Entrevista con Darío Stajnszrajber, antes del Yo Pienso 2020

El filósofo cerrará este jueves el ciclo de entrevistas virtuales organizado por RÍO NEGRO.




Darío Sztajnszrajber es uno de los principales divulgadores de la filosofía en Argentina.

Darío Sztajnszrajber es uno de los principales divulgadores de la filosofía en Argentina.

Filósofo, pero sobre todo divulgador de la filosofía, dueño de un estilo claro y distintivo de analizar la realidad, y capaz de unir la academia con las pasiones populares, Darío Sztajnszrajber es uno de esos personajes que atrapan cada vez que habla. El próximo jueves, a las 18, será el protagonista del cierre del ciclo 2020 del Yo Pienso organizado por el diario RÍO NEGRO, con el auspicio del gobierno de la provincia de Neuquén.

Se podrá disfrutar vía streaming de una charla sobre lo que nos plantea el futuro a través de la web del diario (rionegro.com.ar) y de sus cuentas en Facebook y YouTube.

P-¿Es un momento muy complicado del mundo o solemos creer que los que nos toca a nosotros siempre es lo peor?
R-No, yo creo que estamos viviendo un acontecimiento extraordinario con todas las connotaciones que tiene el término extraordinario, que significa básicamente aquello que está por fuera del orden, o sea aquello que ha roto nuestra experiencia del orden cotidiano. La situación que provoca la pandemia y en especial a partir de lo que han sido las formas de confinamiento, ha hecho desencajar nuestra experiencia del tiempo y del espacio que son las dos coordenadas que venían ordenando nuestra realidad cotidiana. En ese sentido, creo claramente que no es una situación más sino que es una situación que no nos va a dejar indemnes más allá de la reacción de mucha gente que trata de minimizar el acontecimiento creyendo que, en algún momento, esta situación va a terminar y volveremos todos a la previa, a febrero del 2020. Y nos reiremos de esta anécdota como si nada hubiera pasado. En este sentido, no hay un final claro. Creo que la pospandemia es ahora básicamente. Este tiempo que nos toca vivir con todas las reconfiguraciones que nos van atravesando. En esa forma de minimización hay una romantización de la situación anterior que es lo que, de algún modo, toda la pandemia nos hizo repensar: hasta qué punto estábamos antes viviendo una vida color de rosa. Es obvio el cambio y lo que se perdió pero también no es tan obvio cuando se busca pensar que veníamos de una situación ideal, como responsabilizar a la pandemia del resquebrajamiento de los lazos amistosos. Antes de febrero, la amistad como institución ya estaba en crisis porque realmente venía ya con una serie de conflictos internos que, como suele suceder, después se tapan. En conclusión, es fundamental percibir el carácter extraordinario de lo que sucede y que eso de algún modo nos permite evidenciar el mundo del que veníamos. Resulta fundamental en ese sentido no romantizar ni idealizar el de dónde provenimos porque de alguna manera lo que vivimos también es consecuencia de ello.

P-¿En tiempos de tanta inmediatez en la información la reflexión perdió valor o se transformó?
R-No, yo no creo que la reflexión haya perdido valor por ser estos tiempos de inmediatez. Justamente, una ontología de la inmediatez no provoca necesariamente el acatamiento de esas estructuras. Muchas veces, al revés, lo que posibilita es un desmarque. Es tanto el inmediatismo en el cotidiano y en las prácticas que realizamos que de alguna manera se da por eso y casi por compensación, negación, un desplazamiento. La necesidad de volver a esas estructuras que median, como son por ejemplo el pensamiento y la reflexión. También es cierto que hay un pensamiento inmediatista que es el pensamiento calculatorio o estratégico, más ligado al mundo de la presencia y de la urgencia de esa realidad que se nos instala como única y exige de nosotros resoluciones rápidas, aceleradas y muy taxativas de cualquier problema. Y sin embargo, al mismo tiempo, en estas últimas décadas de inmediatismo, la filosofía tiene más fuerza que nunca porque hay una necesidad de salirse de ese esquema, de perderse, de ir por un pensamiento que no está tan concentrado en resolver problemas sino al revés, en problematizar la realidad.

La filosofía no es una herramienta para responder preguntas para alcanzar certezas sino al revés. La filosofía es hacerse preguntas más que para encontrar respuestas, para cuestionar las certezas establecidas. Entonces, eso no encuentra soluciones, no resuelve problemas. Los crea la filosofía. Y para eso hace falta una demora del pensamiento, una demora que parece ir a la inversa de ese proceso de la inmediatez en el que vivimos. Pero es posible interrumpir esa velocidad y sin por eso volverse un ermitaño o escaparse de manera absoluta del mundo circundante, al interior del mundo circundante. Uno todavía puede colgarse en un colectivo mirando una nube. Todavía puede levantarse a la mañana y salir a caminar, más allá de la cuarentena, y perderse un rato por las calles antes de estar tan concentrado en llegar al lugar indicado y en los tiempos necesarios. Alguien todavía puede perderse en los ojos de alguien. Y como dice (Jacques) Derrida, tocarse con los ojos que es casi como una metáfora de justamente de lo que nunca se llega, a lograr la mediación permanente.

P-Las teorías conspirativas tienen grandes audiencias, pero en la mayor parte de las veces complican la búsqueda de la verdad, ¿coincidís?
R-Las teorías conspirativas no son muy distintas de los grandes sistemas metafísicos, de las grandes religiones, que crean de algún modo sistemas totalizantes, donde cualquier fenómeno de la realidad siempre va a entrar un marco que lo contenga, lo explique y defina su lugar en el mundo. Además cargan con el erotismo de hacer de uno una especie de descubridor o investigador que se suma a la gesta de ese conspiracionismo que lo coloca a ese uno en un lugar épico, heroico, central. Siempre es uno el que descubre la conspiración. Son sistemas que ofrecen respuestas cerradas y entonces calman. Son una farmacología del saber y de la acción. Habría que ver si la cuestión de la verdad no está ligada también con los sistemas conspiracionistas. Tal vez el tipo de verdad que se instaló en occidente no esté tan escindido de esta idea de un absoluto que rige todo fenómeno. Etimológicamente, la palabra absoluto significa que “no deja nada suelto” y las teorías conspiracionistas van en esa dirección. Lo enlazan todo además en una historia binaria donde ese héroe, que es uno y que va descubriendo todo, además ostenta estar siempre del lado del bien. Porque todas las teorías conspiracionistas no justifican que la conspiración está hecha por los buenos sino por los malos, y los buenos siempre somos nosotros, entre comillas, que descubrimos la conspiración. Si hay una verdad, esa verdad debería romper el modo en que hasta ahora se presentó en nuestra cultura de la mano de los absolutos.

P-¿Es intrínseco a los seres humanos o somos los argentinos los que vivimos desconfiando, desde los censos de población hasta las vacunas?
R-No se puede soslayar que es un fenómeno mundial que atraviesa a todas las sociedades, sobre todo en situaciones tan exasperantes y tan límites. Hay otras variables; la desconfianza también se da en el marco de un cuestionamiento político al gobierno y a sus decisiones en relación con la pandemia. La otra variable es una incertidumbre ante la falta de resolución concreta en términos científicos e institucionales, que hacen que afloren desconfianzas de todo tipo. No le veo una particularidad argentina. En todo caso, podemos ver el modo en el que en nuestra sociedad se fueron construyendo desconfianzas puntuales a situaciones. La palabra confianza tiene en su etimología la palabra “fe”, la contiene. Y supone también un acto de fe. Habría que repensar fe en qué hay que tener. Uno tiene la confianza o la fe de que en la realidad las cosas funcionan, y justamente las situaciones límites como la pandemia ponen en jaque ese funcionamiento de lo que hasta ese momento se concebía como algo normal. También son tiempos de una desconfianza mayor que yo lo veo como algo propio de tiempos en los que se va perdiendo la fe en el funcionamiento de las cosas porque las cosas están colapsadas. Es absolutamente inesperado haber pasado el año como lo pasamos.


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