Escocia decide quedarse

Redacción

Por Redacción

Para alivio de la mayoría de los británicos, el presidente español Mariano Rajoy, la canciller alemana Angela Merkel, el presidente estadounidense Barack Obama, el papa Francisco y muchos otros, el electorado escocés votó en contra del separatismo por un margen superior a los diez puntos. Hasta vísperas de la votación los había mantenido en vilo el temor a que estuviera por despedazarse, por motivos que les parecían caprichosos, uno de los Estados nacionales más antiguos y exitosos del mundo, pero resultó que las encuestas de opinión habían sobreestimado el atractivo de la ruptura impulsada por el populista Alec Salmond que, luego de la derrota, presentó su dimisión. Es que Escocia, que se había unido voluntariamente con Inglaterra en 1707, siempre ha disfrutado de un grado notable de autonomía dentro del Reino Unido, conservando su propio sistema legal y otras facultades, además de sus tradiciones. Asimismo, a pesar de constituir apenas el 8,3% de la población del país, los escoceses nunca han dejado de desempeñar un papel eminente en todos los ámbitos políticos, económicos y culturales del conjunto británico. Entre los primeros ministros recientes figuran los laboristas Tony Blair y Gordon Brown, mientras que el actual, el conservador David Cameron, también es de ascendencia escocesa. La razón por la que hasta políticos habitualmente anglófobos de otros países europeos se oponían al secesionismo escocés y por lo tanto celebraron el desenlace del drama es sencilla. Les preocupaba la posibilidad de que, además de debilitar a Occidente, el eventual desmantelamiento del Reino Unido estimulara las ambiciones de separatistas en el resto de Europa, en especial los catalanes y los flamencos, los que andando el tiempo podrían verse acompañados por bretones, bávaros e italianos del norte de su país que fantasean con Padania, de tal manera agravando o creando una serie de conflictos de muy difícil resolución. También entendían que un triunfo independentista plantearía riesgos económicos nada ficticios a Escocia y, en menor medida, a lo que quedaría del Reino Unido, lo que con toda seguridad tendría un impacto internacional negativo. Salmond y sus partidarios procuraron descalificar las advertencias en tal sentido de economistas, financistas y empresarios atribuyéndolas a una campaña urdida por el gobierno de Cameron, pero sucedía que muchos grandes bancos y corporaciones internacionales ya se preparaban para mudarse a Londres en caso de que triunfara el “sí”. La rebelión, por fortuna nada violenta, de los independentistas se vio potenciada por la sensación, compartida por muchos a lo ancho y a lo largo del mundo, de que, por ser el pueblo escocés muy chico en comparación con el vecino inglés, no podía determinar su propio destino. Así, pues, resultó fácil para los perjudicados por la desindustrialización de los años setenta y ochenta del siglo pasado responsabilizar al conservador gobierno británico ubicado en Londres, pasando por alto el hecho de que se trataba de un fenómeno común a todos los países desarrollados provocado por una combinación de progreso tecnológico y la fuerte competencia de Japón, Corea del Sur y, para rematar, China. Hay países pequeños que han logrado prosperar en un mundo cada vez más interdependiente pero, salvo en el caso de Noruega, que cuenta con reservas importantes de petróleo, lo han hecho a base de mucho esfuerzo, detalle éste que los nacionalistas escoceses prefirieron pasar por alto ya que según ellos cortar los lazos con Londres sería más que suficiente para garantizarles un futuro de opulencia. Dicha idea se había consolidado antes de la debacle financiera mundial del 2008 cuando los nacionalistas, impresionados por el auge de Islandia, Irlanda y Noruega, podían hablar de lo bueno que sería que Escocia se integrara a un “arco de prosperidad”, pero aun cuando los irlandeses se vieron abrumados por deudas que los obligaron a someterse a la tutela severa de Bruselas, se negaron a reconocer que la independencia nunca sería completa. En cambio, la mayoría de sus compatriotas aceptó que, por urticante que a veces sea pertenecer a una minoría en un conjunto mayor, los beneficios emotivos que a algunos les supondría una aventura nacionalista serían efímeros pero los costos que casi todos tendrían que soportar serían permanentes.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 21 de septiembre de 2014


Para alivio de la mayoría de los británicos, el presidente español Mariano Rajoy, la canciller alemana Angela Merkel, el presidente estadounidense Barack Obama, el papa Francisco y muchos otros, el electorado escocés votó en contra del separatismo por un margen superior a los diez puntos. Hasta vísperas de la votación los había mantenido en vilo el temor a que estuviera por despedazarse, por motivos que les parecían caprichosos, uno de los Estados nacionales más antiguos y exitosos del mundo, pero resultó que las encuestas de opinión habían sobreestimado el atractivo de la ruptura impulsada por el populista Alec Salmond que, luego de la derrota, presentó su dimisión. Es que Escocia, que se había unido voluntariamente con Inglaterra en 1707, siempre ha disfrutado de un grado notable de autonomía dentro del Reino Unido, conservando su propio sistema legal y otras facultades, además de sus tradiciones. Asimismo, a pesar de constituir apenas el 8,3% de la población del país, los escoceses nunca han dejado de desempeñar un papel eminente en todos los ámbitos políticos, económicos y culturales del conjunto británico. Entre los primeros ministros recientes figuran los laboristas Tony Blair y Gordon Brown, mientras que el actual, el conservador David Cameron, también es de ascendencia escocesa. La razón por la que hasta políticos habitualmente anglófobos de otros países europeos se oponían al secesionismo escocés y por lo tanto celebraron el desenlace del drama es sencilla. Les preocupaba la posibilidad de que, además de debilitar a Occidente, el eventual desmantelamiento del Reino Unido estimulara las ambiciones de separatistas en el resto de Europa, en especial los catalanes y los flamencos, los que andando el tiempo podrían verse acompañados por bretones, bávaros e italianos del norte de su país que fantasean con Padania, de tal manera agravando o creando una serie de conflictos de muy difícil resolución. También entendían que un triunfo independentista plantearía riesgos económicos nada ficticios a Escocia y, en menor medida, a lo que quedaría del Reino Unido, lo que con toda seguridad tendría un impacto internacional negativo. Salmond y sus partidarios procuraron descalificar las advertencias en tal sentido de economistas, financistas y empresarios atribuyéndolas a una campaña urdida por el gobierno de Cameron, pero sucedía que muchos grandes bancos y corporaciones internacionales ya se preparaban para mudarse a Londres en caso de que triunfara el “sí”. La rebelión, por fortuna nada violenta, de los independentistas se vio potenciada por la sensación, compartida por muchos a lo ancho y a lo largo del mundo, de que, por ser el pueblo escocés muy chico en comparación con el vecino inglés, no podía determinar su propio destino. Así, pues, resultó fácil para los perjudicados por la desindustrialización de los años setenta y ochenta del siglo pasado responsabilizar al conservador gobierno británico ubicado en Londres, pasando por alto el hecho de que se trataba de un fenómeno común a todos los países desarrollados provocado por una combinación de progreso tecnológico y la fuerte competencia de Japón, Corea del Sur y, para rematar, China. Hay países pequeños que han logrado prosperar en un mundo cada vez más interdependiente pero, salvo en el caso de Noruega, que cuenta con reservas importantes de petróleo, lo han hecho a base de mucho esfuerzo, detalle éste que los nacionalistas escoceses prefirieron pasar por alto ya que según ellos cortar los lazos con Londres sería más que suficiente para garantizarles un futuro de opulencia. Dicha idea se había consolidado antes de la debacle financiera mundial del 2008 cuando los nacionalistas, impresionados por el auge de Islandia, Irlanda y Noruega, podían hablar de lo bueno que sería que Escocia se integrara a un “arco de prosperidad”, pero aun cuando los irlandeses se vieron abrumados por deudas que los obligaron a someterse a la tutela severa de Bruselas, se negaron a reconocer que la independencia nunca sería completa. En cambio, la mayoría de sus compatriotas aceptó que, por urticante que a veces sea pertenecer a una minoría en un conjunto mayor, los beneficios emotivos que a algunos les supondría una aventura nacionalista serían efímeros pero los costos que casi todos tendrían que soportar serían permanentes.

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