Esclavos de sus palabras
Si hasta ahora el tema fue la gestión, hoy todo se trata de la sucesión.
RÍO NEGRO
ALICIA MILLER amiller@rionegro.com.ar
La política brinda en Río Negro motivos para el asombro. Tristemente, no suelen estar relacionados con conductas ejemplares o logros presupuestarios sino, con demasiada frecuencia, con excesos verbales o escandalosos dispendios. Esta semana, con el cruce explosivo de críticas e imputaciones, Martín Soria y Alberto Weretilneck llevaron al Frente para la Victoria a uno de los puntos de mayor tensión desde que esa fuerza asumió en diciembre del 2011. Las críticas que Soria dirigió a la gestión del cipoleño fueron de tono político, aun cuando fueran dichas en un ámbito institucional no apropiado. La réplica de Weretilneck acusando al intendente de Roca de haberle propuesto negociados ilegales llevó la cuestión a un punto de difícil retorno. En lo político, Weretilneck se equivocó: potenció el eco de expresiones que hoy ya no serían tema de debate, aceptó el juego de su antagonista y se obligó a responsabilizarse de sus propios dichos. La acertada reacción de una fiscal y del juez Favio Igoldi, de Viedma, lo obligan a aportar pruebas de sus acusaciones o a quedar preso de sus palabras. Si –como dijo el gobernador– el intendente de Roca le propuso una conducta ilícita, debió denunciarlo en su momento. Y no invocar el tema ahora, en revancha por una crítica política. Algo no es nuevo: adjetivos más o menos, Soria dice lo mismo desde el 2012. Weretilneck tampoco ocultó nunca su antipatía por el roquense, más allá de que ambos buscaron guardar las formas. Discrepancias referidas a la ratificación de los cargos y contratos de designación política que el radicalismo pasó a planta permanente antes de irse, y la orden de Weretilneck de salvar del juicio político al exjuez del STJ Víctor Sodero Nievas estuvieron en el origen. Y un sinnúmero de diferencias sobre funcionarios, estilos y prioridades sumó asperezas que, en el tiempo, convivieron con reuniones más o menos cordiales. Soria reprocha que la Provincia no ha contribuido con obras o aportes a su ciudad. Y Weretilneck se queja del destrato constante del jefe comunal. La oportunidad de esta última crítica del roquense parece radicar en que, invocando la reducción de funcionarios, Weretilneck apartó a los pocos soristas que quedaban en el gobierno. Desde el Ejecutivo admiten que el gobernador consensuó esa decisión con el senador Miguel Pichetto, cansado también de la áspera verba del intendente. En beneficio de Weretilneck y su equipo es bueno reconocer que algunas áreas de la administración han mejorado, se han ordenado procesos de provisión, de cobros y de pagos. Tampoco es justo llamarlo “gobernador de prestado”. No hay otro y su cargo es legítimo. Pero la imputación de “parálisis” que disparó Soria coincide con el mínimo nivel de obra pública y la persistencia de problemas serios en hospitales, cárceles y escuelas. El propio Weretilneck ha admitido falencias de su gobierno al anunciar que prescindirá de dos tercios de sus colaboradores sin desmedro de su gestión. La celebración y posterior condena del acuerdo salarial con la policía lo dejaron en lugar incómodo. Más aún, cuando la oferta formulada a los docentes supone que no está dispuesto a que aquella mejora se generalice, sea porque valora a los uniformados por encima del resto o porque confirma que cedió a una presión indebida de aquéllos –lo que implica una nueva confesión de conducta inadecuada–. Su falta de habilidad política se reiteró en cuestiones menores pero significativas, como negarse a vivir en la residencia oficial, facturarle al Estado el alquiler de una casa y presentar como un acto de austeridad la renuncia a tal privilegio. O gestionar en voz baja la compra de un automóvil de alta gama, enojándose con el periodismo cuando esa negociación se difundió. En cuanto a estilos, no resulta democrático que, ante una crítica política de un intendente, el gobernador responda con una imputación penal. Al hacerlo, Weretilneck puso en evidencia su contracción a un vicio frecuente de la política vernácula: la presión para obtener adhesiones o silencios mediante el uso de premios y castigos y la asignación de recursos del Estado. No es la primera vez que tiene reacciones destempladas, que responden a un tiro de onda con un misil. En noviembre, vinculó al intendente de San Antonio Oeste, Javier Iud, con un condenado por homicidio luego de que el jefe comunal manifestara su deseo de que en el 2015 hubiera un gobernador peronista. Otro disgusto sufrió el intendente de Jacobacci, Mario Del Carpio. Avales o silencios de dirigentes son puestos en duda por este fenómeno indeseado, como confirmó Del Carpio al negar haber firmado el documento de apoyo al gobierno difundido el viernes. Más libres para expresar su parecer, ciudadanos de toda alineación política expresan en cartas de lectores o redes sociales su decepción por la marcha de este gobierno provincial. Son indicios, aun cuando de tan informal manifestación no pueda extraerse un dato estadístico. En definitiva, y corrida la espuma de las palabras altisonantes, lo interesante es intentar una explicación: ¿por qué tanta violencia verbal en este momento? El gobierno de Weretilneck transita en la bisagra de la mitad de su período. Si hasta ahora la cuestión fue para el oficialismo consolidar su gestión, desde ahora el punto es la sucesión. Luego de un silencio que varios peronistas le reprocharon, el senador Pichetto volvió a hablar en favor de la “gobernabilidad”, un discurso hueco que no interpreta este tiempo político. Es claro que Weretilneck quiere liderar la boleta. Y que Pichetto lo acompaña, con la intención de que las encuestan definan quién de los dos irá en primer lugar y quién en el segundo. Tal vez mirando los guarismos, el senador –principal referente del Frente para la Victoria en Río Negro y uno de los nombres centrales del oficialismo nacional– no se decide a reclamar una candidatura a gobernador que difícilmente discutirían Weretilneck, Soria y el resto. Con un pie en la Nación y otro en la provincia, oscila entre promover su figura y ubicarse en un segundo plano. Recostarse hacia el lado de Weretilneck lo enfrenta con gran parte de la militancia de su partido. Y, si bien su corazón preferiría a un peronista, la verba inquieta de Soria no le ofrece garantía de consensos. Resolver esa disyuntiva no le está siendo fácil. Si, como parece, Soria se propusiera como alternativa, deberá hacer algo más que invocar a su padre y usar palabras altisonantes. Por ahora, no es posible saber quiénes lo acompañarían. En gran medida, porque intendentes, funcionarios o quienes dependen de decisiones políticas temen expresarse. Así, hoy todos son “tiempistas”, como los corredores de maratón que miden su energía y la de los competidores para evaluar cuándo acelerar el paso. Es posible que, como manifiesta el decir popular, Río Negro tenga los gobernantes que se merece. Es de esperar que quienes deseen ocupar el cargo de gobernador en el 2015 –aun el propio Weretilneck– se sientan inclinados a revisar los errores de sus antecesores y opten por formular una propuesta de gobierno explícita y ordenada, que proponga planes realizables en beneficio público.