de la frustración.


Por su parte Rubén Magnano rescata el concepto de humildad inteligente cuando un jugador, sin dejar de ser figura, con su aporte individual contribuye a la solidez de un equipo. Algo que en otras palabras sostuvo John Nash, el premio Nobel de Economía de 1994, al abordar la teoría de los conjuntos.


En tercer lugar el entrenador educador sabe que cuando hay pedagogía, el mensaje llega por convencimiento y no por autoritarismo. Pero solo prende cuando las reglas, los objetivos y los reajustes que se trazan, son impartidos por quien resulta creíble.


En el recomendable programa Entrenadores conducido por Sergio Hernández, su leitmotiv dice: “Trazar un plan, pensar las formas, establecer una identidad, exigir, motivar inspirar, reconocer el talento, dar libertad, saber atacar, saber defender, asumir riesgos, conocer el juego, hacer que un grupo sea un equipo, ser líder, ser maestro, inspirar, ser entrenador”.
Jugadores, clubes, selecciones y hasta comunidades enteras, han trascendido socialmente por equipos conducidos por entrenadores educadores. Cuando ello ocurre, la cultura del lugar y el deporte se transforman en una misma cosa y el círculo virtuoso se termina de cerrar.


Es por ello que si un proyecto deportivo tiene intención de llegar más allá de un logro perentorio, lo primero en que se debe reparar es en la persona del entrenador educador.


* Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo gmail.com


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