Epitafios III

Por Redacción




palimpsestos

Néstor Tkaczek ntkaczek@hotmail.com

Hace algunos años escribí sobre mi particular hábito de coleccionar epitafios. El epitafio es ese escrito que suele figurar en la tumba de alguna persona. Una frase, unos versos que el ahora muerto ha elegido para sí mismo; o bien alguno de sus familiares o amigos que se cree con derecho a resumir la vida de otro, estampa sobre su lápida palabras que tienen el peso de presentar al difunto. Por extraño que nos parezca los epitafios en la antigüedad constituían un género literario importante. En Grecia se consolida como género y es en Roma donde alcanza su mayor desarrollo y fama. El género del epitafio en la actualidad tiene muchos cultores y en diferentes países, por ejemplo en México y España hay concursos de prestigio literario. Es que el epitafio requiere condensación y hondura, además de cierto valor estético, lo que hace muy difícil su escritura. Un gran poeta latino, Catulo, posiblemente el primer poeta lírico que diera Roma, manifiesta una gran preocupación por el fin de la vida, quizás premonitoria ya que muere a los treinta años. Su epitafio, de singular belleza dice: “Los soles se ocultan y pueden aparecer de nuevo pero cuando nuestra efímera luz se esconde, la noche es para siempre y el sueño, eterno.” Pocos años después de la muerte de Catulo, nace Ovidio, el poeta del amor. “El arte de amar” es un libro que durante estos veinte siglos ha sido referencia obligada para los poetas que se adentraron en el territorio de Cupido. La poesía occidental sería distinta seguramente sin la presencia del poeta romano. Desterrado por Augusto, muere solo y muy lejos de su casa romana a la que siempre añoró volver, algo de esa soledad se vislumbra en el pedido de reconocimiento grabado en su epitafio: “Yazgo aquí, el poeta de los tiernos amores, el poeta Nasón, perecí por mi talento. A ti, quienquiera que haya amado, no te sea molesto decir: que los huesos de Nasón reposen suavemente”. *** En las catacumbas de San Calixto en Roma, hay un epitafio colectivo para los que allí descansan: “Quietos yacen los huesos entre las piedras mientras el alma vuela a la voluntad de Dios”. Un amigo de Durero, el gran pintor del Renacimiento alemán, escribió el epitafio en su tumba: “En memoria de Alberto Durero. Todo lo que en él había de mortal está enterrado bajo este túmulo”. Sylvia Plath se suicidó a los treinta años, había escrito dos libros de poemas que le valieron el reconocimiento general; el resto de su obra fue publicada en forma póstuma. Anne Sexton tomó una frase de Kafka para su epitafio: “Un libro debería ser como un hacha ante el mar congelado que tenemos dentro”. Conan Doyle tiene el honor de haber creado el detective más famoso de la literatura: Sherlock Holmes. Su epitafio mantiene una sutil relación con su personaje: “Verdadero acero/ hoja afilada/ Arthur Conan Doyle/ Caballero patriota, médico/y hombre de letras.” A Orson Welles, el director de “Ciudadano Kane”,–para muchos una de las grandes joyas del cine mundial–, se le atribuye este epitafio para sí mismo, aunque sus cenizas terminaron esparcidas en un campo malagueño: “No es que yo fuera superior. Es que los demás eran inferiores.” Dejo para el final una nota de alegría dentro de un tema un tanto grave, los versos casi festivos de Malcolm Löwry, el autor de “Bajo el volcán”, insigne bebedor: “Malcolm Löwry / difunto de la calle Ebria / su prosa fue florida / y a menudo airada / Vivió, noche a noche, y bebió, día a día, / y murió tocando el ukelele”.


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